Quién fue Hermes Trismegisto?

James Charles Kaelin, Jr. Webmaster & Digitizer EarthStation1 http://earthstation1.simplenet.com wandarer@earthlink.net

Hermes Trismegisto es el nombre griego de un personaje mítico que se asoció a un sincretismo del dios egipcio Dyehuty (Toth en griego) y el dios heleno Hermes, o bien al Abraham bíblico. Hermes Trismegisto significa en griego ‘Hermes, tres veces grande’. En latín es: Mercurius ter Maximus. Hermes Trismegisto es mencionado primordialmente en la literatura ocultista como el sabio egipcio, paralelo al dios Toth egipcio, que creó la alquimia y desarrolló un sistema de creencias metafísicas que hoy es conocida como hermética. Para algunos pensadores medievales, Hermes Trismegisto fue un profeta pagano que anunció el advenimiento del cristianismo. Se le han atribuido estudios de alquimia como la Tabla de esmeralda —que fue traducida del latín al inglés por Isaac Newton— y de filosofía, como el Corpus hermeticum. No obstante, debido a la carencia de evidencias contundentes sobre su existencia, el personaje histórico se ha ido construyendo ficticiamente desde la Edad Media hasta la actualidad, sobre todo a partir del resurgimiento del esoterismo. Fueron los griegos quienes  bautizaron como Hermes Trismegisto al dios Toth egipcio, el responsable del conocimiento; aquel que, según la tradición, explicó a los habitantes del Nilo que su país era una suerte de eco de las maravillas que contemplaban en su negra bóveda celeste. De hecho, una de las teorías más populares para explicar la orientación de las pirámides es que éstas imitaban, como las catedrales harían más tarde, la situación de ciertas estrellas del firmamento nocturno. Pero no la de unas estrellas cualesquiera, sino aquellas llamadas por sus milenarios textos religiosos El Duat. Bajo ese nombre se conoció en Egipto a los tres astros que integran el cinturón de Orión -nosotros las llamamos «las tres Marías»-. Los egipcios creían que eran la puerta simbólica por la que el faraón accedía a los reinos del más allá. Las pirámides, por tanto, fueron «modelos» en piedra de esa entrada; lugares de iniciación en los que el gobernante de Egipto se preparaba para el viaje más importante de su existencia: el de su muerte.

Édouard Schuré (1841-1929) es un escritor francés, nacido el 21 de enero de 1841 en Estrasburgo. Falleció en París el 7 de octubre de 1929. Es escritor, filósofo y musicólogo, autor de novelas, de piezas de teatro, de escritos históricos, poéticos y filosóficos. Se le conoce mundialmente sobre todo por su obra Los Grandes Iniciados, en la que me he basado para escribir este artículo. Nació en una familia protestante. Huérfano de madre a la edad de 5 años y de padre a la edad de 14 años, vivió a continuación con su profesor de Historia del instituto Jean Sturm hasta la edad de 20 años. Tras su bachillerato, Édouard Schuré se inscribe en la Facultad de Derecho para contentar a su abuelo materno que era el decano; pero esta disciplina lo aburre considerablemente, por lo que pasa la mayoría de las tardes en la Facultad de Letras con jóvenes estudiantes y artistas enamorados como él de la literatura y el arte. Entre ellos su amigo músico Victor Nessler y el historiador Rudolf Reuss. Tras terminar sus estudios de derecho, decide dedicarse a la poesía. En 1861, obtuvo sin embargo su licencia en derecho. Estudió a los filósofos con gran interés, particularmente Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, Schelling, Fichte, Schopenhauer y Nietzsche. Intuitivamente atraído por los misterios antiguos, leyó con gran intérés un libro que contiene una descripción detallada de los Misterios de Eleusis, lo que le causó una gran impresión.

A la muerte de su abuelo, heredó lo suficiente para vivir de sus posesiones e ingresos. Abandonó rápidamente el derecho y se trasladó a Alemania con el fin de escribir una historia de Lied que ya había emprendido bajo la dirección de uno sus profesores del instituo, Albert Grün, un refugiado político alemán que lo inició en la literatura alemana y en la filosofía de Hegel. Alsaciano, Edouard Schuré posee una doble cultura lo que le da un espíritu abierto e incluso universal que se ampliará aún más a raíz de su encuentro con Margarita Albana. En 1866, Schuré está aún en Berlín, frecuenta asiduamente los salones literarios que a ella le apasionan. El 18 de octubre de 1866, se casa con Mathilde Nessler (1866-1922) y el matrimonio se establece en París. Publica su Historia de Lied, lo que lo introduce en los círculos literarios. Se le recibe en los salones de la Condesa de Agoult, donde conoce a Renan, Michelet, Taine y Jules Ferry. Dirá de sí mismo, como lo destaca G. Jeanclaude en su obra sobre Schuré: “Tres grandes personalidades actuaron de una manera soberana sobre mi vida: Richard Wagner, Margarita Albana y Rudolf Steiner. Si pudiera investigar el misterio de estas tres personalidades y hacer la síntesis, habría solucionado el problema de mi vida“. Entre sus obras, podemos destacar: Historia del drama musical; Ricardo Wagner: sus obras y sus ideas; Los grandes iniciadosJesús: el último gran iniciado; Rama y Moisés: el ciclo ario y la misión de Israel; La Atlántida: Lemuria / Evolución planetaria / Origen del hombre; La Evolución Divina y los grandes iniciados.

