El Misterioso Origen de los Pueblos Polinesios

Hawaiki o Havaiki es una isla mítica donde los polinesios sitúan su origen. Las leyendas explican que las almas de los polinesios vuelven a Hawaiki después de la muerte. Este nombre es de origen maorí. Se ha relacionado el nombre de Hawaiki con los nombres de las islas Hawai‘i, y Savai’i, en Samoa. En las islas de la Sociedad, Raiatea era considerada antiguamente como una isla sagrada y conocida con el nombre de Havai’i. Las leyendas explican que la legendaria Hawaiki está situada al oeste. Habría sido la isla de partida desde donde migraron los polinesios hacia las diferentes islas. Y particularmente se conservan las leyendas de la migración de los maoríes a Aotearoa (Nueva Zelanda) con siete barcas, y que fueron los que fundaron las siete tribus originarias. Igualmente se dice que las almas de los muertos salen desde el cabo Reinga, situado al extremo noroeste de la isla del Norte, hacia Hawaiki. Stephenson Percy Smith (1840 – 1922), famoso etnólogo neozelandés, en su libro Hawaiki, the original homeland of the Maori (1908) sugiere la localización de Hawaiki en Java. Muchas culturas desde todas partes del Océano Pacífico hacen referencia a esta mítica tierra. Las leyendas de la Isla de Pascua hablan de Hiva, que se hundió bajo las olas mientras que los habitantes huyeron. Una leyenda de Samoa llama Poluto a un lugar similar. Los maoríes de Nueva Zelanda todavía hablan acerca de haber llegado, hace mucho tiempo, desde una isla que se estaba hundiendo, llamada Hawaiki, que era un inmenso y montañoso lugar al otro lado del agua. Los mitos y tradiciones de la India abundan con referencias similares. El Rig Veda habla de “los tres continentes que fueron”. El tercero era el hogar de una raza llamada los danavás. En la mitología hinduista, los danavás eran una clase de demonios frecuentemente identificados con los daitias o los asuras. Los danavás eran los hijos de Danu, quien a su vez era hija del patriarca Daksha. Danu está relacionada con las aguas del cielo y posiblemente está asociada con las primordiales aguas sin forma, que existían antes de la creación. Su padre era el patriarca Kashiapa. Los danavás se rebelaron contra los dioses, bajo la dirección del rey Balí y otros, pero fueron derrotados. Después de su derrota, los danavás fueron lanzados a los océanos más profundos y bloqueados para siempre por el dios Indra, o a veces por Rudra.

En el marco del budismo, se les conoce como danaveghasa asuras, que sabían manejar arcos. Algunos escritores afirman que las historias védicas tendrían una base histórica, y que los danavás y otros seres derrotados por los arios, como los rakshasas, gandharvas, nagas, etc., fueron tribus no arias. Esto es apoyado por leyendas y mitologías no védicas, por ejemplo las leyendas de los nagas. Con razón o sin ella, algunos estudiosos identificaron a los danavás del Majábharata con la cultura del valle del Indo, lo que los vincularía con los constructores de Mojenho Daro y Harapa. Por otro lado, una tierra llamada Rutas era un inmenso continente lejano hacia el este de la India y hogar de una raza de adoradores del sol. Pero Rutas sufríó un cataclismo debido a un levantamiento volcánico y fue enviado a las profundidades del océano. Los fragmentos del continente constituye la actual Indonesia y las Islas del Pacífico. Unos pocos sobrevivientes alcanzaron la India, donde se convirtieron en la casta de los Brahmanes. Si alguien puede hablar del continente perdido es Louis Jacolliot (1837 – 1890), un abogado francés que ejerció el cargo de juez en la India y Tahití. Sin embargo, su espíritu aventurero le impulsó a investigar dos misterios, tales como el del continente perdido de Rutas y el de la sociedad secreta de los Nueve Desconocidos. Después de ser desacreditado, en un momento determinado las obras de Louis Jacolliot pasaron a tener una coherencia inimaginable. Los mitos más oscuros del hinduismo, irreconciliables con el pensamiento occidental, pronto se adaptaron a un razonamiento cuya claridad dejó sorprendidos a sus críticos. Surgió el rumor, acaso estimulado por el propio Louis Jacolliot, de que un libro prohibido había caído en sus manos, un libro cuyo saber era eterno y en el que todos los misterios de la antigüedad encontraban una explicación. Louis Jacolliot hizo escasas referencias a este libro. Lo llamó Agrouchada Parikchai, y lo describió como una serie de tablillas en un sánscrito antiquísimo que narraban la historia de un continente perdido llamado Rutas, y su posterior cataclismo y hundimiento en las aguas del Océano Índico.

 

La teósofa H.P. Blavatsky, muy interesada en los mitos de la Atlántida y Lemuria, recogió las especulaciones de Louis Jacolliot, revisando cada uno de sus ensayos, cuyos títulos estimulan la imaginación del más duro escéptico. Obras como Christna et le Christ, La Genèse de l’humanité, o Le pariah dans l’humanité, rápidamente ganaron el interés de los teósofos, ya que planteaba la posibilidad de un pasado cíclico de la humanidad, de un saber tan antiguo y remoto cuya historia se había transformado en mito. Pero nadie sabe a ciencia cierta cuál fue el destino del continente perdido de Rutas. Según algunos, Rutas fue el invento de Louis Jacolliot. Pero éste siempre afirmó la veracidad de sus investigaciones, prometiendo que el verdadero pasado de la humanidad sería oportunamente revelado. Según una leyenda de los indios hopi americanos, en el fondo del océanos yacen todas las orgullosas ciudades, los patuwvotas [escudos] voladores y los tesoros mundanos corrompidos por la maldad. Enfrentados al desastre, algunas gentes se escondieron dentro de la tierra, mientras que otros escaparon cruzando el océano en balsas de juncos, usando las islas como trampolines. La misma historia de la huída a tierra seca aparece en el Popol Vuh, la historia maya de la creación. Augustus Le Plongeon (1826 – 1908), un investigador y escritor franco-americano del siglo XIX, condujo investigaciones de las ruinas maya en Yucatán y anunció que había traducido antiguos escritos maya, que supuestamente demostraban que los maya del Yucatán eran más antiguos que las civilizaciones de Atlántida y Egipto. Adicionalmente estos escritos contaban la historia de otro continente más antiguo, llamado Mu, cuyos sobrevivientes fundaron la civilización maya. James Churchward consiguió unas evidencias  a partir de unas tablillas sagradas halladas en un lugar remoto de la India. Estas tablillas hablan de un extraño país de 64 millones de habitantes que, hace unos 50.000 años, habría desarrollado una civilización superior a la nuestra en muchos aspectos. También describen lo que podría ser la creación del hombre en esta misteriosa tierra de Mu, que es el nombre de un continente o isla mitológica que, según algunas creencias, habría existido y desaparecido en el océano Pacífico, habiendo sido relacionado a menudo con la Atlántida o Lemuria.

 

Según los partidarios de la existencia de Mu, las referencias supuestamente encontradas por Churchward sobre una tierra más allá del gran mar oriental, el océano Pacífico, patria de una gran civilización solar, cuna de la antigua cultura del valle del Indo, se convirtió en un importante descubrimiento, sumado a las investigaciones efectuadas por Augustus Le Plongeon, que constituye una fuente inapreciable de material fotográfico sobre las ruinas arqueológicas y los glifos de la escritura maya, antes de que muchos de estos fueran dañados por el tiempo y los saqueadores. Escribió una historia en la que expuso la hipótesis de la fundación del antiguo Egipto por los mayas, pueblo que, según su opinión, también habría habitado la Atlántida. Le Plongeon, que perteneció a la francmasonería, estaba convencido de ello. El continente de Hiva, que seguramente se corresponde con Mu o Lemuria, es el nombre de una mítica tierra o gran isla, de la cual habrían provenido los ancestros de los nativos de la isla de Pascua, según la mitología pascuense. Hiva sería un equivalente a la misma mítica Hawaiki de la mitología maorí, o bien de las distintas variantes que podemos ver en las tradiciones de muchas culturas polinésicas. Varios investigadores creen que el mítico continente de Hiva, correspondería en realidad a las islas Marquesas, ya que una de las islas Marquesas es llamada Hiva’Oa. Esta hipótesis se basaría en las evidencias arqueológicas, lingüísticas, antropológicas y biológicas que relacionarían a la isla de Pascua con el centro de la Polinesia, y en particular con las islas Marquesas. Otros investigadores creen que se trataría de Rapa Iti, una de las islas Australes, situada en la Polinesia Francesa. Teorías recientes postulan que la isla de Rapa Iti sería la mítica Hiva, de la cual habrían provenido los ancestros de los nativos de Isla de Pascua, según la mitología pascuense. Rapa Iti fue colonizada en primer lugar por polinesios, que hablaban el idioma rapa, muy probablemente en el siglo XIII. Los europeos la descubrieron en 1791, concretamente el inglés George Vancouver. En las dos décadas siguientes al ingreso de los misioneros la población de Rapa Iti cayó de 2.000 a 300 por la introducción de enfermedades infecto-contagiosas europeas. En 1851 cayó a 70 cuando se generó una epidemia de viruela y disentería al arribar a la isla un barco esclavista peruano. En el siglo XIX sufrieron los ataques de los negreros peruanos, hasta que en 1867 se estableció el protectorado francés. El 6 de marzo de 1881 la isla se anexionó a Francia, pero el título de ariki, del jefe local, no fue abolido hasta 1887.

 

La isla Salas y Gómez (en rapanui, Motu Motiro Hiva, ‘islote del ave en el camino a Hiva’) es una isla deshabitada situada en el océano Pacífico suroriental, perteneciente a Chile. Es el límite oriental de la Polinesia y, en consecuencia, también de Oceanía. Esta isla es parte del Parque marino Motu Motiro Hiva, una zona marina protegida que abarca una superficie de 150.000 km². Pese a que no hay ninguna evidencia de que la isla haya estado habitada, las tradiciones de la isla de Pascua señalan que era visitada para recoger plumas y huevos de aves. Aunque Hiva es una denominación dada a muchas islas por diferentes pueblos polinesios, en particular a las islas Marquesas, dentro de la mitología rapanui corresponde a las tierras míticas originales de los polinesios. En esta isla, se suponía vivía el Dios Haua. El dios Make-Make traía las aves marinas desde este islote. Desde la isla de Pascua, la isla Salas y Gómez está en la dirección opuesta a las Marquesas, y el siguiente territorio habitado más allá de Salas y Gómez es la costa de América del Sur. Este fue uno de los factores que condujeron a Thor Heyerdahl a teorizar sobre los contactos pre-europeos entre Polinesia y Sudamérica. La isla sería descubierta por el español José Salas Valdés en 1793 y explorada por José Manuel Gómez en 1805. El nombre Salas y Gómez hace honor a los dos marineros. Entre 1793 y 1917, se registraron diversas visitas, en las que participó Adelbert von Chamisso, tras lo cual escribió un poema sobre la isla. En 1808, la Capitanía General de Chile anexionó la isla, siendo administrada por la Armada de Chile desde 1888 e incorporada al departamento de Isla de Pascua desde 1966. A pesar de su importancia geopolítica, ha sido visitada en escasas oportunidades. Desde su descubrimiento, menos de una decena de expediciones han visitado la isla. La isla no presenta indicios de habitantes permanentes o poblados transitorios, pero la existencia de boyas y redes de pesca en sus costas indicarían que serían visitadas continuamente por flotas pesqueras.

La tradición pascuense dice que los antiguos maori (sabios) habían pronosticado que vendría un tiempo en que se hundiría el continente de Hiva. Este hundimiento de la tierra, se dice que lo había predicho Moe Hiva, un sabio y profeta (Kohou Tohu), de los cinco que tenía la corte del soberano Ariki Oto Uta. Los otros cuatro sabios (Ariki Maahu), eran Tuku Maura, Ngerani, Po y Henga, quienes tenían conocimientos del cielo, las estrellas, el Sol, y la Luna. El hundimiento de Hiva y el viaje de los antiguos Rapa Nui buscando una nueva isla, siguiendo la ruta de las estrellas, permitieron recientemente a un grupo de investigadores proponer a la isla Rapa Iti como candidata a ser identificada como Hiva. Esta predicción se habría empezado a cumplir en tiempos del ariki Roroi A Tiki Hati. Un ariki (Aotearoa, Islas Cook, Isla de Pascua), aliki (Tokelau, Tuvalu), aliʻi (Hawai, Samoa), ari’i (Islas de la Sociedad, Tahití) o eiki (Tonga) es un miembro de un alto rango hereditario principalmente o noble en la Polinesia. n el caso de isla de Pascua, el ariki era un personaje de la nobleza, con rango de rey o líder. Entre los habitantes de la isla, el primer ariki henua (‘rey de la Tierra’) conocido es Hotu Matu’a. Según las leyendas sobre la mítica Hiva, la línea genealógica de sus diez reyes (ariki motogi) sería la siguiente: Oto Uta, Tangaroa A Oto Uta, Tiki Hati A Tangaroa, Roroi A Tiki Hati, Tu’u Kuma’a A Roroi, Ataranga A Tu’u Kuma’a, Haraia A Ataranga, Taana A Harai, Matu’a Ataana y Hotu A Matu’a, el rey colonizador de Rapa Nui que hoy conocemos por Hotu Matu’a. Dentro de la jerarquía de la isla, estaban emparentados con la familia real los ariki paka, quienes se dedicaban a las labores religiosas o ceremoniales. Los actuales descendientes de los ariki paka son los miembros de la familia Ika, y el último ariki henua nombrado por el actual parlamento rapa nui es Valentino Riroroko quien es descendiente directo de la dinastía de la familia Miru, a la cual perteneció Hotu A Matu’a. El territorio del ariki en la tierra de Hiva, llamado Marae Renga, así como su segunda residencia, Marae Tohia, comenzaron a ser inundados por el mar. La evidencia arqueológica reciente, permite proponer que alrededor del año 1200, Hotu Matu’a y su gente salieron desde Rapa Iti con rumbo a Rapa Nui, donde dieron origen a la cultura Rapa Nui que hoy conocemos.