En la Llamada a los iniciados, del Libro de los Muertos egipcio,  podemos leer: ¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu alma celeste. Sigue a ese divino guia, y que él sea tu Genio. Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras”.  Y en un fragmento del libro de Hermes podemos leer: “Escuchad en vosotros mismos y mirad en el Infinito del Espacio y del Tiempo. Allí se oye el canto de los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas. Cada sol es un pensamiento de Dios y cada planeta un modo de este pensamiento. Para conocer el pensamiento divino, ¡Oh, almas!, es para lo que bajáis y subís penosamente el camino de los siete planetas y de sus siete cielos. ¿Qué hacen los astros?. ¿Qué dicen los números?. ¿Qué ruedan las Esferas? ¡Oh, almas perdidas o salvadas!: ¡ellos dicen, ellos cantan, ellas ruedan, vuestros destinos!”. Según las creencias egipcias, los dioses habían gobernado en el Antiguo Egipto antes que los faraones, civilizándolos con sus enseñanzas. En ellas, el dios egipcio Toth era el dios de la sabiduría y el patrón de los magos. También era el guardián y escribiente de los registros que contenían el conocimiento de los Dioses. Clemente de Alejandría estimaba que los egipcios poseían cuarenta y dos escritos sagrados, que contenían todas las enseñanzas que poseían los sacerdotes egipcios. Más tarde, varias de las características de Toth se asociarían al Hermes de la mitología helenística, incluyendo la autoría de los «cuarenta y dos textos». Este sincretismo no fue practicado por los griegos, sino que en el primer o segundo siglo de la era cristiana, se le comenzó a llamar «Hermes Trismegisto» a esta fusión, probablemente por cristianos que tenían noticia de los textos egipcios. No obstante, en algún momento la ambigua noción de divinidad se transformó por la de un personaje histórico de los tiempos iniciales de la civilización occidental, al cual además se le atribuyeron otros escritos filosóficos.

Una de las obras prohibidas más legendarias es el “Libro de Toth“, un papiro o una serie de hojas de entre 10.000 y 20.000 años de antigüedad, copiada en secreto, la cual ya poseían los sacerdotes y faraones egipcios y al parecer contenía los secretos de diversos mundos y daba un enorme poder a sus poseedores. El libro, que alude los más diversos documentos históricos, confería poder sobre la tierra, el océano y los cuerpos celestes, y permitía desde interpretar los medios de los animales para comunicarse hasta obrar a distancia, según Bergier. La destrucción de este antiquísimo libro fue anunciada varias veces, incluso por la Inquisición, pero ha reaparecido varias veces a lo largo de la Historia y no se descarta que ahora esté en poder de algunos grupos, que posean y utilicen sus secretos.  Este compendio de conocimientos científicos, “nacido del fuego” pero considerado “incombustible“, se atribuye a Hermes Trismegisto, el fundador de la alquimia y uno de los padres del saber hermético. El Libro de Toth jamás ha sido visto impreso o reproducido, y se ignora la forma en que podía consultarse. Según Jacques Bergier, en la lista de presuntos textos condenados -algunos provenientes de civilizaciones desaparecidas- también figura el Manuscrito Mathers, que originó una de las sociedades esotéricas secretas más famosas de la historia, la Golden Dawn (“El Alba Dorada“). Antoine Faivre ha señalado que Hermes Trismegisto tiene un lugar en la tradición islámica, aunque el nombre de Hermes no aparece en el Corán. Hagiógrafos y cronistas de los primeros siglos de la Hégira islámica identificaron a Hermes Trismegisto con Idris, el nabi de las suras 19, 57, 21, 85, a quien los árabes también identifican con Enoc. Según Antoine Faivre, a Idris-Hermes se le llama Hermes Trismegisto porque fue triple: el primero, comparable a Toth, era un «héroe civilizador», un iniciador en los misterios de la ciencia divina y la sabiduría que anima el mundo, que grabó los principios de esta ciencia sagrada en jeroglíficos. El segundo Hermes, el de Babilonia, fue el iniciador de Pitágoras. El tercer Hermes fue el primer maestro de la alquimia. «Un profeta sin rostro», escribe el islamista Pierre Lory, «Hermes no posee características concretas, o diferentes a este respecto de la mayoría de las grandes figuras de la Biblia y el Corán».

El Libro de Toth, un libro legendario y tan misterioso del que no se tiene certeza de su existencia, comienza a ser mencionado insistentemente a partir del siglo V d.C. Resulta curioso saber que aquellos alquimistas de la época que afirmaban poseer este libro sufrieron accidentes misteriosos. Otro dato curioso en torno al libro de Toth es que algunas personas estudiosas afirman que el saber guardado en sus páginas ha llegado hasta nuestros días en lo que se conoce comúnmente como el Tarot , una baraja compuesta de 78 tarjetas que apareció alrededor del año 1100 de nuestra era.  Pero, ¿qué es el libro de Toth? Responder esta pregunta no es sencillo, pues aunque se tienen muchos detalles y a lo largo de la historia humana han aparecido numerosos relatos que aluden a este manuscrito, es imposible tener un dato que resulte certero y nadie hasta ahora ha ofrecido pruebas contundentes de la existencia de este libro. Sin embargo, podemos proporcionar algunas pistas que nos permitan saber qué es este libro y por qué ha sido tan importante: La creación de este manuscrito se remonta a la antigua cultura egipcia, algunos afirman que es incluso previo a los egipcios, aproximadamente unos 10000 o 20000 años antes de nuestra era. se dice que fue obra de Toth, un escribano egipcio que alcanzó tal nivel de conocimiento que se convirtió en el dios de la sabiduría, gobernó sobre todos los dioses egipcios e inventó la escritura. Por tal motivo se le representaba como un ser humano con cabeza de ibis, con una pluma de caña en una mano y en la otra una paleta con la tinta que utilizaba para escribir sobre el pergamino.

Toth, o Tot, plasmó, en los cerca de 20000 volúmenes que componen el libro, todos sus conocimientos, fórmulas mágicas para poder hablar con los animales, resucitar a los muertos, controlar cualquier fenómeno de la naturaleza y, en general, todo aquél que lo poseyese tendría un poder ilimitado. Es de esperar que un libro con tal conocimiento representara un riesgo para todo aquél que lo poseyera. Por ejemplo, en el Papiro de Turis encontramos la primer referencia al Libro de Toth y en él se relata que el libro fue quemado cuando se descubrió una conspiración en contra del faraón. Seguramente existían más copias del manuscrito y, de alguna forma, una de ellas llegó a manos del faraón Ramsés II, e incluso hay quienes afirman que éste no tenía sólo una copia, sino que poseía el original que había escrito Toth. Cualquiera que fuera la realidad, al morir Ramsés, el libro pasó a propiedad de su hijo Kanuas quien, al darse cuenta de los secretos que el libro contenía, se asustó, o quizás se sintió amenazado, y lo mandó tirar al fuego. Algunas copias del libro sobrevinieron y volvemos a encontrar numerosas referencias a este libro en distintas épocas. Pero son los alquimistas quizá los que más hayan sacado provecho del Libro de Toth y más de uno aseguraba poseer una copia. Como dato curioso, todos aquellos que supuestamente tenían el libro sufrían accidentes o muertes extrañas.

Además, no es difícil suponer que durante la Edad Media la posesión del libro haya sido motivo de persecución, condena y muerte. Y el libro, por supuesto, quemado. Pero aquí no acaba el legendario Libro de Toth. Entre las menciones más recientes encontramos la del científico Antoine Curt de Gébelin, quien, entre 1773 y1783, escribió los nueve volúmenes que comprenden la obra Le monde primitif,  y donde da extrañas referencias de haber tenido contacto con un libro antiguo que contenía una gran cantidad de saberes ocultos. Gébelin afirmaba además que la baraja del Tarot no es otra cosa más que un juego de cartas donde se resume el Libro de Toth. Como podemos ver, a pesar de que existe un sinfín de referencias y cosas sorprendentes en relación a este libro, hasta ahora no ha sido posible confirmar su existencia. Y aunque el Tarot ha estado sujeto a una serie de estudios, tampoco ha sido posible determinar la veracidad de las palabras de Gébelin. Lo único que se puede afirmar es que el Libro de Toth está rodeado de un aura de misterio que quizá nadie podrá desentrañar mientras no se encuentre al menos una copia del mismo. Pero, según Bergier, el mayor “éxito” de los “hombres de negro” ha sido la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, iniciada por Julio César, en el año 47 antes de Cristo a.C., continuada por el emperador Diocleciano en el 285 y finalizada en el año 646 por los árabes, que la destruyeron hasta sus cimientos. Este edificio monumental, fundado en el 297 a.C. por Demetrio de Falera y que contaba con departamentos de Ciencias Naturales y Matemáticas, contenía unos setecientos mil documentos, de los cuales casi ninguno ha sobrevivido y entre los que al parecer se encontraban los secretos de la transmutación del oro y la plata.

En Mesoamérica fue Quetzalcoatl, la ‘Serpiente Emplumada’, el que les dio la civilización. Y, todo parece indicar que se trataba del dios egipcio Toth (Ningishzidda para los sumerios), el hijo de Enki, quién, en 3113 a.C. trajo a sus seguidores africanos para fundar la civilización en Mesoamérica. Aunque el tiempo de su partida no ha sido especificado, tuvo que coincidir con la desaparición de sus seguidores africanos, los Olmecas, y el simultáneo nacimiento de los mayas, hacia el 600 a.C. La leyenda dominante en Mesoamérica era su promesa de retornar en el aniversario de su Número Secreto 52. Y así fue que, a mediados del primer milenio a.C., la Humanidad se encontró sin sus venerados dioses.  Y la pregunta fue: ¿cuándo volverán?  La Humanidad se agarraba de la esperanza del Retorno y buscó un Mesías. Los Profetas prometieron que ello sucedería en el Fin de los Días. La destrucción de la Biblioteca alejandrina eliminó los manuscritos del historiador y astrólogo Beroso, quien inventó el cuadrante solar semicircular y concibió una teoría sobre el conflicto entre los rayos del Sol y la Luna, la cual anticipaba las modernas investigaciones sobre la interferencia de la luz. Entre los manuscritos destruidos figuraban obras de Pitágoras, Salomón y Hermes, parte de las cuales estarían en bóvedas secretas de las pirámides egipcias, según se afirma. Entre los textos quemados en Alejandría, también figuran los de una enigmática civilización (seguramente la Atlante) que precedió al antiguo Egipto conocido, y otros textos demasiado “peligrosos” para ser divulgados.

En Alejandría también estaban las obras de Manethón, un sabio que conocía los secretos del antiguo Egipto, y del escritor fenicio Mocus, a quien se atribuye la invención de la teoría atómica. Con la destrucción, a lo largo de los siglos, de otras grandes bibliotecas como las de Constantinopla, la de los Califas de El Cairo, la Islámica de Trípoli, en Libia, o de los Califas de Córdoba, situada en España, se han perdido cientos de miles de obras y datos científicos, que seguramente hubieran modificado nuestra vida y visión del mundo.  Otro sabio presuntamente censurado por los “hombres de negro” fue el abad Tritemo, nacido en Alemania en 1462 y muerto en 1516, quien reunió en el monasterio de San Martín la mayor biblioteca de su país y efectuó unas investigaciones, que intentó divulgar en otro de los grandes libros malditos: la Esteganografía, del que sólo sobrevive un manuscrito incompleto. El rey Felipe II ordenó destruir la misteriosa obra, mezcla de lingüística, matemáticas, cábala judía y parapsicología, que informaba sobre un método para hipnotizar a distancia, por telepatía, con la ayuda de ciertas manipulaciones del lenguaje. La primera edición de lo que quedaba de la Esteganografía se publicó en 1610, pero aún expurgada, el Santo Oficio prohibió hasta 1930 la difusión de este texto, donde se exponen una serie de escrituras secretas, cuyo empleo requería el uso de aparatos no muy diferentes de la radio actual, ¡pero en el siglo XVII!.  Tritemo, que predijo en su libro la declaración de Balfour sobre la creación del Estado de Israel, también publicó en 1515 una historia cíclica de la Humanidad, que, según Bergier, recuerda tanto la tradición hindú como algunas teorías científicas modernas.