 

Las tradiciones orales señalan que Hiva se hundió, pero estas mismas tradiciones relatan que hubo viajes posteriores entre Rapa Nui e Hiva, lo cual señala que el hundimiento de esta última pudo ser solo parcial. Pero producto de ello se habrían perdido un alto porcentaje de las tierras de cultivo, lo cual habría obligado a emigrar a una parte de su población. Rapa Iti cumple con esta condición, ya que el cono volcánico de la isla se derrumbó, generando la Bahía de Ahurei. El ariki Roroi era el cuarto en la línea genealógica de 10 reyes (“Ariki Motogi”), mientras que Hotu A Matu’a fue el rey colonizador de Rapa Nui, que hoy conocemos por Hotu Matu’a. Fue así como el ariki Roroi Tiki Hati decidió enviar a sus tres hijos, Nga Tavake, Te Oohiro y Hau, en busca de nuevas tierras. Pero nunca regresaron. Es significativo que esta historia se parezca a la historia bíblica del diluvio universal. En algunas versiones se dice que ellos llegaron a la Isla de Pascua, pero un espíritu maligno los habría convertidos en los tres islotes que están frente al volcán Rano Kau. En las generaciones siguientes se construyeron canoas para escapar de la isla. Y posteriormente, en tiempos del ariki Matu’a, padre de Hotu Matu’a, sucedió que los Hanau Momoko (orejas cortas), a causa de la inundación habrían corrido sus límites hacia el territorio de los Hanau Eepe (orejas largas), produciéndose enfrentamientos, que terminaron con la derrota de los Hanau Momoko. Sería esta época en que el dios Make-Make se le habría aparecido en un sueño al sabio Hau-Maka; para que así el ariki Hotu Matu’a y su pueblo realizara el viaje hacia la Isla de Pascua

 

Los maoríes son una etnia polinesia que parece llegó a las islas de Nueva Zelanda, en el océano Pacífico sur, desde Hawái. La palabra maorí significa “normal“, en la lengua maorí, y también en otros idiomas de la Polinesia. Los Maoríes habitan en la isla polinesia de Nueva Zelanda. Se cree que llegaron a Nueva Zelanda procedentes de las islas Cook alrededor del 800 d. C. Su sociedad se divide en tres grupos jerárquicos, la tribu, la subtribu y la familia, al igual que otros muchos pueblos polinesios. Asimismo los estratos sociales están formados por los jefes, el pueblo llano y los esclavos. El prestigio de un grupo se relaciona muchas veces con los ganadores de enfrentamientos tribales. El capitán James Cook tomó contacto con los maoríes en 1769. James Cook (1728 – 1779) fue un navegante, explorador y cartógrafo británico. Realizó tres viajes por el océano Pacífico, durante los cuales se describieron con precisión grandes áreas, y muchas islas y costas fueron documentadas por primera vez en mapas europeos. De todos modos, parece ser que se documentó en archivos, cartas y mapas españoles preexistentes. Sus mayores logros fueron la reclamación para el Reino de Gran Bretaña de la costa este de Australia, descubierta por los españoles en el siglo XVI; las islas Hawái, en 1527 y la circunnavegación y cartografía de Terranova y Nueva Zelanda. En 1766, la Royal Society lo contrató para viajar al océano Pacífico, con objetivo de observar y documentar el tránsito de Venus sobre el Sol. En 1768 Cook zarpó al mando del HMB Endeavour desde Inglaterra. Navegó el Atlántico Sur, dobló el cabo de Hornos y continuó hacia el oeste por el Pacífico, hasta llegar a Tahití el 13 de abril de 1769, en donde se debían llevar a cabo las observaciones. El tránsito de Venus estaba pronosticado para el 3 de junio de ese año, por lo que hasta ese momento se encargó de la construcción de un pequeño fuerte y observatorio. El astrónomo designado para la tarea de observación fue Charles Green, asistente de Nevil Maskelyne en la Royal Household. El principal propósito de la misión era obtener mediciones que podrían ser usadas con mayor precisión para calcular la distancia entre Venus y el Sol. Si se conseguía esto, entonces se podrían calcular las distancias de los demás planetas conocidos basándose en sus órbitas relativas. Green, Cook y Solander hicieron mediciones por separado, que tuvieron variaciones mayores que los márgenes de error esperados. La instrumentación que utilizaron era adecuada para la época, pero los métodos utilizados no eliminaban los errores. Más tarde, cuando sus resultados fueron comparados con los de otros observadores del mismo evento desde otras partes del mundo, el resultado no fue tan concluyente o preciso como se había esperado.

 

Una vez que las observaciones se completaron, Cook partió para realizar el segundo propósito de su viaje: buscar en el Pacífico Sur señales del continente más austral, Terra Australis, que ya habían descubierto un siglo y medio antes el holandés Willem Janszoon y el español Luis Váez de Torres, ambos en el año 1606. Terra Australis o Terra Australis Ignota (“Tierra Desconocida del Sur“) fue un continente supuestamente imaginario, con orígenes en la Grecia clásica, que solía aparecer en los mapas europeos a partir del siglo XV y hasta el siglo XVIII. El concepto fue introducido por Aristóteles y por Eratóstenes sobre la base de prejuicios relacionados con la simetría geométrica. Sus ideas fueron posteriormente extendidas por Ptolomeo, un cartógrafo griego del siglo I, que creía que el océano Índico estaba cerrado por una masa de tierra al sur. Cuando, durante el Renacimiento, Ptolomeo se convirtió en la principal fuente de información para los cartógrafos europeos, este continente empezó a aparecer en sus mapas. Aunque los viajes de exploración fueron haciendo que se redujese la masa de tierra del alegado continente, los cartógrafos continuaron pintándolo en sus mapas y los científicos defendieron esta opción con los usuales argumentos aristotélicos, tales como que debería haber una gran masa de tierra en el hemisferio sur que hiciera de contrapeso a la masa conocida en el hemisferio norte. Era frecuente que este continente se dibujara alrededor del polo sur pero con una superficie mucho mayor que la actual Antártida y extendiéndose mucho más al norte. Por ejemplo, Fernando de Magallanes, en 1520, creyó que la isla Grande de Tierra del Fuego era parte de esta Terra Australis Ignota. Nueva Zelanda, descubierta por Abel Tasman en 1642, así como Australia, también fueron consideradas como parte de esta mítica masa terrestre.

El 30 de abril de 1606 Pedro Fernández de Quirós tomó posesión de todas las tierras del Sur hasta el Polo para la Corona de España en la isla de Espíritu Santo en Vanuatu, a la que llamó Austrialia del Espíritu Santo, pensando que era parte de la Terra Australis Ignota. A inicios del siglo XVI marinos españoles como Francisco de Hoces y Gabriel de Castilla, ubicaron concretamente las costas de la aún entonces llamada Terra Australis Ignota en las latitudes reales. El concepto de esta mítica tierra meridional fue finalmente corregido por James Cook. En su primer viaje circunnavegó Nueva Zelanda mostrando que no era parte de un continente mayor. En su segundo viaje circunnavegó el globo a una elevada latitud sur, incluso cruzando el círculo polar antártico, con lo que mostró que si hubiera un continente en el hemisferio sur éste debería estar confinado en zonas polares y no en regiones de clima templado como se había pensado. En tiempos modernos se ha usado en ocasiones el término “Terra Australis” como sinónimo del continente australiano. La Royal Society, y especialmente Alexander Dalrymple, ignoraban su existencia, pero creían que podrían encontrarla. Sin embargo, Cook tenía sus propias dudas al respecto. Con la ayuda de mapas españoles sustraídos durante la ocupación británica de Manila en 1762 y con los consejos de Tupaia, un tahitiano que conocía la geografía del Pacífico, Cook llegó a Nueva Zelanda, siendo el segundo europeo en llegar allí. Abel Tasman (1603 – 1659), marino, explorador y comerciante neerlandés, en 1642 había sido el primero en llegar Nueva Zelanda. Cook hizo un mapa de toda la costa de Nueva Zelanda, cometiendo algunos errores menores. También descubrió el estrecho de Cook, que separa la isla Norte de la isla Sur, que Tasman no había visto. Luego partió con rumbo oeste, para intentar llegar a Tierra de Van Diemen (hoy Tasmania), que había sido vista por Tasman, para establecer si formaba parte o no del legendario continente austral. Sin embargo, fueron forzados a mantener un rumbo más hacia el norte debido a los fuertes vientos. Cuando divisaron tierra, Cook la nombró Punta Hicks, ya que Leuit Hicks fue el primero en divisarla. Cook pensó que podía ser Tierra de Van Diemen, pero en realidad era parte de la costa sudeste de Australia, y con esto se convirtieron en los primeros europeos conocidos en encontrar la costa este del continente.

 

El lugar avistado es generalmente calculado como un punto a mitad de camino entre las actuales ciudades de Orbost y Mallacota, en el estado de Victoria. Un nuevo reconocimiento de la zona, realizado en 1843, volvió a bautizar el lugar como Cabo Everard. Para el bicentenario del avistamiento, el nombre fue oficialmente cambiado nuevamente por Punta Hicks. El HMB Endeavour continuó rumbo al norte, bordeando la costa, manteniendo la tierra a la vista. Cook cartografió y bautizó con diferentes nombres a varios lugares. Después de una semana, pasaron por una gran caleta de poca profundidad. En este lugar, llamado Kurnell, Cook y su tripulación tuvieron el primer contacto con el continente. Al principio, Cook llamó al lugar bahía Stingaree, debido a la gran cantidad de rayas encontradas allí. Luego fue cambiado a bahía Botánico, y finalmente a bahía Botánica (Botany Bay), por las especies únicas encontradas por Banks, Solander y Spöring. Este primer sitio en el cual pararon, más tarde fue cosiderado como un buen lugar para establecer un asentamiento y una colonia británica. Sin embargo, casi dieciocho años después de este primer arribo, cuando el capitán Arthur Phillip llegó allí en 1788 para establecer un fuerte y una colonia penal, encontró que la bahía y sus alrededores no eran un lugar tan adecuado como había sido descrito. Entonces, Phillip dio órdenes de moverse hacia el norte, al lugar que Cook había denominado Port Jackson pero que no había explorado en profundidad. Fue en un lugar de Sydney Cove que se realizó el asentamiento de Sídney. Durante algunos años más, el lugar seguiría siendo llamado generalmente Botanic Bay. Aquí se realizaron las primeras expediciones científicas para documentar la flora y la fauna de Australia. En este viaje, Cook tuvo contacto con indígenas del lugar, que eran de carácter pacífico.

 

Cook continuó hacia el norte, bordeando la costa y trazando mapas de la misma. Hubo un contratiempo cuando el HMB Endeavour pasó por la gran barrera de coral el 11 de junio de 1770. El barco se dañó seriamente y el viaje se demoró casi siete semanas, mientras las reparaciones eran hechas en la playa. Mientras estuvieron allí, Joseph Banks, Herman Spöring y Daniel Solander hicieron su primera gran colección de flora australiana. Allí, la tripulación tuvo encuentros con los aborígenes del lugar, que eran en su mayoría pacíficos. Por el contacto con la tribu Guugu Yimithirr, la palabra kangaroo (canguro) fue introducida al idioma inglés, derivando de gangaroo. Pero kangaroo no designaba el nombre del animal, sino la expresión “no le entiendo” con que respondían a las preguntas de los ingleses. Una vez que se realizaron las reparaciones, se continuó con el viaje, pasando por el punto más nórdico de la península Cabo York, y luego navegaron a través del estrecho de Torres, entre Australia y Papúa Nueva Guinea, que había sido navegado por Luis Váez de Torres en 1604. Hasta este momento de la travesía, Cook no había perdido ningún hombre a causa del escorbuto, un logro destacable y prácticamente desconocido en los viajes de larga distancia por mar durante el siglo XVIII. Cook obligaba a su tripulación a comer cítricos y chucrut, aunque todavía nadie entendía las razones por las que ingerir estos alimentos prevenía el escorbuto. Luego navegó hacia Batavia, la capital de las Indias Orientales Holandesas, para efectuar reparaciones. Batavia era conocida por sus brotes de malaria, y, antes que retornaran, gran parte de la tripulación de Cook sucumbió a esta enfermedad y a otras como la disentería; entre ellos el tahitiano Tupaia, el secretario finés de Banks, el científico finés Herman Spöring, el astrónomo Charles Green y el ilustrador Sydney Parkinson. La isla Spöring fue bautizada así por Cook en honor a Herman Spöning y a su trabajo durante el viaje. Los diarios de Cook fueron publicados a su regreso, con lo que se convirtió en una especie de héroe entre la comunidad científica. Sin embargo, entre el público en general, el botánico Joseph Banks fue un héroe más grande. Banks finalmente intentó tomar el mando del segundo viaje de Cook, pero desistió del viaje antes que éste comenzara.

 

Poco tiempo después de su regreso Cook fue ascendido a capitán de fragata. Entonces, una vez más, fue comisionado por la Royal Society para buscar la mítica Terra Australis. Durante su primer viaje había demostrado, mediante la circunnavegación de Nueva Zelanda, que no estaba unida por el sur a una masa continental mayor. Y aunque mediante la cartografía de casi la totalidad de la costa este de Australia había demostrado que era de tamaño continental, se suponía que la buscada Terra Australis se extendía hacia el sur. A pesar de las evidencias, muchos miembros de la Royal Society aún creían que ese continente debía existir. En este viaje, Cook comandó la nave HMS Resolution, mientras que Tobias Furneaux comandó la nave HMS Adventure. La expedición circunnavegó el globo terráqueo a muy alta latitud sur, convirtiéndose en uno de los primeros en cruzar el círculo polar antártico, el 17 de enero de 1773, alcanzando 71º 10′ sur. También visitó la Isla San Pedro, a la que llamó Georgia del Sur, y descubrió las islas Sandwich del Sur, a las que creyó penínsulas del continente antártico. En la niebla antártica, los dos barcos se separaron. Furneaux fue hacia Nueva Zelanda, en donde perdió algunos de sus hombres por una pelea con los maoríes, y luego navegó hacia Gran Bretaña, mientras que Cook continuó explorando la Antártida. Cook casi descubrió el verdadero continente antártico, pero volvió hacia el norte, en dirección a Tahití para reabastecer el barco. Luego retomó su curso hacia el sur en un segundo intento infructuoso de encontrar el continente. En este tramo del viaje llevó con él a un joven tahitiano llamado Omai, que demostró ser algo menos especialista sobre el Pacífico de lo que había sido Tupaia en el primer viaje. Durante el viaje de regreso, estuvieron en las islas Friendly, isla de Pascua y Vanuatu, en 1774. Sus informes sobre el retorno del viaje pusieron quietud sobre el popular mito de la Terra Australis. Otro logro del segundo viaje fue el empleo exitoso del cronómetro K1, que facilitó medir la longitud de forma más precisa. A su regreso, Cook fue ascendido en la jerarquía naval a capitán de navío y se le otorgó un retiro honorario de la Royal Navy. pero Cook no podía mantenerse alejado del mar.

Se planificó un tercer viaje para encontrar el paso del Noroeste. Cook viajaría al Pacífico nuevamente y esperaba pasar al Atlántico, mientras que en un viaje simultáneo se programaba la ruta contraria. En su último viaje, Cook comandó una vez más el HMS Resolution, mientras que el capitán Charles Clerke comandaba el HMS Discovery. Ostensiblemente, el viaje fue planeado para llevar de regreso al joven tahitiano Omai hacia Tahití; esto era lo que el público en general creía, ya que se había convertido en una curiosidad en Londres. Después de dejar a Omai, Cook viajó hacia el norte, y en 1778 se convirtió en el primer europeo en visitar las islas Hawái, a las que llamó islas Sandwich, por el cuarto Conde de Sandwich, John Montagu, en ese momento a cargo de la Royal Navy. Cuando los exploradores volvieron a la bahía Kealakekua el 17 de enero, 10.000 hawaianos salieron a recibirlos. Los isleños estaban celebrando la fiesta de makahiki en honor de Lono, el dios de su tierra. En la mitología hawaiana, Lono es el dios de la fertilidad y de la música que bajó a la Tierra en un arco iris para casarse con Laka. En la tradición agraria y la siembra, se identifica a Lono con la lluvia y los productos alimenticios. Era uno de los cuatro dioses que existía antes de la creación del mundo. Lono era también el dios de la paz. El gran festival de Makahiki se celebraba todos los años en su honor. Durante este periodo, de octubre a febrero, todo el combate o tarea innecesaria era kapu. Por lo visto, creyeron que Cook era dicho dios, por lo que tanto él como sus hombres fueron nuevamente objeto de extraordinaria bondad y hospitalidad. Tres semanas más tarde, el 4 de febrero, levaron anclas y se hicieron a la vela. Mas al cuarto día les sobrevino un gran huracán, que destrozó uno de los mástiles del HMS Resolution y obligó a Cook a regresar a Hawái. Viajó hacia el este, para explorar la costa oeste de América del Norte. Exploró e hizo mapas de la costa, desde California hasta el estrecho de Bering. El estrecho de Bering no pudo ser atravesado por Cook, aunque hizo varios intentos. Cook había comenzado a tener algún trastorno estomacal desde hacía algún tiempo, y esto es tomado como explicación a su comportamiento irracional hacia la tripulación durante el viaje.

 

Cook volvió a Hawái en 1779. Para su sorpresa, en esta ocasión la recepción en las islas fue hostil. Algunos opinan que quizás los indígenas habían analizado su situación de manera más racional y habían concluido que Cook y su tripulación los estaban explotando. A juicio de otros, el retorno se contradecía con la idea de su supuesta divinidad. El 14 de febrero, en Kealakekua Bay, algunos hawaianos robaron un bote pequeño perteneciente a Cook. Normalmente, como los ladrones eran comunes en Tahití y otras islas, se tomaban rehenes hasta que las cosas robadas reaparecieran. Pero Cook planeó tomar como rehén al rey de Hawái, Kalaniopu’u. Debido a lo desproporcionado de esta medida, tuvo un altercado con una gran multitud de nativos en la playa. Comoquiera que fuera, los hombres de Cook, consternados, cometieron el desacierto de actuar con violencia, disparando algunos tiros hacia los hawaianos. En la lucha que se suscitó en la playa, Cook fue apuñalado y golpeado hasta causarle la muerte. Clerke se hizo cargo de la expedición e hizo un intento final de cruzar por el Estrecho de Bering. El Resolution y el Discovery estuvieron de regreso en Londres en 1780. Los once años de navegación de Cook por el océano Pacífico contribuyeron en gran medida a acrecentar los conocimientos europeos sobre la zona. Muchas islas, como la isla de Pascua y las islas Sandwich, fueron localizadas con certeza por primera vez por europeos, y su mayor logro fue la creación de cartografía naval de grandes áreas del Pacífico de gran precisión. Para la creación de mapas y cartas náuticas, es necesario conocer la latitud y longitud. Los navegantes habían sido capaces de calcular la latitud de forma precisa desde hacía siglos, midiendo la distancia angular al Sol o a otra estrella del firmamento mediante un sextante; pero la longitud es más difícil de determinar, ya que es necesario saber el tiempo transcurrido entre el mediodía solar del punto origen (Greenwich) y el mediodía solar del lugar donde se encuentra el observador. Hasta la época de Cook no había cronómetros que se pudieran usar en embarcaciones con precisión.

 

Cook calculó longitudes con exactitud durante su primer viaje, debido a sus habilidades para navegar, la ayuda del astrónomo Charles Green y usando las tablas recientemente publicadas, Nautical Almanac, que contenían las distancias entre la Luna y siete estrellas seleccionadas. En su segundo viaje, utilizó el cronómetro K1, hecho por Larcum Kennedy, que era del tamaño de un reloj de bolsillo. Era una copia del reloj H4 hecho por John Harrison, el cual había sido el primero en mantener la medición del tiempo de forma acertada en el mar, al ser usado en el viaje de Deptford a Jamaica, entre 1761 y 1762. Hubo varios artistas en el primer viaje. Sydney Parkinson realizó muchos de los bocetos, completando más de 264 dibujos antes de su muerte, ocurrida casi al final del viaje. Fueron de inmenso valor científico para los botánicos británicos. En la segunda expedición de Cook participó el artista William Hodges, quien realizó pinturas de paisajes de Tahití, la Isla de Pascua y otros lugares. Cook estuvo acompañado de varios científicos, cuyas observaciones y descubrimientos agregaron importancia a los viajes. Los botánicos Joseph Banks y Daniel Solander fueron en el primer viaje. Entre ambos recolectaron más de 3000 especies de plantas. Cook fue el primer europeo en tener un contacto amplio con los habitantes del Pacífico. Navegó por varias islas cercanas a Filipinas, e incluso a islas pequeñas y más remotas en el Pacífico sur, y llegó a la acertada conclusión de que había una relación étnica entre todas las personas del Pacífico, a pesar de que se encontraran separadas por grandes distancias. Cook se aseguró de que su tripulación tuviera cítricos, vegetales y brotes de semillas en su dieta, para controlar el escorbuto, una enfermedad bastante común en este tipo de viajes, causada por la falta de vitamina C en la dieta, la cual podía ser fatal si no era tratada. En esta época, los nativos subsistían del cultivo de kumara (batata). Recogían raíces y bayas, y también se dedicaban a la pesca. Practicaban el canibalismo, engordando a sus víctimas encarceladas en jaulas. El ramaje del bosque servía para fabricar chozas, empalizadas para el poblado y canoas. El trabajo se repartía equitativamente entre hombres y mujeres.

 

El océano Pacífico nos ofrece una gran cantidad de vestigios insólitos, que permiten las especulaciones más atrevidas. Hay toda una serie de mitos que se refieren al estrecho cinturón de la corteza terrestre que hay en el Pacífico. Según estos mitos, nuestra actual Luna se formó a partir de la materia arrancada del Pacífico a causa de un gran cataclismo. Sobre el pasado del océano Pacífico también hay otras leyendas igualmente apasionantes. Casi todas ellas hablan de una tierra firme que en otro tiempo habría ocupado gran parte del océano. Según ciertos textos sánscritos, continentes tan distantes actualmente como Australia, África oriental, América del Sur, y la India formaron, en tiempos remotos, parte de un continente único, de nombre Gondwana, a partir del que se formaron otros dos continentes, llamados Lemuria y Mu. Mientras que Lemuria ocupaba lo que hoy forma el océano Índico, Mu englobaba toda la parte oriental del océano Pacífico, llegando hasta la Isla de Pascua. Actualmente, en las Islas Pophnpei todavía pueden contemplarse las ruinas de la ciudad sagrada de Nan Madol, bajo las claras aguas del océano. En su tiempo, esta ciudad fue el centro de un enorme reino que poseía riquezas fabulosas y cuyos habitantes tenían una estatura gigantesca. Construyeron una gran pirámide recubierta de platino y oro, que constituía una puerta al reino de Shamballah, tal como la conocían los iniciados. Los reflejos del sol en su superficie podían verse en todo el Pacífico. La ciudad fue construida por unos magos que hicieron que las piedras flotasen en el aire y volasen hasta su destino. Las puertas de la ciudad sumergida están protegidas y solamente se permite el paso a los iniciados. La entrada está indicada por la mirada de la estatua de un dios barbudo. Hay muchos hechos que parecen probar la existencia de una fabulosa civilización en el Pacífico. Además, durante la última guerra mundial los japoneses estuvieron excavando en toda la zona, habiendo descubierto tumbas de platino que contenían restos de hombres gigantescos, de tres metros de altura. También está el hecho de los caminos de basalto que parten de Nan Madol y se pierden en la profundidad del océano, como si en tiempos remotos Pophnpei no hubiese estado rodeada por el mar.

Los aborígenes australianos son, junto con los isleños del estrecho de Torres, los descendientes de los primeros habitantes del continente australiano y sus islas adyacentes. Y han continuado viviendo allí a lo largo de la colonización europea. Según la legislación australiana, ambos pueblos constituyen el conjunto de los indígenas australianos. El territorio tradicional de los aborígenes australianos se extiende por toda Australia, Tasmania y algunas islas cercanas. Antes de la colonización europea, se hablaban más de 250 lenguas aborígenes de Australia, que en el siglo XXI se han reducido a menos de 20, y algunas de ellas en grave peligro de extinción. Algunos lingüistas consideran que casi todas las lenguas aborígenes están emparentadas, aunque lejanamente, y las clasifican en dos grandes familias: las lenguas pama-ñunganas, habladas en la mayor parte de Australia, y las lenguas no pama-ñunganas, habladas en el norte del país. Pero debido a la dificultad de establecer una filogenia clara, otros estiman que las lenguas aborígenes no forman verdaderas familias lingüísticas, sino que constituyen un grupo de idiomas parecidos debido a su proximidad geográfica y a los contactos frecuentes. Algunas lenguas aborígenes son consideradas como lenguas aisladas, como es el caso de la lengua tiwi, hablada en la isla del mismo nombre, en el Territorio del Norte. Respecto a las lenguas de los aborígenes de Tasmania, se conocen demasiado poco para relacionarlas. La cultura aborigen se desarrolló de manera autárquica, dando lugar a una gran variedad de lenguas y culturas con rasgos comunes, siendo la cultura viva más antigua del planeta. Los aborígenes llevaban una vida de cazadores-recolectores, y vivían en grupos semi nómadas que recorrían amplios territorios cazando con lanzas y boomerangs, pescando en canoas y recolectando frutos y plantas. Al no tener lengua escrita, transmitían su conocimiento por medio de relatos y canciones. Se piensa que hace 40.000 o 50.000 años atrás, en el pleistoceno, llegaron los primeros australianos procedentes del sureste de Asia. Aquellos primeros pobladores habrían viajado de isla en isla, utilizando los puentes terrestres que unían muchas de ellas en aquella época, y recorriendo cortos tramos marítimos hasta alcanzar el extremo oriental de las Islas Menores de la Sonda y la isla de Nueva Guinea, para luego desplazarse por la plataforma continental australiana, por entonces encima del nivel de los mares. Los restos humanos más antiguos encontrados hasta la fecha, el Hombre de Mungo, datan de hace 40.000 años, pero los expertos consideran que las primeras migraciones humanas podrían remontar hasta hace 125.000 años, aunque esta fecha sea dudosa. Los restos del Hombre de Mungo fueron encontrados en Nueva Gales del Sur, a unos 3.000 km de la costa norte de Australia, donde se piensa que se realizaron los primeros asentamientos humanos.

 

Cuando los ingleses llegaron a Australia, a finales del siglo XVIII, se estima que había entre 300.000 y 750.000 aborígenes, repartidos en unas 250 naciones, concentradas sobre todo en el sur y en el este del país. La mayor densidad de población aborigen se encontraba en el valle del río Murray. Esas naciones estaban unidas por alianzas, y cada una tenía su propias costumbres y su propia lengua. Cada nación se componía de varios clanes cuyo número podía variar desde 5 o 6 hasta 30 o 40 individuos. La cultura aborigen de Australia es una de las culturas más antiguas del planeta, remontándose a más de 50,000 años de antigüedad, incluso llegando a los 150,000 años según algunos historiadores. Lo que sí es cierto es que en años recientes la cultura aborigen ha adquirido una gran notoriedad y existen un gran número de galerías de arte, tours y experiencias que muestran la cultura que los aborígenes australianos han desarrollado durante miles de años. Una tradición aborigen cuenta que: “Dicen que llevamos aquí 40,000 años, pero son muchos más. Llevamos aquí desde que el tiempo comenzó. Procedemos directamente del Tiempo del Sueño de nuestros antepasados creativos.  Hemos mantenido la tierra tal y como estaba el primer día. Nuestra cultura se basa en registrar los orígenes de la vida.  Nos referimos a las fuerzas y poderes que crearon el mundo como los antepasados creativos. Nuestro bello mundo ha sido creado tan sólo de acuerdo con el poder, la sabiduría y las intenciones de nuestros antepasados“. El ‘Tiempo del Sueño‘ aborigen cuenta la historia de los grandes Espíritus durante la creación, que dieron forma humana y animal al barro y a la tierra sin forma. El ‘Tiempo del Sueño’ es el tiempo de los Antepasados, antes de que estos regresaran a la tierra. Esto incluye el acto de la creación en sí mismo, el período que culminó con la existencia humana. Durante la creación de nuestro mundo, los antepasados se desplazaban a través de una tierra de barro, cazando, luchando y amando. Y mientras hacían esto dieron forma a esta tierra informe. Moviéndose desde los sueños a las acciones, los antepasados crearon las hormigas, los emus, los cuervos, los possums, los wallabies, los canguros, el lagarto, la goanna, las serpientes y toda la comida y las plantas. Crearon el sol, la luna y los planetas. Crearon a los humanos, las tribus y los clanes. Cada uno de ellos se podía convertir en el otro. Una planta se podía convertir en un animal, un animal en un accidente del paisaje, un accidente del paisaje en un humano, hombre o mujer: “Todo se creó de la misma materia. Todo fue creado durante nuestro Dreamtime o Tiempo del Sueño“.

 

Uluru es un inmenso peñasco en el Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, en el que se exhiben intrigantes pinturas rupestres. Es un sitio sagrado para los pueblos originarios de Australia, y se puede decir que se transforma en algo similar para los miles de turistas de todo el mundo que lo visitan cada año y caen ante el embrujo de su imponente presencia y sus cambios de color, y sobre todo ante ese rojo brillante que adquiere cuando recibe el sol del atardecer. Uluru, también conocido como Ayers Rock, no es geológicamente más que lo que su nombre en inglés indica: una roca, o para ser más exactos, una formación rocosa compuesta por arenisca que se encuentra casi en el centro de Australia, en el Territorio del Norte, 430 km al sudoeste de la ciudad de Alice Springs y a unos 2.800 de Sidney. En el corazón del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, la formación rocosa se erige como una especie de vigía de casi 350 metros de altura, aunque la mayor parte de ella se encuentra bajo tierra, en medio de un árido y duro desierto, donde las temperaturas promedio superan los 35 grados en verano y las lluvias no alcanzan a 100 mm en todo el año. Aun así, este monolito de piedra que en 1987 fue declarado Patrimonio de la Humanidad es uno de los monumentos más visitados del país. Tanto, que ha generado una verdadera industria de la creatividad. Se lo puede admirar sobrevolándolo en avionetas o helicópteros, caminando por múltiples senderos de trekking, paseando en camellos, haciendo tours a la luz del amanecer o al atardecer. Uluru, “el corazón de Australia”, adquiere distintas tonalidades según la posición del Sol, y se ve casi gris cuando llueve. También llamado “el ombligo del mundo”, Uluru y su vecino el monte Kata Tjuta tienen un profundo significado histórico y cultural para los habitantes originarios de la zona, los anangu, para quienes este gran bloque de piedra representa el punto crucial en la intrincada red de rutas del Tjukurpa o Tiempo del Sueño, el principio de todo, la creación. Aquí, en el lado norte habitaban los pitjantjatjara u hombres canguro, y en el sur, los yankuntjatjara u hombres serpiente. Entre ellos, en torno a Uluru se libraron dos grandes batallas, que aún son rememoradas en cantos y ceremonias de orígenes ancestrales.