Siegfried Morenz ha sugerido en Religión de Egipto: «La referencia a la autoría de Toth […] se basa en la antigua tradición, y la cifra de cuarenta y dos probablemente se debe al número de nomos de Egipto, y, por tanto, pretende transmitir el concepto de integridad». Platón, en Timeo y Critias comentó que en el templo de la diosa Neit en Sais, había salas que contenían registros históricos secretos de sus doctrinas que tenían una antigüedad de 9000 años. A la identificación entre Toth y Hermes en la figura de Hermes Trismegisto ha de añadirse otra posterior, de carácter esotérico, por la cual Hermes Trismegisto es también Abraham, el patriarca hebreo, que habría comenzado dos tradiciones: una solar o pública, recogida en el Antiguo Testamento, y otra privada, trasmitida de maestro a discípulo, accesible en el Corpus hermeticum. La llamada «literatura hermética» es, en cierto modo, un conjunto de papiros que contenían hechizos y procedimientos de inducción mágica. Por ejemplo, en el diálogo llamado Asclepio, el dios griego de la medicina, se describe el arte de atrapar las almas de los demonios en estatuas, con la ayuda de hierbas, piedras preciosas y aromas, de tal modo que la estatua pudiera hablar y profetizar. En otros papiros, existen varias recetas para la construcción de este tipo de imágenes y detalladas explicaciones acerca de cómo animarlas o dotarlas de alma, ahuecándolas para poder introducir en ellas un nombre grabado en una hoja de oro, momento esencial del proceso.

No obstante, no se queda ahí la literatura atribuida a ésta figura mitológica. Los escritos herméticos en general, dan cuenta de un determinado enfoque acerca de las leyes del universo. En el Asclepio se nos habla constantemente de Dios, a quien se llama “El Todo Bueno“, para describirnos las leyes del Universo. Por ejemplo, en el pasaje número veinte del Asclepio, Dios es expresado como la inconcebible Unidad que constituye el Universo. Una unidad, cuya característica esencial es que posee naturaleza masculina y femenina al mismo tiempo. Ésta característica se la otorgará Dios a su vez, por reflejo, a todas sus criaturas. En el Asclepio, como decíamos, la figura de Dios no tiene la consideración de quien ha hecho todas las cosas, sino que Dios mismo “es” todas las cosas. Todos los seres vivos, todo lo material e inmaterial, son para Hermes, partes que actúan dentro de Dios. Pero sólo los humanos somos un reflejo exacto de Dios, el Todo Bueno. En este punto deseo hacer una aclaración importante, que también he expresado en otros artículos: Lo que parecen indicar las tablillas sumerias, el Génesis (derivado de estas tablillas) y otras evidencias, es que se produjo la creación del Homo Sapiens por parte de unos seres venidos de otro planeta, mediante la manipulación genética, algo que hoy en día ya empezamos a estar en condiciones de hacer y comprender (ver los distintos artículos sobre Sumer). Sin embargo, esto no contradice ni la teoría de la evolución ni la idea de que hay un creador inicial de todo lo existente, a lo que se le suele llamar Dios. Pero parece que los dioses (en realidad no se habla de un único “dios”) bíblico no son este creador inicial, sino “solo” los creadores del Homo Sapiens.

A este respecto deseo hacer referencia a la siguiente frase de D. T. Suzuki, que fue un maestro y divulgador japonés del Budismo, del Zen y del Shin: El significado del Avatamsaka y de su filosofía será incomprensible a menos que experimentemos un estado de completa disolución, donde no exista dife­renciación entre la mente y el cuerpo, entre el sujeto y el objeto. Entonces miramos alrededor y vemos eso, que cada objeto está relacionado con todos los demás objetos, no sólo espacialmente, sino temporalmen­te. Experimentamos que no hay espacio sin tiempo, que no hay tiempo sin espacio; que se interpenetran.” . A lo mejor esto es lo que representa (de una manera parcial, como no podría ser de otra manera) al Todo que llamamos Dios creador. También nos habla Hermes del Tiempo. De acuerdo con el Asclepio, parágrafo 27, “el Mundo es el receptáculo del Tiempo, que mantiene la vida en su correr y agitar”. El Tiempo por su lado respeta el Orden. Y el Orden y el Tiempo provocan, por transformación, la renovación de todas las cosas que hay en el Mundo. Recordemos que en esta obra, el propio Hermes aparece como un personaje, que dialoga con Asclepio, siendo así que la conversación se sitúa en el antiguo Egipto. Como curiosidad, añadiremos que en el Asclepio habla Hermes de dioses que están en la Tierra. Al preguntarle Asclepio a Hermes dónde están tales dioses, Hermes le responde que en una montaña de Libia y acto seguido le cambia el tema. Esos dioses se irán finalmente, y dejarán a la humanidad desasistida. Entre los tratados atribuidos a Hermes Trismegisto destaca el Corpus hermeticum. Se le atribuye también la redacción de la Tabla de esmeralda, que fue considerado por los alquimistas el libro fundacional de la alquimia. Otras de sus obras más destacadas serían el Poimandres, el Kybalión (en el cual se expresan de forma sintética las leyes del Universo), ciertos libros de poemas y el Libro para salir al día, también conocido como «Libro de los muertos», por haberse encontrado ejemplares de él dentro de los sarcófagos de algunos destacados egipcios.

Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, a trabajos admirables, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre páginas de piedra. Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetrar en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de sus sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.  Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Nínive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora, como Asiria, y no difiere de ésta más que en que aquélla duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiria la monarquía aplastó al sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplinó a los reyes, no abdicó jamás ni aun en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre a la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo?. Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese hecho esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia.

Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiria y Egipto procede de que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que el pueblo egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica más fuerte que todas las revoluciones. Desde la época aria, a través del período turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años, Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastrar sus aluviones sobre ciudades enteras. La invasión fenicia pudo inundar el país y ser expulsada de él. En medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, Egipto guardó oculto el viejo fondo de su teogonía y su organización sacerdotal.  Ésta resistió a los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. Judea, Grecia, Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero, ¿De dónde extrajeron sus ideas madres, sino de la reserva orgánica del viejo Egipto?. Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas: la una por su austero monoteísmo, la otra por su politeísmo deslumbrador. Pero, ¿Dónde se moldeó su genio?. ¿Dónde encontró el uno la fuerza, la energía, la audacia de refundir un pueblo salvaje como se refunde el bronce en un horno, y dónde encontró el otro la magia de hacer hablar a los dioses como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados?. — En los templos de Osiris, en la antigua Thebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.

Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El río crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo sus ondas el horizonte de sus orillas. Pero, en pie sobre sus mesetas graníticas, bajo el sol que ciega, los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdote egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de su ciencia. En aquellas criptas y en aquellas pirámides se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la Palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo. La verdad es inmutable en sí misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de moradas como de formas y sus revelaciones son intermitentes. “La Luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asklepios: “¡Oh Egipto, Egipto!, sólo quedarán de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durará de ti más que palabras grabadas en piedras”. Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades. Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los Hicsos.

Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remonta a la antiquísima raza roja. En una inscripción de la cuarta dinastía, se habla de la esfinge como de un monumento cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, y que había sido encontrado fortuitamente en el reinado de aquel príncipe, enterrado bajo la arena del desierto, donde estaba olvidado después de muchas generaciones. Y la cuarta dinastía nos lleva a unos 4000 años antes de Cristo. Júzguese por ese dato cuál será la antigüedad de la Esfinge. La esfinge colosal de Gizeh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta, formado más tarde por los aluviones del Nilo, no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre su colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La esfinge, esa primera creación del Egipto, se ha convertido en su símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águila a los costados. Es la Isis terrestre, la Naturaleza en la unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y señalaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre están también encerrados los cuatro animales de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, base de la ciencia oculta. Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en sí mismos y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque, antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en sí todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza. La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Gizeh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.

Isis (del griego antiguo Ίσις) es el nombre griego de una diosa de la mitología egipcia. Su nombre egipcio era Ast, que significa trono, representado por el jeroglífico que portaba sobre su cabeza. Fue denominada “Gran maga“, “Gran diosa madre“, “Reina de los dioses“, “Fuerza fecundadora de la naturaleza“, “Diosa de la maternidad y del nacimiento“. Isis era representada como mujer con el jeroglífico del “tronoAst sobre su cabeza. Otras veces está sentada, ostentando un tocado con el disco solar, por ser hija de Ra, el dios Solar. Podemos verla igualmente con alas de milano, abriendo sus brazos para bendecir a sus devotos e hijos, simbolizando su maternidad; con forma de diosa árbol, amamantando al faraón. En su versión antropomorfa, Isis era representada como una mujer que llevaba un ajustado vestido, coronada con el “trono” anteriormente descrito. A comienzos de la dinastía XVIII y en el período tardío, es representada con: Cuernos y un disco solar entre ellos, al modo de la diosa Hathor, por tanto, atributos tomados de esta última diosa; Sistro y menat, símbolos de la diosa Hathor; Anj (ankh) y cetro papiriforme que suele llevar en sus manos; Tocado en forma de buitre, atributo de las diosas celestes. Antes de ser mostrada con este tocado de buitre, portaba una corona en forma de trono real; Tyet (nudo de Isis), un símbolo de protección y fertilidad.

En la cosmogonía heliopolitana sus padres eran Geb y Nut. Era más prominente mitológicamente como la esposa y hermana de Osiris y la madre de Horus y fue venerada como la esposa y la madre arquetípica. Plutarco escribió un relato narrando su historia: Osiris, hermano y esposo de Isis, reinaba en el antiguo Egipto con paz, armonía y sabiduría. El Nilo fertilizaba la tierra y las cosechas eran abundantes. Sus súbditos eran felices. Un día, Osiris salió de viaje para conocer otras civilizaciones y dejó el reino bajo el mando de su esposa Isis. Seth, su envidioso hermano, se sintió humillado pues creía que él debería gobernar y no Isis. Cuando el dios Osiris volvió, Seth quiso hacer una gran fiesta de bienvenida y lanzó un desafío a los invitados: aquél que entrase en el cofre que Seth había traído, éste se lo regalaba como prueba de fidelidad y respeto. Muchos intentaron pero el cofre resultaba pequeño o grande. Osiris, curioso, quiso probar y le encajó perfectamente bien. Seth sabía el tamaño del hermano y era por esto que el cofre le había servido como un guante. Inmediatamente el hermano, junto con 72 cómplices, cerraron la caja de metal herméticamente y la arrojaron al Nilo. Isis, con amor y confianza, empezó su travesía para recuperar el cuerpo de su esposo. Después de largas y penosas caminatas por Egipto, la diosa encontró el cofre con los restos de Osiris. Pero el drama continuó cuando Seth, en su maldad sin fin, robó el cadáver y lo cortó en catorce pedazos que, nuevamente, esparció por todo el reino. Isis no se rindió y, en compañía de su hermana Neftis, la esposa de Seth, recorrió cada lugar del reino. Finalmente consiguieron encontrar todos los pedazos con excepción del pene. Sin embargo, Isis reconstruyó a Osiris ayudada por Anubis y Neftis, e impregnada de él concibió a Horus niño “Harpócrates“, quien posteriormente vengaría a su padre luchando contra Seth.