 

Los propios anangu organizan visitas guiadas en las que, además de dar explicaciones sobre la flora y fauna y la vida en la zona, narran algunas de estas leyendas. Como la del lagarto Kandju, que llegó hasta aquí buscando su bumerang perdido, y que se representa en las grietas de la superficie rocosa. El perímetro de Uluru (de 9,4 km) presenta numerosas cuevas y recovecos con pinturas y grabados, muchos de ellos relacionados con la fertilidad y la iniciación, que los nativos consideran de origen divino. Y están las pinturas rupestres de los wandjina, seres mitológicos asociados con la creación del mundo. Son figuras que se asemejan mucho a astronautas o extraterrestres, sin boca, con ojos grandes y negros y una cabeza rodeada de una especie de halo o casco, y que provocan diversas teorías y especulaciones. Muchas de estas representaciones y algunas cuevas son sagradas para los habitantes locales, por lo que se pide a los visitantes no ingresar ni tomar fotografías. Hay cavernas exclusivas para hombres y otras únicas para mujeres, y no es posible infringir esta regla, pues sólo mirar las pinturas realizadas en la caverna del sexo opuesto puede acarrear terribles castigos por parte de Kandju, el Gran Lagarto. Y hay carteles que solicitan respeto, sobre todo a quienes llegan con la intención de escalar el Uluru: “No debería hacerlo. No es lo más importante. Lo realmente auténtico es detenerse y oír. Estar atento a todo lo que le rodea. Escuchar y comprender” , dice uno de ellos. Aun así, no son pocos los que ascienden hasta la cima, a contemplar el desierto desde 348 metros de altura. Según la inclinación de los rayos solares y la época del año, la superficie de Uluru adquiere distintas tonalidades. Su imagen más famosa es la del atardecer, pero quienes tienen la suerte de admirarlo en alguno de los escasos días de lluvia pueden verlo en un infrecuente tono gris plateado cruzado por franjas negras, constituido por algas que crecen en los pequeños cursos de agua. Kata Tjuta quiere decir “muchas cabezas”, y esa es una de las impresiones que causa este conjunto de cimas, cuya máxima altura es de 546 metros. La leyenda dice que allí arriba vivía Wanambi, la gran serpiente del arco iris, que sólo descendía en la estación seca. Y partes de la montaña se identifican con los liru (hombres serpiente), el hombre canguro malu, o los pungalunga, caníbales gigantes. Como fuera, Kata Tjuta es sin dudas el complemento necesario de toda visita al desierto rojo de Australia y a Uluru. Y también para conocer sus fantásticas leyendas. Es el lugar perfecto para hacer caso a aquel aviso de los anangu, y detenerse a oír. A escuchar y comprender. O al menos intentarlo.

Un antiguo mapa nos muestra que el perdido continente de Lemuria, en los días de su máximo esplendor, abarcaba gran parte del globo terráqueo, pues desde donde hoy están las islas de Cabo Verde, a pocas millas de la costa de Sierra Leona, se dilataba hacia el Sudeste a través de África, Australia, islas de la Reunión y mares interpuestos hasta pocas millas de distancia de una isla continental, cuya extensión igualaba a la América del Sur, ubicada en el Pacífico y que comprendía el Cabo de Hornos y parte de la Patagonia. En el otro mapa de Lemuria llama la atención la mucha longitud y, en algunos parajes, la extrema angostura de los estrechos que separan los dos enormes témpanos de tierra en que por entonces se hendió el continente. Además, la magnitud de los estrechos que actualmente existen entre las islas de Bali y Lomboc coincide con la de una parte de los estrechos que en aquella época separaban ambos continentes. También conviene advertir que estos estrechos seguían en dirección Norte por la costa occidental de Borneo, y no por la oriental, como conjeturó Ernst Haeckel (1834 – 1919), naturalista y filósofo alemán que popularizó el trabajo de Charles Darwin en Alemania, creando nuevos términos como «phylum» y «ecología». Por lo que toca a la distribución de la fauna y la flora y la existencia de varios tipos comunes a India y África, según expone el naturalista inglés William Thomas Blandford, se observará que parte de la India y extensas porciones de África estuvieron directamente enlazadas por tierra durante el período correspondiente al primer mapa, y que la misma conexión se mantuvo  parcialmente en el período relativo al segundo mapa. El cotejo de los mapas de Atlántida con los de Lemuria nos demostrará que, ya en una, ya en otra época, hubo siempre comunicación firme entre porciones de superficie hoy separadas por el mar. Con esto deja de ser un enigma para los naturalistas la actual distribución de la fauna y flora en ambas Américas, Europa y tierras orientales. La isla que en el primer mapa de Lemuria está situada al Noroeste del promontorio extremo del continente, al oeste mismo de la actual costa de España, fue probablemente durante largos siglos el centro propagador de la fauna y la flora a que antes nos referimos. Es muy digno de nota, por lo interesante, que esta isla debió ser el núcleo permanente del posterior continente Atlante.

 

Según vemos, ya existía esta isla en los comienzos de la época de Lemuria, y en el período correspondiente al segundo mapa quedó unida a una tierra que había formado parte del gran continente de Lemuria, de modo que llegó a ser más bien un continente que una isla. En sus comienzos constituyó la vasta región montañosa de la gran Atlántida, cuando abarcaba las partes de tierra que actualmente forman ambas Américas. En el período de decadencia formó también esta gran isla la montañosa región atlántica, así como la de Ruta en la época de Ruta y Daitya, hasta que, por último, formó la isla de Poseidonis, resto póstumo del continente atlante, sumergida el año 9564 a. C. Cotejando los mapas de Lemuria con los mapas atlánticos, nos demostrará que las tierras de Australia, Nueva Zelanda, Madagascar, parte de la Somalia, el Sur de África y el extremo meridional de Patagonia han subsistido a través de los sucesivos cataclismos desde los comienzos del período de Lemuria. Lo mismo podemos decir de las partes meridionales de India y Ceilán, con la excepción, respecto de esta última isla, de un temporal hundimiento en la época de Ruta y Daitya. Una notable característica del suelo de Lemuria, en los primitivos tiempos de su existencia, fue el gran número de lagos, pantanos y volcanes que lo salpicaban. Ppero en los mapas sólo aparecen algunas grandes montañas volcánicas y los lagos más extensos. Otro volcán comenzó más temprano su destructora obra en la costa nordeste del continente. Los terremotos acabaron la disrupción, y es muy probable que el mar señalado en el segundo mapa con gran número de islas menores, al Sudoeste del actual Japón, indique el área de las perturbaciones sísmicas. El primer mapa nos muestra que hubo lagos en el centro del actual continente australiano, donde la tierra es hoy sumamente seca y como apergaminada. En el período relativo al segundo mapa habían ya desaparecido estos lagos, y parece natural conjeturar que aquellas regiones lacustres fueron devastadas por los gigantescos volcanes del sudoeste, entre Australia y Nueva Zelanda, con tal violencia que el polvo candente secó las aguas.

 

El antiguo continente limitaba al norte por el océano Glacial Ártico y el Atlántico septentrional; al este, por el Pacífico; al sur, por el Mar de las Indias, y al oeste por el Atlántico. En el interior y bastante más próximo al sur, o sea al Mar de las Indias, se alza la meseta del Pamir. Actualmente la cordillera del Pamir es una gran cordillera asiática, una de las más altas del mundo, situada entre los límites de Asia Central y meridional y relacionada al este con el Himalaya. Está compuesta por la unión de las cordilleras Tian Shan, Karakórum, Kunlun y el Hindu Kush. Por ser un punto de reunión de varias cordilleras es también conocido como Nudo del Pamir y, junto al Tíbet, era conocida en tiempos victorianos como el Techo del Mundo (Roof of the World), en una traducción aproximada del término persa. Es conocida también por su nombre en chino, Congling. La meseta del Pamir es el vértice de una pirámide cuadrangular de alineaciones montañosas demarcadoras respectivas de las cuencas de aquellos cuatro océanos, a saber: alineación nordeste, constituida por las cordilleras sucesivas de Tienchan, Altai, Tarbagatai, Jablonoi y Stanovoi, muriendo hacia el Estrecho de Bering, o más bien enlazándose allí con las formaciones andinas que recorren las tres Américas hasta el cabo de Hornos; alineación sudeste, formada por los Himalayas y montañas de la Indochina, hasta Malaca, con prolongación luego en el Pacífico hasta Australia y nueva Zelanda; alineación sudoeste, determinando, con los montes Salomón, la separación entre Persia e India y la región montañosa del sur de Arabia, para constituir luego los montes de Abisinia y restantes del África oriental hasta el Cabo de Buena Esperanza; y, finalmente, la alineación noroeste, integrada por la serie ininterrumpida de cordilleras del Hindu-Cusch, Irán, Armenia, Cáucaso, Balcanes, Cárpatos, Alpes, Pirineos, hasta el cabo de Finisterre. Una simple inspección de un mapamundi evidencia que de la meseta de Pamir irradian, en cuatro direcciones, las alineaciones de las grandes cordilleras del planeta, formando una como pirámide truncada. A saber: las que se dirigen al sureste, como el Himalaya, las montañas de la Indo-China, hasta Malaca y aun Australia y Nueva Zelanda; las del suroeste, tales como Paropamiso, Sur de la Persia, Arabia, Abisinia, el Ruvenzori, hasta el cabo de Buena Esperanza; las del noroeste, como las montañas de Persia, Cáucaso, Cárpatos, Alpes y Pirineos hasta Finisterre; y, finalmente, las del noreste, tales como los montes Tian-Chan, Jablonoi y Stanovoi, hasta el estrecho de Bering, prolongándose luego por las tres Américas hasta el cabo de Hornos.

 

La pirámide egipcia, que era iniciática, como las de México, eran copias a pequeña escala de esta orográfica disposición. Las alineaciones de las montañas del casquete boreal demarcan otra más antigua con el centro en el Polo Norte. Según una leyenda de Plínio, reproducida luego por Jean Houzeau de Lehaie ( 1867 – 1959), biólogo, botánico, pintor e historiador belga, Pirode hijo de Cilix fue el que enseñó la manera de sacar chispas con un pedernal. El procedimiento de frotación conservado en los ritos sagrados de la India con el nombre de pramantha, símbolo del fuego, parece ser de carácter bastante general, y origen, sin duda, del mito del  Prometeo griego. Fue luego perfeccionándose, y todavía en nuestros días, mientras que algunas tribus lo practican mediante un bastón que hacen girar con rapidez, otras le ponen una correa o la cuerda de su ballesta, a manera de arco mecánico. En Tahití, en las islas Samoa, Sandwich, en Nueva Zelanda, lo llevan a cabo frotando la madera por un movimiento de vaivén. Mucho tiempo después se descubrieron las propiedades de las lentes y de los espejos que los ritos del culto de la diosa Vesta, diosa del hogar e hija de Saturno y de Ops,  hacían remontar a una muy lejana antigüedad. Según Helena Blavatsky, en pleno desarrollo de la raza atlante, una de sus subrazas, la semita, había aparecido con la misión especial de ir formando un tipo de hombre fisiológico y mental, apto para formar el tipo de la raza aria. La subraza semita atlante empezó después del diluvio tolteca, hace unos 850.000 años. Esta raza se iba distinguiendo cada vez más de los demás atlantes, adquiriendo una característica propia. Después del tercer gran diluvio atlante, hace unos 220.000 años, los semitas atlantes empezaron a evolucionar hacia los futuros arios. Y después que fueron vencidos por los antiguos akadios, hace unos 150.000 años, puede decirse que empezó la verdadera formación de la futura raza aria.

Un iniciado solar, perteneciente a la raza atlante, el Manú Savarna, huyendo de los akadios, los guió por un gran valle a orillas de un gran río, durante muchos días, siempre hacía el sudeste, hasta que llegaron a una espléndida tierra, llena de promontorios y de oasis, y rodeada por una especie de muralla natural, de puro coral. Poco a poco este río se fue desbordando en el valle, separando a los que eran guiados por el Manú Savarna de la tierra de los akadios. Entonces se formó una gran isla llamada Isla del Coral. Esta isla era privilegiada, tanto por la exuberancia de su vegetación, como por su clima templado. Es de suponer que se dirigieron desde la actual Australia hasta la región que ocupan ahora las islas de Nueva Zelanda. Las migraciones atlantes se efectuaban, siempre, desde noroeste hacia sudeste, mientras que las invasiones se hacían hacia el norte. Cuando el sol, rasgando las nubes, aparecía a la vista de los habitantes del continente atlante, brillaba con mayor intensidad sobre la Isla del Coral. Desde hace unos 150.000 años, hasta hace 120.000, el número de arios aumentó notablemente, llegando a constituir casi la mitad de la población total de la isla. Dado que había una gran diversidad entre los semitas atlantes y los primeros arios, se produjeron luchas muy intensas. Estas luchas fueron causa de las primeras migraciones, causando que los atlantes de tipo ario tuvieran que buscar nuevas tierras. Entre la gran isla que ellos habitaban y el nuevo continente, que iba emergiendo de las aguas, se había formado un gran número de islas e islotes. Siguiendo esa ruta se establecieron cerca de la costa del nuevo continente, donde actualmente se hallan las islas de Nueva Guinea y Borneo. Los grandes iniciados arios se preparaban para descender y guiar a los elegidos a sus nuevas moradas. El Manú Vaivasvata, hace 118.765 años encarnó entre los hombres para fundar la primera subraza aria.

 

La Polinesia comprende Nueva Zelanda, Hawai, Tahití y la isla de Pascua, entre otros archipiélagos. Las creencias de sus habitantes incluían toda una serie de divinidades similares a las del Olimpo griego. Es decir, no son deidades identificadas únicamente con las fuerzas de la naturaleza, como es habitual en este tipo de zonas no civilizadas, sino seres humanizados con relaciones de amor y rivalidades. En Melanesia, compuesta por Nueva Guinea y otras islas menores como las Hébridas o Nueva Bretaña, la acción de los misioneros hizo que muchos de los cultos religiosos nativos se perdieran en pocos años. No obstante, nos han quedado algunos restos muy interesantes, como los coloristas y complejos actos cultuales que celebran algunas de estas tribus. Muy pocos de los ritos de Micronesia, constituida por una infinidad de pequeñas islas más al norte de la Polinesia y la Melanesia, han llegado hasta nosotros, debido a la despoblación de las islas y la facilidad con que muchas tribus abandonaron sus creencias para pasarse al cristianismo. Pero se conocen algunos detalles de cultos bastante curiosos y con un componente sexual muy claro. Es curioso que uno de los detalles que se conocen popularmente sobre la cultura que nos ocupa sean los zumos y bebidas exóticas. Todo ello, aunque parezca mentira, tiene un origen socio-religioso. Se trata de la kawa, bebida euforizante que procede de las raíces del pimentero. En todas las islas polinesias, salvo Nueva Zelanda, los indígenas bebían kawa respetando ciertos ritos y en pequeños grupos. Sólo los varones podían hacerlo y ello reforzaba la idea de colectividad. Entre los dioses de que tenemos noticia, destaca Tangaroa, que para los maoríes de Nueva Zelanda era el dios del mar, mientras que para las tribus de la Polinesia occidental era el creador. En cambio, para muchos otros pueblos, el creador llevaba por nombre de dios Tane (el Sol), quien surgió de Papa (Madre Tierra) y Rangi (Padre Cielo). Tane dio vida a Hina, la primera mujer, y con ella a toda la humanidad.

 

Rangi es el dios creador en la mitología del pueblo maorí de Nueva Zelanda. Era padre de Haronga, Haumea, Rehua, Ronga, Ruaumoko, Tane, Tangaroa, Tawhiri y Tu. Tane, dios de la selva, junto con sus hermanos, Rongo, dios de las plantas cultivadas, Tangaroa, dios de los peces y reptiles, Huamea, dios de las plantas silvestres, Tu, dios de la guerra y Tawhiri, dios de las tormentas, nació de la unión de Rangi y Papa, el cielo y la tierra. Se le consideraba el padre del cielo y el creador de todas las cosas que existían sobre la tierra y del resto de dioses. Se decía que había nacido de Te Po y Te Kore que existían antes de la creación del mundo. En el principio de los tiempos estaba tan fuertemente vinculado a su pareja, Papa, que sus hijos estaban atrapados dentro de los cuerpos de sus padres y no podían ver nada. Para ello se buscaron soluciones. Uno de sus hijos, Tane, sugirió separarlos. Pero Rongo, Tangaroa, Haumea y Tu fracasaron en su intento. Finalmente Tane empujando hacia arriba a su padre y a su madre hacia abajo consiguió separarlos. El espacio que quedó tras separarlos se llenó de luz y todos los seres que estaban atrapados dentro se dispersaron por el mundo. Rangi lloró al verse separado de Papa, lo que creó muchas inundaciones. Y uno de sus hijos, Tawhiri, que no había estado de acuerdo en la idea de separarlos, mandó tormentas que crearon grandes daños en la tierra, finalmente Tu se opuso a su hermano pero su lucha creó una grave inundación de las que solo quedaron sobre las aguas las actuales islas de la Polinesia. Rangi aún llora cuando se acuerda de Papa, lo que produce las lluvias y el rocío. Hay una leyenda que explica que había una vez una princesa muy bella llamada Hina, hija del Sol (Tane) y de la Luna. Fue prometida en matrimonio al rey del lago Vaihiria, que no era otra cosa que una enorme y repulsiva anguila. Hina huyó y se puso bajo la protección del gran Maui. Maui capturó y decapitó a la anguila, y le dio envuelta la cabeza a Hina, recomendándole no dejar la cabeza en tierra hasta llegar a su casa: “la cabeza de la anguila encierra grandes tesoros para ti“. Pero Hina olvidó el paquete en el suelo, y la cabeza de la anguila se convirtió en el primer cocotero. Por eso el coco tiene dos ojos y una boca fácilmente reconocibles.

 

También algunos hombres eran recordados por el mito polinesio, tales como el héroe Maui, que recuerda a Hércules y aún es objeto de culto en muchas islas del sudeste, y el primer hombre, Tiki, salido del falo de Tane. Maui fue el dios y héroe embaucador de la mitología polinesia y estaba dotado de poderes mágicos. A pesar de su reducida estatura, Maui no se atemorizaba ante nada. Los aproximadamente veinte relatos sobre sus hazañas muestran a un héroe decidido e ingenioso, siempre en pugna con los que se oponen a su voluntad. Al nacer Maui, su madre Taranga lo envolvió en un mechón de sus cabellos y lo arrojó al mar, probablemente porque había nacido prematuro. Maui fue rescatado por un antepasado que se fijaba en todo, retornando a la tierra y reuniéndose con su familia. Por eso su madre lo llamó Maui tiki tiki a Taranga (Maui formado en el moño más alto de Taranga). La hazaña más conocida de Maui fue la creación de las islas del Pacífico. Con ayuda de un anzuelo mágico, el héroe pescó del fondo del mar las incontables islas en las que actualmente viven los polinesios. Según los maoríes de Nueva Zelanda, Maui atrapó el Sol con un nudo corredizo y lo golpeó con su arma invencible, que era el maxilar de un antepasado femenino. Después de la paliza el Sol quedó tan débil que sólo pudo arrastrarse por su curso, prolongando el día. Los habitantes de Tonga afirman que a veces el cielo está oscuro porque Maui empleó un atizador para elevarlo. Mientras el héroe preparaba un horno en la tierra, el atizador se le enganchó en el cielo, que por aquel entonces estaba mucho más bajo que en el presente. Y con el propósito de disponer de más espacio para trabajar cómodo, Maui se limitó a apartar el cielo. Los hawaianos creen que con esa hazaña pretendía impresionar a una mujer. A decir verdad las mujeres fascinaban a Maui y parece que su madre fomentó las numerosas aventuras del héroe. Los habitantes del archipiélago de Tuamotu afirman que sin esa ayuda Maui no habría tratado de satisfacer los deseos ilimitados de Hina, esposa de la monstruosa anguila, el rey del lago Vaihiria. Al principio el rey del lago Vaihiria ignoró la aventura, pero finalmente las murmuraciones de las demás divinidades desencadenaron su ira y lo llevaron a desafiar a Maui. Se encontraron en la playa en medio de una tormenta torrencial y, mientras brillaban los relámpagos y resonaban los truenos, Maui y el rey del lago Vaihiria compararon el tamaño de sus falos. Ganó Maui, e Hina cambió de amante presuntuosamente. Más tarde el rey del lago Vaihiria intentó recuperar a su esposa por la fuerza, pero el héroe embaucador lo destruyó con su magia superior. Los habitantes de Tuamotu sostienen que el primer cocotero brotó de la cabeza enterrada de rey del lago Vaihiria. Los dos relatos más populares sobre Maui se centran exclusivamente en sus estafas. Según uno, robó una gallina de los cielos para conseguir el fuego porque, según los polinesios, el secreto del fuego estaba guardado por la gallina celestial. En otro relato, el héroe intentó vencer a la muerte. Al parecer, Maui encontró dormida a Hine-nui-te-po, diosa de la muerte. Estuvo a punto de pasar por encima de su cuerpo, pero en un último momento el gorjeo de las aves despertó a la diosa, que apretó al héroe hasta matarlo. Los hawaianos afirman que la sangre de Maui enrojeció los camarones y dio colores al arco iris.

La ciencia oficial ha tendido a considerar que la distribución de la  vida sobre la tierra, como ahora la vemos, se ha verificado sin la ayuda de cambios importantes en la ubicación relativa de los continentes y mares, Sin embargo, actualmente se sabe que Asia y África, Madagascar y África, Nueva Zelanda y Australia, Europa y América, han estado unidas en alguna época no muy remota geológicamente, y que hubo puentes sobre los mares, que tenían una profundidad media de 1.830 metros. La suposición de que la templada Europa y la templada América, Australia y el África del Sur hayan estado jamás en relación, excepto por la vía del Círculo Ártico o Antártico, y que tierras que ahora están separadas por mares de más de 1.830 metros de profundidad hayan estado jamás unidas parece inverosímil. Son tan evidentes las pruebas de que la actual Polinesia son los restos de un continente desaparecido a consecuencia de un cataclismo geológico, que ya no es posible dudar por más tiempo de su existencia. Las tres mayores evidencias de este continente, que son las islas Sandwich, Nueva Zelanda y la isla de Pascua, distan una de otra entre 7250 a 8690 km., y los intermedios archipiélagos de Viti Levu, Samoa, Tonga, Futuna, Uvea, Marquesas, Tahití, Pumuton y Gambieres,  distan a su vez de dichos extremos culminantes, de 3380 a 4830 km. Dadas estas enormes distancias, los navegantes del Pacífico convienen en que, dada la actual situación geográfica, los isleños de los extremos de este océano no hubieran podido comunicarse con los del centro por la insuficiencia de medios de que disponían, pues era materialmente imposible recorrer tan grandes distancias en canoa, sin brújula ni provisiones bastantes para una travesía de muchos meses. Por otra parte, los aborígenes de las islas Sandwich, Viti Levu, Nueva Zelanda, Samoa, Tahití, etc., no se conocían ni habían oído hablar unos de otros antes de la llegada de los europeos. No obstante, en todas las islas subsistía la tradición de haber formado en otro tiempo parte de un vasto continente, que se extendía hacia occidente por el lado de Asia. Además, sorprendentemente todos los isleños polinesios hablan básicamente el mismo idioma, tienen las mismas costumbres, profesan la misma religión, y cuando se les pregunta dónde está el origen de su raza, señalan hacia poniente.

 

Tenemos antiguas tradiciones de diversos y muy distanciados pueblos; leyendas de la India, de la antigua Grecia, Madagascar, Sumatra, Java y todas las principales islas de la Polinesia, así como las leyendas de ambas Américas. Entre los nativos, así como en las tradiciones de la literatura sánscrita de la India hay coincidencia en decir que en tiempos remotos había en el océano Pacífico e Índico un gran continente que una vez fue tragado por el mar en un cataclismo geológico. Se trataría de Lemuria. Y parece evidente que la mayor parte, de las islas, sino todas, desde el archipiélago malayo a la Polinesia, son fragmentos de aquel inmenso continente sumergido. tanto Malaca como la Polinesia, que se hallan en los dos extremos del océano, y que, desde que existe memoria de hombre, no han tenido ni han podido tener nunca relación entre sí, ni siquiera conocimiento de su respectiva existencia, tienen, sin embargo, una tradición común a todas las islas e islotes. Esta tradición dice que sus respectivos países se extendían lejos, muy lejos en el mar; que en el mundo no había más que dos inmensos continentes, uno habitado por hombres amarillos, y otro por hombres morenos; y que el océano, por orden de los dioses, a fin de castigarlos por sus luchas incesantes, se los tragó. Además, con cortas diferencias, todos los isleños hablan dialectos que provienen evidentemente del mismo idioma, y que se entienden con poca dificultad. Pocas de las islas Polinesias fueron descubiertas antes del siglo XVII, y el mismo océano Pacífico era desconocido en Europa hasta los días de Colón. Pero estos isleños no han cesado nunca de repetir las mismas antiguas tradiciones desde que los europeos llegaron por primera vez sus costas.

 

En cuanto al continente polinesio que desapareció a causa de terribles cataclismos geológicos, su existencia se funda en claras evidencias, tal como antes hemos indicado. Hay la creencia en una misteriosa interrelación entre el hombre y ciertas plantas. Se sabe de personas que murieron poco después del arranque de un árbol plantado el mismo día en que nacieron. Y por otro lado han ocurrido casos en que un árbol plantado en análogas circunstancias enfermó y murió simultáneamente con la persona con quién estaba vinculado. Max Müller (1823 – 1900), filólogo, mitólogo y orientalista alemán, fundador de la mitología comparada, demuestra que esta creencia popular se halla extendida por muchas comarcas de Europa, Centro América, India, Nueva Zelanda y la Guyana inglesa. Más recientemente las investigaciones han dado suficiente luz sobre los aparentemente más extravagantes puntos de los relatos de Marco Polo. El ruc, o roc, es un ave de rapiña gigantesca cuyo origen se remonta a la mitología persa. Mencionado en obras y tradiciones orales de ciertas civilizaciones de Oriente Medio, el tamaño del ruc es pretendidamente tan gigantesco que la tradición le atribuye la capacidad de levantar un elefante con sus garras. Algunas fuentes, aunque no todas, lo describen como un ave de color blanco. Según algunas fuentes el ruc puede ser un único animal, singularizado en un único individuo existente, como es el caso del cuento de Las mil y una noches. Otras fuentes lo mencionan sobreentendiendo que es, aunque ficticia, una especie compuesta no por uno, sino por numerosos individuos. Richard Owen (1804 – 1892), biólogo, paleontólogo y anatomista comparativo inglés, se dice que llego a poseer en su gabinete los huesos de un ruc de Nueva Zelanda. En la mitología India, vemos que la Tierra se encuentra sostenida por 4 elefantes posados sobre una tortuga. La tortuga se balancea encima de una cobra. Cuando alguno de estos animales se mueve, la Tierra se mueve y tiembla. En Nueva Zelanda se explica que la Madre Tierra lleva un hijo dentro de su útero, el joven dios Ru. Cuando él se estira y patea como hacen los bebés, ocasiona terremotos. en la península de Kamchatka (Siberia) un antiguo cuento narra cómo el dios Tuli transportaba la Tierra en un trineo tirado por perros; los animales, llenos de pulgas, se paraban ocasionalmente para rascarse, dando lugar a los temblores. En África Oriental se muestra la Tierra como un disco plano, sostenido por una enorme montaña y por un gigante. La esposa del gigante sostiene el cielo y la Tierra tiembla cuando él deja de abrazarla.