La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación de mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha, pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto. Como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas. Como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos. En una palabra, Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía existía ya. La ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos.

Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fíat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia. Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos — dice a su discípulo Asklepios — puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo: Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte”. Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas.

Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente. “La teología sabia, esotérica — dice M. Maspéro — es monoteísta desde los tiempos del antiguo Imperio. La afirmación de la unidad fundamental del ser divino, se lee expresada en términos formales y de una gran energía en los textos que se remontan a aquella época. Dios es el Uno único, el que existe por esencia, el solo que vive en substancia, el solo generador en el cielo y en la tierra que no haya sido engendrado. A la vez Padre, Madre e Hijo, él engendra, concibe y es perpetuamente; y esas tres personas, lejos de dividir la unidad de la naturaleza divina, concurren a su infinita perfección. Sus atributos son: la inmensidad, la eternidad, la independencia, la voluntad todopoderosa, la bondad sin límites. Él crea sus propios miembros que son los dioses, dicen los viejos textos. Cada uno de esos dioses secundarios, considerados como idénticos al Dios Uno, puede formar un tipo nuevo de donde emanan a su vez, y por el mismo procedimiento, otros tipos inferiores”. El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”. Se puede, en rigor, aislar la historia política de los pueblos, mas no así su historia religiosa.

Las religiones de la Asiria, Egipto, Judea y Grecia no se comprenden más que cuando se vislumbra su punto de unión con la antigua religión indoaria. Tomadas aparte, son otros tantos enigmas y charadas; vistas en conjunto y desde arriba, con una soberbia evolución donde se domina y se explica recíprocamente. En una palabra, la historia de una religión será siempre estrecha, supersticiosa y falsa. Sólo hay verdad en la historia religiosa de la humanidad. Desde tal altura no se sienten más que las corrientes que dan la vuelta al globo. El pueblo egipcio, el más independiente y el más cerrado de todos a las influencias exteriores, no pudo substraerse a esta ley universal. Cinco mil años antes de nuestra era, la luz de Rama, encendida en el Irán, irradió sobre el Egipto y vino a ser la ley de Ammón-Rá, el dios solar de Thebas.  Esa constitución le permitió desafiar tantas revoluciones. Menes fue el primer rey de justicia, el primer faraón ejecutor de aquella ley. Él se guardó bien de arrebatar al Egipto su antigua teología, que era la suya también, y no hizo más que confirmarla y ensancharla, añadiéndole una organización social nueva: el sacerdocio, es decir, la enseñanza, en un primer consejo; la justicia en otro; el gobierno en los dos; la monarquía concebida como delegada y sometida a su fiscalización; la independencia relativa de los nomos o municipalidades, como base de la sociedad. Es lo que podemos llamar el gobierno de los iniciados. Tenía por clave de bóveda una síntesis de las ciencias conocidas bajo el nombre de Osiris (O-Sir-Is), el señor intelectual. La gran pirámide es un símbolo y su gnomon matemático. El faraón que recibía su nombre de iniciación en el templo, que ejercía el arte sacerdotal y real sobre el trono, era, pues, un personaje bien distinto del déspota asirio, cuyo poder arbitrario estaba cimentado sobre el crimen y la sangre. El faraón era el iniciado coronado, o por lo menos, el discípulo y el instrumento de los iniciados. Durante siglos, los faraones defenderán, contra el Asia despótica y contra la Europa anárquica, la ley del Morueco, que representaba entonces los derechos de la justicia y del arbitraje internacional según enseñara Rama con su ejemplo.

Hacia el año 2200 a.C., Egipto sufrió la crisis más temible por la que un pueblo puede atravesar: la de la invasión extranjera y de una conquista. La invasión fenicia era en sí misma la consecuencia del gran cisma religioso en Asia, que había sublevado a las masas populares, sembrado la discordia en los templos. Conducida por los reyes pastores llamados Hicsos, esa invasión lanzó un diluvio sobre el Delta y el Egipto medio. Los egipcios se refieren al pastor constructor-diseñador de la gran pirámide con el nombre de Filition o Filites (Fili-Ton o Filit-Tot). Esto indica otro personaje tal vez diferente a Abraham, quizás Hermes-Tot o su hijo, de quien algunos sostienen, fue el depositario de los conocimientos del sabio egipcio. El historiador judío Flavio Josefo es citado por Maneto, cuando afirma que en una época fue tan grande la influencia de los “pastores-reyes” (hicsos) del pueblo hebreo sobre los egipcios, que estos últimos “estuvieron literalmente en sus manos”. La habilidad del pueblo hebreo para negociar es conocida desde la Antigüedad, así como su extraordinaria capacidad para las matemáticas y la música. No olvidemos que fue un judío, Albert Einstein, el que cambió la historia del siglo XX y del mundo por venir, al formular la teoría de la relatividad. En egipcio, la palabra hicsos significa “gobernantes extranjeros”. Las tribus semíticas que invadieron Egipto en la primera parte del siglo XVII a. C., fundaron la 15ª dinastía. Estas tribus nómadas estaban formadas por gentes venidas de Siria y Palestina y después de conquistar a Menfis se establecieron en Avaris, posteriormente llamada Tanis, en la margen nororiental del delta del Nilo. A fin de perdurar en su dominio, establecieron un sistema de impuestos y permitieron a los príncipes de la antigua nobleza que continuaran reinando más allá de Menfis.