 

En África Occidental un pez gigante carga una piedra sobre su espalda. Una vaca se encuentra sobre la piedra, balanceando la Tierra sobre uno de sus cuernos. De vez en cuando, el cuello le duele, y lanza el globo de un cuerno al otro, haciéndolo temblar.  En Assam se dice que hay una raza de personas viviendo dentro de la Tierra. De vez en cuando ellos sacuden el suelo para averiguar si alguien aún vive en la superficie. Cuando los niños sienten un temblor deben gritar y así las personas dentro de la Tierra sabrán que hay alguien y dejarán de sacudir. Existen indicios de contactos en épocas sumamente tempranas. Al parecer, las evidencias desafían también a las teorías actuales acerca de las primeras migraciones del hombre a las Américas. Con esto no se propone que la migración no fuera desde Asia a través del Estrecho de Bering, por el norte, sino que también se produjo desde Australia y Nueva Zelanda a través de la Antártida hasta Sudamérica. Esta es un idea recuperada recientemente, tras el descubrimiento en el norte de Chile, cerca de la frontera con Perú, de momias humanas enterradas hace unos 9.000 años. Las tribus esquimales dejaron rastros inequívocos de su migración siempre hacia el norte, al lado de sus campamentos temporales. Los esquimales del sur hablan de tribus que viven en el norte lejano. Tienen la creencia de que sus ancestros vinieron de una tierra paradisíaca en el extremo norte. En Nueva Zelanda y el sur de América del Sur, se encuentra fauna y flora similares, que no pueden haber migrado de uno de estos lugares al otro. La única explicación es que provienen de una tierra madre común, tal vez el continente antártico. Sin embargo no se sabe cómo pudieron venir de un desierto congelado, donde sólo sobreviven los pingüinos, salvo que en aquella época no estuviese bajo el hielo. El explorador estadounidense de principios del siglo XIX, capitán Nathaniel Palmer, concluye: “Sólo la ‘tierra misteriosa’ del Almirante Byrd puede explicar estos hechos y migraciones“.

También existen misterios sobre la Antártida. Tal vez el mayor sea su biología, pues la flora y la fauna son idénticas en las masas de tierra de Nueva Zelanda y América del Sur. No pudieron migrar de una a otra, por lo que se cree que provienen de una tierra madre común. Esa madre tierra pudo ser el continente Antártico. Tenemos el caso del barco Gladys en el año 1893, cuyo capitán fue H. B. Hatfield. La nave estaba completamente rodeada de icebergs a 43 grados sur y 33 grados oeste. En esa latitud, se observó un iceberg con una gran cantidad de arena y tierra, que revelaba un refugio, así como los cuerpos de cinco hombres muertos en diferentes partes del témpano. Pero el mal tiempo impidió una investigación más profunda. En Nueva Zelanda encontramos fósiles de diversas formas de vida marina. Una gran parte está muy bien preservada. La mayoría de los fósiles encontrados son del período Cretáceo y en raras ocasiones aparecen otros del Cámbrico, Ordovícico y Pérmico. Asimismo, se han extraído vegetales fósiles del Jurásico, que se los ve sin ningún tipo de modificación respecto a las especies actuales. Los restos descubiertos en esta zona revelan que todos ellos pasaron a existir repentinamente con sus estructuras complejas. En otras palabras, manifiestan que fueron creados y permanecieron de la misma manera cientos de millones de años. Nunca evolucionaron. En los manantiales termales de Rotorua, Nueva Zelanda, existen varios tipos de musgos que han permanecido sin modificar casi desde el comienzo de la historia del planeta. Como ejemplo tenemos el esquisto desgastado por los glaciares en Nueva Zelanda. Los esquistos son rocas metamórficas que se formaron en las profundidades oceánicas durante el choque de los continentes. Como ejemplos de extinción podemos mencionar el dodo (raphus cucullatus), que es es una especie extinta de ave columbiforme de la subfamilia raphinae. Era un ave no voladora endémica de las islas Mauricio, situadas en el océano Índico (a 900 km de la isla de Madagascar).

 

El dodo, así como otras aves del océano Índico, entre ellas el solitario de Rodrigues (de la isla Rodrigues), estaba relacionado con las palomas que habían dejado de volar para volverse terrestres. La extinción del dodo, a finales del siglo XVII, lo ha convertido en el arquetipo de especie extinta por causa de seres humanos. También tenemos el moa en Nueva Zelanda, el aepiornis en Madagascar, el gran alce, alca impennis, en los mares del Norte, y el rhytina stelleri, común en su época en la latitud del estrecho de Bering y descrito por Steller en 1742. El moa alcanzó de tres a cuatro metros de altura y sobrevivió durante un largo período después de la migración de los maoríes a Nueva Zelanda. Se han hallado huesos suyos con lana chamuscada, lo cual demuestra que fueron muertos y comidos por los nativos. Su memoria está preservada en muchas de sus tradiciones, que también dejan patente la existencia de un pájaro mucho mayor, una especie de águila o halcón, del cual solían ser víctima. El aepyornis maximus era casi tan grande como el moa, por los numerosos fósiles de huesos y los pocos huevos que se han descubierto. Pero no hay ninguna tradición existente entre los nativos de Madagascar de que hubiera sobrevivido a un período posterior. El moa era asociado con otras especies también próximas o totalmente extinguidas. Gideon Mantell (1790 – 1852), naturalista, geólogo y paleontólogo inglés, opina que el moa y sus congéneres continuaron existiendo mucho después de la llegada del aborigen maorí. Mantell descubrió un gigantesco huevo fósil, presumiblemente de un moa. El moa era asociado con otras especies también próximas o totalmente exinguidas: algunas que pertenecían al mismo género.

 

La mitología maorí es politeísta. Según ella los padres del mundo son Rangi (el Cielo) y Papa (la tierra). Ambos se hallaban unidos en un abrazo del que les separaron sus hijos, provocando la entrada de la luz en el mundo. La lluvia son las lágrimas de la pareja por su separación. Los hijos de los dioses creadores ostentan diversos poderes. Tane es el dios de la flora. Rongo de la agricultura y la paz, Tangaroa del mar, Tu de la guerra, Tawhiri de los vientos y Whiro del mal y la oscuridad. Fue Tane quien formó a la primera mujer y le dio vida. La tomó como esposa y del matrimonio nació una hija que se convertiría en la madre del pueblo maorí. Su sociedad se caracterizaba por las frecuentes disputas, dado que era un pueblo eminentemente guerrero. Se hallaban establecidos en grandes grupos familiares, aunque hoy en día lo hacen en pequeñas familias, que mantienen el contacto con los grupos relacionados con ellas a través de antepasados comunes. Aunque muchas de sus tradiciones se han perdido debido a su integración en la sociedad neozelandesa, todavía se reúnen para fiestas y celebraciones en un lugar al que denominan marae, que está formado por una casa de reuniones, un comedor y un patio. Nueva Zelanda fue uno de los últimos lugares de la Tierra en ser colonizado. Nueva Zelanda, uno de los extremos de la gran área polinesia, estaba habitada, antes de la llegada de los europeos, por los pueblos maoríes que, según la tradición, se establecieron allí en sucesivas migraciones iniciadas hacia el siglo X y concluidas en el siglo XIV, procedentes de la Polinesia oriental, como las islas Cook o incluso Hawái. Estos pueblos tuvieron que adaptar su economía y su organización social a las nuevas condiciones ambientales. Aislados del resto del mundo, crearon una cultura propia. Las pruebas arqueológicas y lingüísticas (Sutton, 1994) sugieren que probablemente las distintas migraciones vinieron desde el este de Polinesia, dirigiéndose hacia Nueva Zelanda entre el 800 y el 1300 d.C.

 

La tradición oral maorí describe la llegada de los antepasados provenientes de Hawaiki, un lugar legendario en la parte tropical de Polinesia, tal como ya hemos indicado. Vinieron navegando en grandes canoas que cruzaban los océanos (waka). No existe ninguna prueba de asentamiento humano en Nueva Zelanda antes de los viajeros maoríes. Por otro lado, las evidencias arqueológicas, lingüísticas y antropológicas indican que los primeros pobladores vinieron del este de Polinesia. Según la mitología maorí, los ancestros de los maoríes serían originarios de una mítica tierra llamada Hawaiki, que estaría situada al oeste. Habría sido el lugar de partida desde donde migraron los polinesios hacia las diferentes islas. Según sus leyendas, los maoríes migraron desde Hawaiki a Aotearoa (Nueva Zelanda) con siete barcas que fundaron las siete tribus originarias. Igualmente se dice que las almas de los muertos salen desde el cabo Renga, situado al extremo noroeste de la isla del Norte, hacia Hawaiki. El idioma maorí fue llevado a Nueva Zelanda por polinesios que se supone vivían en el área de Tahití, y que probablemente llegaron en canoas dobles. Hacia 2004, el uso de muchos de los dialectos menores habían disminuido casi hasta la extinción. La llegada a las islas significó un cambio cultural desde un pueblo marino del trópico a un pueblo cazador en clima templado, con escasos recursos alimenticios, como animales domésticos y cultivos tropicales, adaptables al nuevo clima. Antes de la llegada de las primeras personas, el 80% de la tierra estaba cubierto por bosques, existiendo praderas y estepas de tipo tussok en el tercio occidental de la Isla Sur, más exactamente en las planicies de Canterbury. Tussok es el nombre dado a las formaciones botánicas caracterizadas por el predominio de gramíneas coriáceas cuyas alturas median entre el metro y los 2 metros. Las formaciones de tussok se desarrollan principalmente en las zonas frías del Hemisferio Sur, sobre suelos pobres en materia orgánica y en climas donde son frecuentes los vientos fuertes, motivo por el cual las matas son típicamente achaparradas y redondeadas. Según el tipo de suelo y la humedad existen tussoks secos y tussoks húmedos. Los tussoks húmedos son densos, con poco espacio entre las plantas, mientras que los tussoks secos presentan formaciones esteparias ralas con bastante espacio entre las matas. Ejemplos de tussoks húmedos se encuentran en el norte de Tierra del Fuego, las Islas Malvinas, o en otras islas sub-antárticas y en el sureste de la Isla Sur de Nueva Zelanda, concretamente en la Planicie de Canterbury. Cuanto más meridional es la distribución del tussok más se asemeja a la tundra. El tussok seco es característico del Comahue y la Patagonia Oriental, en el sur de Argentina y Chile.

Es probable que los indígenas peruanos comerciaran con los polinesios de las islas Marquesas y de otras islas del Pacífico, lo que explicaría que el camote (Ipomoea batatas) llegara tempranamente hasta Nueva Zelanda. Originaria de los trópicos de Sudamérica y América Central, ha sido cultivada desde hace 8000 años en lo que hoy es Perú, y se han hallado representaciones de camote en numerosos ceramios precolombinos y restos de las raíces tuberosas en algunas tumbas. El Parque nacional de Tongariro es el parque nacional más antiguo de Nueva Zelanda, situado en medio de la Isla Norte. Fue reconocido por la Unesco como uno de los lugares Patrimonio de la Humanidad de carácter mixto, porque mezcla cultura y naturaleza. El Parque nacional de Tongariro fue el cuarto parque nacional establecido en el mundo. Las montañas volcánicas activas Ruapehu, Ngauruhoe y Tongariro se encuentran situadas en el centro del parque. Hay varios sitios religiosos maoríes dentro en el parque. Muchas de las cumbres de montañas son denominadas tapu, una palabra que describe un lugar altamente sagrado. El Parque nacional de Tongariro se extiende alrededor del macizo de los tres volcanes, el monte Ruapehu, el monte Ngauruhoe y el monte Tongariro. La Reserva Escénica de Pihanga contiene el lago Rotopounamu, el monte Pihanga y el monte Kakaramea, que, aunque se encuentra fuera del área principal del parque, es parte de él. La Tierra tiene su propio sistema nervioso y arterias de circulación. Muchas culturas han desarrollado sistemas para trabajar con estas líneas de energía. En Europa, la investigación de líneas Ley comenzó en Inglaterra y Alemania en los años 1920 y 30. Basado en esta teoría, los chinos desarrollaron el arte del Feng Shui. Los aborígenes australianos tienen sus líneas de sonido. Estas líneas tienen diversos largos y anchos. En el cuerpo humano hay tanto vasos microscópicos como la gran arteria aorta del corazón. Lo equivalente en la Tierra a la arteria aorta son las dos grandes arterias Ley que rodean la tierra.

 

En un mapa plano del mundo estos dos círculos forman la imagen de un símbolo de infinito o un número 8 inclinado. Estos ríos de energía conectan muchos de los principales lugares continentales sagrados entre sí. Fluyen por tierra y agua y hay cuatro grandes ruedas giratorias que parecen poleas alrededor de las cuales se mueven las dos principales corrientes Ley. Los vórtices principales situados sobre estas líneas son conocidos como ruedas conductoras, ya que conducen la fuerza en ambas direcciones a lo largo de los senderos del Dragón. Hay otros cuatro grandes que tienen casí tanta importancia como los siete vórtices principales. Estos son los centros cardinales de estos círculos: Table Mountain, en Ciudad del Cabo (Sudáfrica); Rotopounamu, en la Isla Norte (Nueva Zelanda); Nuevamente la Gran Pirámide, el Monte Sinaí y el Monte de los Olivos; y el cráter Haleakala, en Maui (Hawái). Rotopounamu, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. un pequeño lago sagrado justo al sur del lago Taupo en Nueva Zelanda. El flujo natural de esta rueda giratoria es en sentido contrario a las agujas del reloj. El sendero alrededor del lago requiere una excursión de 90 minutos. Localmente, Rotopounamu es el segundo vórtice de la montaña femenina Pihenga – consorte de la montaña masculina Tongariro. Según la mitología, el fruto creado por la unión de estas dos montañas emerge por Rotopounamu y genera energía creativa a lo largo del mundo. De acuerdo a la interpretación Maorí, Rotopounamu es el lago de la segunda piedra esmeralda. El color verde es simbólico para el corazón. Mundialmente, la primera piedra esmeralda es un arquetipo en Glastonbury y la segunda piedra esmeralda define el centro del vórtice planetario del agua. Estos dos centros sagrados están en las antípodas el uno del otro. Si el Santo Grial es asociado con alguno de estos polos, la Red del Grial – la totalidad de todas las líneas Ley globales – se alza en  Rotopounamu. Con respecto al  cráter Haleakala, en Maui (Hawái), según una antigua leyenda, el anciano Dios polinesio, Maui, capturó el sol cuando pasaba junto al cenit sobre el cráter Haleakala. Maui le dijo al sol que no podría ganar su libertad hasta que aceptara entregar a la Tierra una bendición especial a través de Haleakala cuando alcanzara su cenit cada día sobre el cráter. El sol aceptó esto y continúa manteniendo su palabra.