Finalmente, los egipcios, durante el reinado de Amós I (1570-1546 a. C.), fundador de la 18ª dinastía, lograron desterrar a los invasores. En su paso por Egipto, los hicsos introdujeron el caballo y adoptaron las costumbres egipcias así como sus nombres. Su poder militar derivado, entre otras cosas, del uso de coches livianos tirados por caballos, les dio la victoria. De acuerdo con el historiador Flavio Josefo, su habilidad como excelentes comerciantes les abrió las rutas de intercambio con la cultura minoica, desarrollada en la edad del bronce por los aqueos en la isla de Creta y con la misma Babilonia. Hasta el presente no se conocen de los hicsos grandes monumentos erigidos por ellos, con excepción de algunos obeliscos, templos y estatuas recientemente excavados, a no ser que la gran pirámide hubiera sido parte de su obra, lo cual parece poco probable, al menos de los hicsos de esa época, pues la gran pirámide parece ser, al menos, entre 500 y 1000 años más antigua. De nuevo vienen los interrogantes al retomar el hilo de nuestra historia: ¿Cuáles fueron los nombres de esos hicsos, pastores-reyes, gigantes de la Antigüedad? El hecho de que se hubieran asentado en Avaris o Tanis, también llamada en la Biblia con el nombre de Zoan (Números 13) hace de su proximidad geográfica con el sitio de Giza (o Gizeh), donde está erigida la gran pirámide, un factor de más para vincular el edificio a los hicsos. Tanis llegó a ser uno de los grandes centros comerciales de Egipto, pero infortunadamente los sedimentos del Nilo hicieron que se desviara su tráfico comercial hacia Alejandría. En el año 174 d. C., Tanis fue destruida debido a una insurrección contra Roma.

El “Relato de los enviados” por Moisés a explorar las tierras del delta, abre las puertas para vincular a la antigua civilización egipcia del delta con los remanentes de una raza superior y, por supuesto, con los antiquísimos nefilim (raza de gigantes), descritos en Génesis 6. Dice la Biblia en Números 13,: “Y volvieron de reconocer la tierra al cabo de cuarenta días.  Y anduvieron y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cadés, y diéronles la respuesta, y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. Y le contaron y dijeron: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fuertes; y también vimos allí los hijos de Anac.  Amalec habita la tierra del mediodía; y el hetheo, y el jebuseo, y el amorrheo, habitan en el monte; y el cananeo habita junto a la mar y a la ribera del Jordán. Entonces Caleb hizo callar el pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y poseámosla; que más podremos que ella. Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Y vituperaron, entre los hijos de Israel, la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella, son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los nefilim: y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”.

Ningún relato de estos exploradores menciona en forma específica a la gran pirámide, pero sí hace referencia a ciudades grandes y fuertes. Esto plantea la pregunta de si la gran pirámide ya estaba construida en ese tiempo o de si su descripción fue omitida por los exploradores. La frase “ciudades muy grandes y fuertes” puede encerrar monumentos como la gran pirámide, pero una de las cosas que más asombra es la distinción hecha entre “hombres de grande estatura” y “gigantes” o “raza de los nefilim”, descendientes de Anac (¿Atlas?). Si los “exploradores” visitaron, o no, la antiquísima ciudad de Bubastis en el delta del Nilo, vinculada a la veneración de la diosa felina Bast o Bastet,  y cuyas excavaciones fueron comenzadas en 1886, no lo sabemos. Lo importante aquí es conocer que ya para esa época existía una civilización avanzada de la cual se han desenterrado ruinas pertenecientes al tercer milenio a. C. Durante los siglos XVII a XV a. C., es muy posible que las relaciones comerciales de Tanis y Bubastis hubieran sido estrechas o, por el contrario, hubieran sido ciudades rivales. El hecho de que los pastores-reyes (hicsos) hubieran escogido el delta para fundar a Zoan (Tanis) es muy evidente. La fertilidad del suelo, el acceso fácil al Mediterráneo y la proximidad de otros centros de comercio hicieron de ello razones poderosas para establecerse allí, así como la facilidad de realizar un vínculo comercial con la floreciente civilización de la isla de Creta. La ciudad de Bubastis fue destruida por los persas en el año 350 a. C., lo cual hizo que Tanis perdurase 211 años más como centro de comercio, antes de ser destruida por los romanos. De estos estudios se deduce que la cronología de los hicsos no se ajusta con la 4ª dinastía, en la que reinara el faraón Keops, la cual es casi mil años más antigua que la fundación de Tanis, a menos que “el corto tiempo” en que permanecieron los pastores-reyes o sus descendientes en Egipto y a que se refieren las crónicas, hubiese durado un milenio.

Uno de los comentarios clásicos escritos del Libro de Apocalipsis en los años 1870s fue hecho por Joseph A. Seiss (1823-1904). Joseph Seiss afirma que fue el sumo sacerdote Melquizedek, “rey de Salem” (rey de paz), el que dirigió al faraón en la construcción de la gran pirámide. Sabemos que esta persona llegó a ocupar en la jerarquía un cargo elevado, ya que fue él quien bendijo al mismo Abraham y recibió de él el diezmo. Vivía cerca de la gran pirámide y aunque no tenemos sobre él mayor información conocemos que no era un egipcio y que no profesó el culto politeísta prevaleciente en aquella época. Bien hubiera podido ser uno de los hicsos (pastores-reyes) a los que se refieren las crónicas egipcias. Por otra parte surgen las dudas de si Melquizedek fue el escogido para esta labor, ya que su avanzada edad, tal vez, no le hubiese permitido ver concluida su obra y es esta otra de las razones por las que el nombre de Abraham surge como posible candidato. Pero si ni Abraham, ni Melquizedek, ni su descendencia, fueron los pastores-reyes de donde proviene el semita responsable por la construcción de la gran pirámide, al cual se refirió el sacerdote egipcio en las crónicas del historiador Flavio Josefo con el nombre de Filition o Filites, ¿quién fue entonces el misterioso Filites? Otras pistas dadas por la Biblia, que se ajustan más al soberano de la 4ª dinastía, señalan a Job como el autor de la gran pirámide y también, al igual que Abraham, con profundos conocimientos astronómicos. Veamos que dice la Biblia en Job, 38: “Y respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y hazme saber tú. ¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?. ¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular? ¿Cuándo las estrellas todas del alba alababan y se regocijaban todos los hijos de Dios?”.