 

Los antropólogos consideran que, aunque diversificados por el paso del tiempo, los polinesios proceden de un tronco común euroasiático, con características raciales de tipo európido, sin prognatismo, con el rostro ovalado y la nariz larga, pliegue epicántico apenas esbozado y, por tanto, con ojos grandes, estatura media por encima de 1,70, etc.  Sintetizando, un aspecto bastante parecido al de los europeos; algo que a Felipe González de Haedo (1714 – 1802), oficial de la Armada y cartógrafo español, ya le llamó la atención. Respecto a la forma del cráneo, las medidas recogidas por los antropólogos no permiten hablar de uniformidad. En unos textos se considera a la mayor parte de los polinesios braquicéfalos, con el cráneo casi redondo, mientras que otros especialistas, entre ellos el antropólogo neozelandés Peter Buck, uno de los mejores conocedores del tema, sostienen que es la dolicocefalia. o cráneo alargado, la que predomina. Sin embargo, unos y otros coinciden en que, pese a ser los puntos más alejados de lo que se considera el triángulo polinésico, los índices de dolicocefalia en Nueva Zelanda (77,7) y en la Isla de Pascua (74,0) son, además de muy parecidos, los dos más acusados de toda la Polinesia, como si, racialmente, ambos lugares estuviesen más directamente emparentados entre sí que con el resto de las islas que hay entre ellos. E pricipio se puede desmontar la tesis, mantenida por la mayoría de los autores, de que Pascua fue poblada por grupos migratorios procedentes de las islas Marquesas, porque sus habitantes son decididamente braquicéfalos, con un índice cercano a 80 (79,4). Sin embargo, lo verdaderamente interesante es que la señalada similitud craneana entre Nueva Zelanda y Pascua va en contra de la lógica, ya que en la Polinesia los movimientos migratorios se han producido de forma muy lenta y de Oeste a Este, lo que debiera haber traído como consecuencia que entre Pascua, en el extremo más oriental, y Nueva Zelanda, en el extremo más occidental, existiesen las mayores diferencias; justamente lo contrario de lo que sucede en realidad.  Se trata de una aparente contradicción, porque Nueva Zelanda no es realmente el punto de partida de esa migración. Fue el último país al que llegaron los polinesios, que se asentaron allí tras exterminar a sus antiguos habitantes, los moriori, de raza negra. Podemos imaginar una isla, o continente, a medio camino entre Pascua y Nueva Zelanda, de la que salieron expediciones en ambas direcciones. No sería difícil localizarla, porque sus habitantes tendrían un índice cefálico similar al de esos otros dos lugares. Pero el problema es que tal isla no se ha encontrado. Tal vez no exista actualmente, pero tal vez existió. Esa podría ser la explicación.

 

Quizás la medida de los cráneos nos conduce a Hiva, esa  tierra hundida de la que procedía Hotu Matu’a, el primer rey de Rapa Nui. No es una pista endeble, porque en las islas de la Polinesia, a causa del aislamiento y la consiguiente endogamia, la forma de las cabezas es un punto de apoyo sólido para los antropólogos. Así pues, aunque no haya evidencias geológicas de un cataclismo, la tierra de Hiva haría encajar las piezas. Tal vez acuciados por un peligro inminente, los habitantes de Hiva habrían emigrado, pero en dos direcciones opuestas, hacia el Este y hacia el Oeste, llegando a Pascua y Nueva Zelanda, adonde habrían llevado su índice cefálico para transmitírselo a sus descendientes. Con la hipótesis de la doble migración desde Hiva podría justificarse lo de los cráneos, pero nada más. Resulta inconcebible que no llevasen también sus creencias,  sus conocimientos y su arte. En Nueva Zelanda debiera haber, igual que en Pascua, las estatuas de moai y la escritura rongo-rongo; puede que no exactamente iguales, pero, desde luego, parecidas. Pero en Nueva Zelanda no hay ni una cosa ni otra, ni nada que remotamente se les parezca. Hay que asumir que seguimos perdidos sobre el puzle polinesio. Las moas y otras aves autóctonas que eran cazadas por los maoríes, se extinguieron alrededor del año 1500 d.C., relativamente poco después de su llegada. Facilitó su extinción su baja reproducción, ya que no se dio una suficiente tasa de reposición ante el ritmo con el que eran cazados. Sin embargo, algunos opinan que existieron pequeños grupos de moas hasta fines del siglo XVIII o hasta inicios del siglo XIX. Se cuenta algún avistamiento por parte de marineros a las órdenes de James Cook, así como llaman la atención el estado de conservación de algunas plumas de estas aves. A partir de un antiguo estilo en la Polinesia centro oriental, llegaron a las realizaciones ornamentales que caracterizan su arte. La escultura, su manifestación más representativa, comprende tres tipos de obras: estatuas de bulto redondo, frisos ornamentales, y proas y popas de piraguas talladas. Los temas preferidos son la figura humana estilizada y los motivos geométricos, pero es rara la representación de animales. Casi toda la escultura tiene valor funcional y decorativo, salvo algunas imágenes de significado religioso, como la de Marakihau, el mítico ser marino de rostro humano y lengua bífida, que se representa esquemáticamente, con las manos abiertas sobre el vientre, labrado en relieve sobre una placa rectangular, a veces calada.

Hay estatuillas masculinas, con rostros y cuerpo cubierto de dibujos a modo de tatuajes y la cabeza adornada con cabello natural, semejantes en muchos aspectos a las halladas en Tonga, Cook y Hawái. Quizás son las únicas imágenes objeto de culto. En el relieve, el arte maorí hace gala de toda su habilidad técnica. La figura humana, aislada o en grupo, se destaca sobre un fondo de motivos geométricos calados. El rostro se caracterizaba por una gran boca, de la que suele salir una lengua triangular, con el labio superior muy arqueado, en forma de ocho. La decoración de motivos curvos y en espiral, junto con la figura humana, aparece en las partes talladas de las piraguas y en los tatuajes faciales o mokos. Entre los mejores ejemplos del arte maorí se debe recordar los ornamentos pectorales de jade, labrados en forma del mítico hei-tiki, ser humano de cuerpo deforme, las mazas de guerra, hechas de madera o de hueso, y los grandes estuches de madera. En todos estos objetos la trama del dibujo se extiende en volutas y meandros de exquisitas elegancia y sensibilidad decorativa. El análisis de la música maorí permite seguir la evolución de la música polinesia, pues parece que Nueva Zelanda ha conservado la más pura tradición. El canto épico conmemorativo y narrativo, y el canto que acompaña la danza, son las dos principales manifestaciones de la música popular neozelandesa. Es pobre la tradición instrumental, aunque se conocen algunos tipos de flauta, denominados putorino y koauau. Se emplean tambores, pero no para marcar el ritmo de la danza, sino como medio de comunicación entre lugares lejanos. El baile nacional, la haka, se marca con palmas y golpeando el suelo con los pies. La antigua música popular de los maoríes se componía, casi por entero, de canciones, las waiata, divididas en varios grupos, según su estilo y su función ritual o social. En especial, la épica guerrera encuentra su expresión natural en las figuras rítmicas de la haka. Se trata de gritos y golpes rítmicos que deben intimidar al adversario e infundir valor al guerrero maorí. En la actualidad, esta danza se ejecuta en ceremonias de recepción a visitantes extranjeros. Esta música maorí ha sobrevivido hasta hoy entre los grupos más primitivos, a través de un largo proceso de decadencia. Los cantos presentan un ritmo muy controlado y limitadas variaciones melódicas. Las canciones épicas y narrativas evocan los acontecimientos de la historia y de la mitología nacional, y comprenden numerosos himnos celebrativos.

 

La colonización europea de Nueva Zelanda fue relativamente reciente. El historiador neozelandés Michael King cuenta en The Penguin History of New Zealand que los maorís son “la última comunidad humana en la Tierra intocada y no afectada por el resto del mundo“. Los primeros exploradores europeos, incluyendo Abel Tasman, que llegó en 1642, y el capitán James Cook, que llegó por primera vez en 1769, relatarán encuentros con maorís. Estos primeros relatos describían a los maorís como una raza de guerreros feroces y orgullosos. Ocurrían frecuentemente guerras entre tribus durante este período, en que los vencedores esclavizaban o incluso se comían a los perdedores. En el comienzo de la década de 1780 los maorís tuvieron encuentros con marineros de balleneros y tripulantes de navíos extranjeros. Ello expuso a la población indígena de Nueva Zelanda a influencias externas. En 1830 se estimaba que el número de europeos viviendo entre los maorís era de cerca de 2.000. Los recién llegados eran prisioneros o gente que abandonaba la cultura europea y se identificaban con los maorís. Cuando Pomare comandó un destacamento de guerra contra Titore en 1838, tenía 132 mercenarios entre sus guerreros. Frederick Edward Maning, uno de los primeros colonos, escribió dos libros que se convertirán en clásicos de la literatura neozelandesa: Old New Zealand y la History of the War in the North of New Zealand against the Chief Heke. Durante este período, la adquisición de mosquetes por las tribus en contacto con los europeos desestabilizaron el equilibrio de poder antes existente entre las tribus maorís, comenzando un período de guerrilla sangrienta inter-tribal, conocida como guerras de los Mosquetes. Las guerras de los Mosquetes fueron una serie de batallas entre varios grupos de maoríes a principios del siglo XIX, primariamente en la Isla Norte en Nueva Zelanda. El conflicto estuvo directamente influenciado por la compra de mosquetes por distintos grupos de maoríes. Las tribus del norte, como las rivales Ngapuhi y Ngāti Whātua, fueron los primeros en obtener armas de fuego, provocando así gran cantidad de muertes en las tribus vecinas, que jamás habían visto tales armas.

 

La introducción de mosquetes supuso un cambio radical en las tácticas de guerra de los maoríes, provocando la continua modificación de las fronteras tribales y la adaptación de la economía tribal a la producción de cultivos para intercambiarlos por armas de fuego. En1830 las campañas militares de los maoríes neozelandeses se habían vuelto demasiado costosas, debido a la incapacidad económica de las tribus para sustentar al mismo tiempo a sus miembros y a la producción de bienes para el comercio con europeos. El conflicto terminó en 1842, con la firma del Tratado de Waitangi. Fuerzas europeas, constituidas por ejército, colonos, marineros y fugitivos, también mataron un gran número de maorís durante este período. El número exacto es desconocido, pero las estimativas varían entre 10% y 50%, además de la captura de esclavos y mujeres por parte de los blancos. Ante la creciente actividad misionera europea y la colonización durante la década de 1830, sumadas a la falta de leyes en la colonia, la corona inglesa, potencia mundial de la época, fue presionada para impedir el exterminio de los maorís. Así pues, a raíz de la intervención británica, Nueva Zelanda se convirtió en colonia británica mediante la firma del Tratado de Waitangi en 1840. Hasta el día de hoy, este tratado está siendo discutido y permanece como el origen de divisiones y resentimientos para muchos. En 1861, el descubrimiento de yacimientos auríferos en territorios que el tratado aceptaba como maoríes, significó una nuevo ataque a los derechos de los aborígenes, quienes respondieron con una heroica resistencia llamada Guerra Maorí. La conquista europea redujo bastante la población nativa. Si para 1840 se estimaba en 100.000 nativos y 2.000 blancos en las islas, en 1896 se contaron 42.000 nativos y más de 700.000 colonos. A diferencia de los australianos, que por diversas razones han ido perdiendo las tradiciones de la madre patria, los neozelandeses han modificado muy poco sus costumbres de ingleses trasplantados al hemisferio austral. Asimismo, a principios del siglo XX, se produjo un notable fenómeno de urbanización, ya que se formaron muchas ciudades de tamaño mediano, pobladas por unos miles de habitantes, en las que la vida se centraba sobre una calle principal con grandes almacenes. Caracteres menos provincianos tienen las cuatro ciudades con funciones de polos regionales de ambas islas. Desde el punto de vista del urbanismo son semejantes a las ciudades europeas, sobre todo inglesas, con un centro directivo y comercial, formado por edificios de estilos diversos que albergan bancos, oficinas, comercios y salas de cine, en torno al cual se extienden los barrios residenciales, compuestos con frecuencia por casas de madera, cubiertas por planchas onduladas, con un pequeño jardín en la parte delantera de la casa. Las casas están repartidas por calles tranquilas y arboladas, donde la familia se supone encuentra su intimidad.

 

Los maoríes actuales, como la mayoría de pueblos polinesios en la actualidad, son cristianos, profesando diferentes confesiones protestantes. Pero originariamente era un pueblo de guerreros con religiones animistas y chamanicas que practicaban el canibalismo. El animismo (‘alma’) es un concepto que engloba diversas creencias en las que tanto objetos como cualquier elemento del mundo natural, como montañas, ríos, plantas, animales, árboles, etc., están dotados de alma o consciencia propia. Según Juan Ruiz Naupari, en su obra Chamanismo esencial: “El chamanismo antiguamente fue practicado por una élite sacerdotal y lo que conocemos como chamanismo, sobre todo en Perú, después de quinientos años, no es el chamanismo auténtico, porque este chamanismo está desprovisto de lo que es el trabajo de autodescubrimiento. Podríamos decir que el chamanismo que se practica ahora es como la medicina oficial, donde el paciente va al médico para que le solucione el problema y el doctor intenta solucionarle su afección a través de unas sustancias químicas sin llegar a la esencia de la enfermedad”. Y, en opinión de Michael Harner, en su obra ¿Qué es un chamán?: “El chamanismo es un modo disciplinado de obtener ayuda y conocimientos, basado en la premisa de que no tenemos necesidad de limitarnos a operar en una realidad, una dimensión, cuando necesitamos ayuda. Existe otra realidad que nos puede prestar ayuda en la vida, una realidad llena de belleza y armonía, dispuesta a ofrecernos el mismo tipo de sabiduría sobre el que leemos en los escritos de los grandes místicos y profetas. Lo único que debemos hacer es mantener la mente libre de prejuicios y realizar el esfuerzo para seguir la senda del chamán”. El chamanismo se basa en la premisa de que el mundo visible está dominado por fuerzas o espíritus invisibles que afectan las vidas de los vivientes. A diferencia de las religiones organizadas como el animismo, que están lideradas por párrocos y que todos los miembros de una sociedad practican, el chamanismo requiere conocimientos individualizados y capacidades especiales. Los chamanes actúan fuera de religiones asentadas, y, tradicionalmente, actúan solos. Los chamanes pueden juntarse en asociaciones, como han hecho los practicantes tántricos.

Después de la llegada de los europeos, los maoríes vieron restringirse su territorio hasta quedar concentrados en reservas como las de Te Ika, en Maui (isla del norte). Poco a poco se han ido convirtiendo en campesinos y ganaderos, que viven como los europeos en pequeñas factorías madereras, con tendencia a desarrollar una economía de carácter individual, al contrario del sistema comunitario de otro tiempo. Sus esculturas tradicionales han desaparecido y su espíritu artístico parece haber muerto para siempre. La atracción de las ciudades es muy grande, por lo que muchos abandonan su tierra y su tribu para integrarse, incluso en condiciones poco favorables, en las grandes urbes. La organización social tradicional maorí era aristocrática. La población se dividía en grandes tribus independientes entre sí, cuyos antepasados respectivos eran los míticos navegantes de la gran migración oceánica. Cada tribu, que llevaba el nombre de una de las canoas de la flota, como arawa, aotea, matatua, tainui, etc., se dividía en tribus secundarias, a su vez repartidas en familias, hapu. Después de una primera etapa como cazadores de las aves moas, acabaron con los los recursos, por lo que la población de las islas se hizo demasiado grande para una sociedad cazadora recolectora. Por ello evolucionaron hasta formar una sociedad agrícola con distintos poblados fortificados independientes entre sí. El descendiente de una larga lista de nobles antepasados era el jefe de la tribu, el ariki rangi, es decir el representante del cielo (rangi). Su importancia y prestigio dependían de la antigüedad de su árbol genealógico. Después del ariki venían los tohunga, los sacerdotes, quienes por la cantidad de mansiones que les eran confiadas, se convertían en los personajes más influyentes de la sociedad. Esto parece ser común a todo tipo de sociedades. Les correspondía prever los destinos de la tribu, alejar los tapu (tabú), defender de los sortilegios, purificar a los niños, ocuparse de las honras fúnebres. Además, eran astrólogos, botánicos, poetas, historiadores y preceptores de los jóvenes jefes y de los hijos de los nobles que formaban la clase media, compuesta sobre todo por los guerreros. Por fin, últimos entre los últimos estaban los esclavos, considerados como objetos de los que cada uno podía disponer a su capricho. A pesar de esta estructuración tan precisa de poderes y deberes, la autoridad de los jefes no era muy grande. En efecto, para asuntos importantes que afectaban a toda la tribu, el ariki debía ser consultado siempre, pero sus decisiones no eran observadas necesariamente. Sólo si poseía una fuerte personalidad, y si era apoyado por la influencia mística de algunos sacerdotes, un jefe lograba ejercer una auténtica aristocracia.

 

El nacimiento y el matrimonio tenían gran importancia entre los maoríes. Al recién nacido se le consideraba impuro, pues estaba poseído por el tapu de la madre, y sólo el sacerdote podía liberarlo, en una ceremonia en la que a veces se le imponía al mismo tiempo el nombre. Para casarse, los maoríes no hacían tanta ceremonia como para los motivos o celebraciones más simples. Desde el momento en el que una mujer se quedaba a dormir una noche con el hombre de su gusto, la unión quedaba formalizada ante la tribu. No ocurría lo mismo si era el hombre el que iba a casa de la mujer. Los maoríes eran guerreros en constante alerta, pues en las aldeas el estado de guerra no se interrumpía prácticamente y el factor sorpresa desempeñaba un papel importante en la victoria. Cuando una expedición iba al combate, el sacerdote debía hacer sus presagios. Para ello plantaba en el suelo tantos palos como eran los jefes y los mejores guerreros. Y por el número de los abatidos por la brisa nocturna se predecía la suerte de la expedición. Otra ceremonia previa al combate era el rapado de la cabeza. En cuanto al armamento, éste no podía ser más simple, pero al mismo tiempo perfecto en su funcionalidad mortífera. El instrumento de lucha más común era una especie de maza corta en forma de espátula, con los bordes y la punta muy afilados. La más apreciada era de jade verde y se llamaba meré. Otra arma muy usada era el taiaha, o hani, una especie de venablo fabricado con madera dura y teniendo cerca de un metro y medio de longitud total. En 1809, los 66 pasajeros y la tripulación del barco The Boyd fueron muertos y comidos por maoríes en la península de Whangaroa, en la isla Norte. Esto fue una venganza por el azotamiento con látigo de un maorí que rehusó trabajar en el barco durante el viaje desde Australia. El hecho permanece como la mayor matanza en la historia de Nueva Zelanda. El moko es el tatuaje facial tradicional con el cual el maorí se distinguía y marcaba el clan al que pertenecía. El guerrero utilizaba el moko para contar su propia historia: Cada signo indica un logro distinto en su historia personal propia. La mujer portaba el signo tradicional sobre el mentón para indicar que estaba ligada a un guerrero.

 

Poco después de la llegada de los europeos, la historia y leyendas maoríes se transmitían de manera oral, se complementaron con los relatos escritos por los primeros viajeros, como los del capitán James Cook, quién visitó el país en 1769, en donde perdió algunos de sus hombres en una pelea con los maoríes. Durante los cien primeros años de asentamientos europeos (de 1820 a 1920), los textos más importantes eran los correspondientes a los relatos verídicos que hablaban de la vida de los pioneros, como lo es el caso del primer año del asentamiento de Canterbury (1863), por parte del novelista inglés Samuel Butler. Sólo unos pocos colonos fueron capaces de plasmar con propia voz la preocupación general por la tradición cultural de la época. Entre ellos destacan los novelistas William Satchell y Jane Mander, y los poetas R.A.K. Manson y Blanche Edith Baughan. Aunque fue Katherine Mansfield, coetánea a todos ellos, quién ganó la atención de los lectores sobre las peculiaridades de Nueva Zelanda. La mayor parte de la rica tradición oral del pueblo maorí la recogieron los eruditos europeos a finales del siglo XIX, conscientes de que este pueblo estaba abocado a la desaparición, como resultado de las guerras y enfermedades traídas del exterior. Algunas de las leyendas más importantes fueron publicadas entonces, y de la misma forma se cuenta la historia de los maoríes sobre el dios hombre que pescó la isla Norte del mar. Todas ellas entraron a formar parte de la consciencia nacional. Casi todo el material literario quedó agrupado en las bibliotecas y se consideró un emblema del archivo histórico. La contribución maorí al desarrollo de la principal corriente literaria de la Nueva Zelanda poscolonial, no fue muy significativa hasta mediados de la década de 1960. Jaqueline Sturn, en 1966, fue la primera escritora maorí que apareció en la antología de escritores neozelandeses. Dos años antes, el gran poeta Hone Tuwhare había publicado su primera colección, Un sol poco común. El éxito de los novelistas Witi Ihimaera y Patricia Grace durante la década de 1970, fue la confirmación a lo que los escritores maoríes ya se habían establecido por sí mismos en la línea del género literario moderno. Keri Hulmes fue probablemente el escritor maorí más conocido fuera del país. Su novela El pueblo hueso ganó el premio Booker de la Academia Británica de las Letras en 1985. Hoy en día, la música maorí es principalmente vocal. Aparte de cantos de guerra, también se cantan historias de amor y nanas. Los instrumentos están construidos con madera, hueso, piedra, conchas o caparazones de animales. Son principalmente de viento y de percusión. En la actualidad se han adoptado varios instrumentos modernos, como son la guitarra y el ukelele. Estos instrumentos provienen de la naturaleza y no han requerido mucha transformación.

 

La leyenda de Rongomai, de los maori de Nueva Zelanda, dice lo siguiente: “Hubo una guerra entre los antepasados de los Nga-Ti-Hau y otra tribu. La tribu enemiga se ocultó en un pa (poblado fortificado). Los sacerdotes de la tribu Nga- Ti-Hau elevaron sus preces al dios Rongomai en petición de ayuda, pues la tribu enemiga había robado un objeto sagrado. Hacia mediodía llegó Rongomai por los aires. Su aspecto era como el de una estrella fugaz o un cometa o una llama de fuego. Así voló hasta situarse directamente sobre el pa, y luego se dejó caer con rapidez sobre la maray (plaza del poblado). La tierra fue removida y esparcida en grandes cantidades, y había un ruido como de trueno. Los guerreros Nga-Ti-Hau saludaron con júbilo a su dios Rongomai, y ocuparon el país inmediatamente“. El mismo Zeus, después de cruenta lucha, debió compartir su poder con sus hermanos Poseidón y Hades. Su nombre significa dios de la luz. Homero (800 a.C.) lo describe como prepotente, que amontona las nubes, pendenciero que, sin ninguna clase de contemplaciones, elimina con rayos a los que osan interponérsele. El rayo como arma aparece también en las leyendas maoríes. Hablan de una rebelión que habría estallado en el cielo después que Tane estableció el orden en el mundo de las estrellas. La leyenda incluso cita por su nombre a los rebeldes que no estaban dispuestos a seguir a Tane. Entonces llegó Tane montado en un rayo, derrotó a los insurrectos y los precipitó sobre la Tierra, y desde entonces en la Tierra lucha hombre contra hombre, pueblo contra pueblo, animal contra animal, pez contra pez. El dios Hinuno de las leyendas de los indios Puyute de Norteamérica, no salió mejor librado: Después de haberse peleado con los dioses, fue expulsado del cielo. El marino de nuestros días sabe muy bien cuál es el destino de su viaje, dónde se encuentra y cuál es la ruta. Los primitivos polinesios carecían de todos estos conocimientos indispensables. Si llegaban a una isla, era por casualidad. Los antiguos habitantes de Nueva Zelandia, los maoríes, tienen una leyenda que invita a la reflexión. Hace muchos, muchísimos años, había un rey llamado Kupe quien emprendió una expedición en compañía de sus dos hijas y dos pájaros. Kupe descubrió la costa oriental de Nueva Zelandia, desembarcó y envió ambos pájaros en misión de reconocimiento. Uno de los pájaros recibió el encargo de medir el declive de los ríos y corrientes marinas. El otro, debía informar acerca de plantas y bayas desde el punto de vista de su utilidad como alimento para el hombre. El primer pájaro se rompió las alas mientras medía una caída de agua. Cojo, como estaba, ya no pudo volar más. El segundo pájaro, narra la leyenda maorí, habría hallado un tipo de baya tan exquisito que prefirió pasar el resto de su vida en el bosque: Kupe no lo vio nunca más. La consecuencia fue que el rey Kupe y sus hijas no pudieron regresar nunca más a su patria.

En todo caso, el rey Kupe conservaba aún la canoa en que había viajado, y contaba aún con sus dos hijas. A pesar de esto, el regreso se hacía imposible. ¿No podía prescindir de sus inteligentes pájaros para la navegación? Pero la leyenda más antigua de los maoríes es todavía mucho más curiosa. Según ella, Nueva Zelandia habría sido pescada de las olas del mar por el dios Maui. Según la leyenda, Maui habría tenido un pez en la caña; el pez se habría agitado violentamente lo que habría hecho montar en cólera al dios, quien habría descuartizado al pez, reduciéndolo a pequeños trozos. Y por eso Nueva Zelandia habría quedado tan desmembrada. Aún en la actualidad, los maoríes se refieren a la isla septentrional, Te Ika-A-Maui, como al pez de Maui, en tanto que la isla meridional (Stewart Island) la conocen como la canoa del dios. La península Mahia, Te Matau a Maui, es el anzuelo; la región de Wellington, Te Upoko O Te Ika, es la cabeza; la península de Nord Auckland, Te Hiku O Te Ika, es la cola del pez. Se trata de una leyenda que da mucho que pensar. En la época que pescaba el dios Maui aún no habían mapas. Sin embargo un vistazo al atlas basta para poner en evidencia la exactitud con que esta leyenda representa la forma de Nueva Zelandia: ahí está el pez parecido a una raya con su hocico abierto al sur, su larga cola al norte y con una aleta lateral en el anzuelo. Las leyendas acerca del poderoso e irascible Maui difieren de isla en isla, pero aparece siempre como un ser dotado de fuerza sobrehumana, y siempre como el «pescador de tierra» .Los mismos polinesios han sido pescadores desde tiempos inmemoriales, y siempre han tenido toda clase de frutos del mar en sus redes o en sus cañas. Seguramente más de una vez exageraron, pero siempre supieron que no se puede pescar tierra. Y, a pesar de esto, todas las leyendas de la isla lo afirman: el dios Maui era el «pescador de tierra». Tal vez los antiguos polinesios en la prehistoria podían volar y observar la tierra desde el aire. En cuanto al oscuro origen de las primeras civilizaciones que desembarcaron en Rapa Nui (Pascua), lingüistas, etnólogos, antropólogos y demás especialistas daban como muy probable el noroeste del océano Pacífico, en plena Polinesia. Y los más audaces apuntaban incluso hacia las islas Marquesas. Según estos investigadores, esos colonizadores polinésicos habrían tomado posesión de Pascua en una fecha relativamente cercana al siglo V de nuestra era.

 

La mítica patria de la que, al parecer, partió la primera expedición que se instaló en Rapa Nui recibe el nombre de Hiva. Y son las mismas leyendas las que apuntan las razones de esa arriesgada travesía del rey Hotu Matua, a la búsqueda de nuevas tierras. Hiva se hallaba amenazado por el mar. No sabemos si corría peligro de hundimiento o si sus costas eran víctimas de fenómenos que imposibilitaban la supervivencia de sus pobladores. Lo cierto es que según esa tradición, antes de emprender la marcha, “el espíritu del joven Haumaka viajó hasta una lejana isla que disponía de tres islotes y una gran cavidad en uno de sus extremos”. Y Hotu Matua, prudente y previsor, envió por delante a sus exploradores que, en efecto, encontraron la tierra misteriosamente visualizada por el súbdito del rey. Y bautizaron los tres islotes como Motu Nui, Motu Iti y Motu Kao Kao. Y la gran concavidad existente en la esquina sudoeste fue llamada Rano Kau. Y una vez explorada en su totalidad eligieron la paradisíaca playa de Anakena, al norte, como el lugar adecuado para el desembarco de su rey y de su pueblo. Y esa misma mitología heredada de generación en generación asegura que, en agradecimiento, los audaces exploradores quedaron inmortalizados en piedra. Y para ello fue levantado un ahu. Y sobre dicho altar, siete grandes estatuas o moais. Y ese ahu recibiría el nombre de Akivi. Pues bien, la totalidad de los pascuenses hablan siempre de Hiva como una “realidad incuestionable”. Para los rapa nui, Hiva formó parte de un gran continente, desaparecido en el mar. Unas tierras que se alzaban hacia el sudoeste y no en el norte (las Marquesas) como apuntan los arqueólogos y antropólogos. Y afirman también que Nueva Zelanda es la clave. La mitología pascuense establece que los siete gigantes de piedra del “ahu” Akivi, relativamente cercano a la costa oeste, guardan justamente el secreto del lugar donde se hallaba Hiva y del que partieron. “La mirada de estos moais está puesta en Hiva”. Los moais se hallan orientados hacia el oeste/sudoeste. Aquélla es la dirección que une Pascua con Nueva Zelanda. Otras leyendas sobre el no menos mítico continente de Mu guardan una estrecha relación con Hiva. Y Hotu Matua y los doscientos hombres, mujeres y niños que integraban aquella expedición descendieron en las cristalinas aguas de Anakena. Con el rey, además de su familia y los aristócratas, llegaron también los sabios o maoríes, los sacerdotes, los guerreros, y los artesanos, campesinos y pescadores. Y entre los personajes de alto rango, unos expertos en la escritura sagrada de Hiva. Y en sus manos un total de sesenta y nueve tablillas con los misteriosos signos rongo rongo, en las que según la leyenda se contenía la historia del audaz pueblo. Un pueblo que, a juzgar por sus obras y por lo que nos ha transmitido la tradición, poseía unos grandes conocimientos y poderes. Y de entre todos los enigmas que encierra la isla, fue el de la sabiduría de la civilización procedente de Hiva la que, sin duda, es más fascinante.

Fuente: Old Civilizations

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Publicado el 19/05/2017 en Despierta Cordoba. Añade a favoritos el enlace permanente. Comentarios desactivados en El Misterioso Origen de los Pueblos Polinesios.

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