Joseph Seiss nos dice que mientras el objeto de Yahvé es convencer a Job de su incompetencia para juzgarlo y comprenderlo, implícitamente el texto indica que lo que Dios está diciendo es: “Tú pusiste los cimientos de la gran estructura en Egipto, pero ¿dónde estabas tú cuando yo puse los cimientos de la gran pirámide que es la Tierra? Tú realizaste las medidas de la gran pirámide en Egipto, pero ¿quién hizo las medidas de la Tierra y estrechó su línea sobre ella? Tú aseguraste sobre agujeros los cimientos de la pirámide en Egipto (la gran pirámide está construida sobre cuatro perforaciones o agujeros en la piedra). Pero, acaso, ¿dónde están asegurados los cimientos de la Tierra? Tú colocaste la piedra que corona la cima de la pirámide en medio de cantos de júbilo, pero ¿quién puso la piedra angular de la Tierra cuando los ángeles de la mañana cantaron a coro y todos los hijos de Dios gritaron de alegría?”. Y de nuevo, más adelante, en Job 38, puede leerse: “¿Podrás tú impedir las delicias de las Pléyades, o desatarás las ligaduras del Orión? ¿Sacarás tú a su tiempo los signos de los cielos, o guiarás el Arcturo con sus hijos?”.  Esta es una relación explícita a la Constelación de Orión, cuyo centro, o sea el cinturón de Orión formado por tres estrellas que arman, por así decirlo, la constelación, coincide exactamente con la localización y tamaño de las tres pirámides de la meseta de Giza. Fotografías de satélite de las tres pirámides pueden superponerse sobre la magnificación telescópica de las tres estrellas del cinturón de Orión, coincidiendo en forma perfecta. Este hecho que obviamente no puede ser una simple coincidencia debido a la precisión matemática con que está ejecutado, en donde cada pirámide tiene el tamaño adecuado para inscribir su cuadrado dentro del círculo luminoso de cada estrella, abre de nuevo la pregunta de cómo lo hicieron. Aún hoy día esa precisión es difícil de obtener y para ello se requiere un telescopio con un gran espejo y la tecnología de la fotografía satelital, así como la ayuda de un computador. La gran pirámide actúa como una gran máquina estelar o máquina solar.

Los reyes cismáticos traían consigo una civilización corrompida, la malicia jónica, el lujo del Asia, las costumbres del harén, una idolatría grosera. La existencia nacional del Egipto estaba comprometida, su intelectualidad en peligro, su misión universal amenazada. Pero llevaba en sí un alma de vida, es decir, un cuerpo orgánico de iniciados, depositarios de la antigua ciencia de Hermes y de Am-món-Rá. ¿Qué hizo aquella alma?. Retirarse al fondo de sus santuarios, replegarse en sí misma para resistir mejor al enemigo. En apariencia, el sacerdocio se inclinó ante la invasión y reconoció a los usurpadores que llevaban la ley del Toro y el culto del buey Apis. Sin embargo, ocultos en los templos, los dos consejos guardaron allí, como un depósito sagrado, su ciencia, sus tradiciones, la antigua y pura religión, y con ella la esperanza de una restauración de la dinastía nacional. En esta época fue cuando los sacerdotes difundieron entre el pueblo la leyenda de Isis y de Osiris, del desmembramiento de este último y de su resurrección próxima por su hijo Horus, que volvería a encontrar sus miembros dispersos arrastrados por el Nilo. Se excitó la imaginación de la multitud por la pompa de las ceremonias públicas. Se sostuvo su amor a la vieja religión representándole las desgracias de la Diosa, sus lamentos por la pérdida de su esposo celeste, y la esperanza que ella tenía en su hijo Horus, el divino mediador. Pero al mismo tiempo, los iniciados juzgaron necesario hacer inatacable la verdad esotérica recubriéndola con un triple velo. A la difusión del culto popular de Isis y de Osiris corresponde la organización interior y sabia de los pequeños y de los grandes Misterios. Se les rodeó de barreras casi infranqueables, de peligros tremendos. Se inventaron las pruebas morales, se exigió el juramento del silencio, y la pena de muerte fue rigurosamente aplicada contra los iniciados que divulgaban el menor detalle de los Misterios.

Gracias a esta organización severa, la iniciación egipcia llegó a ser, no solamente el refugio de la doctrina esotérica, sino también el crisol de una resurrección nacional y la escuela de las religiones futuras. Mientras los usurpadores coronados reinaban en Memphis, Thebas se preparaba lentamente para la regeneración del país. De su templo, de su arca solar, salió el salvador del Egipto, Amos, que arrojó a los Hicsos del país después de nueve siglos de dominación, restauró la ciencia egipcia en sus derechos y la religión viril de Osiris. De este modo los Misterios salvaron el alma del Egipto de la tiranía extranjera, y esto para bien de la humanidad. Porque tal era entonces la fuerza de su disciplina, el poder de su iniciación, que encerraba en sí una mejor fuerza moral, su más alta selección intelectual. La iniciación antigua reposaba sobre una concepción del hombre a la vez más sana y más elevada que la nuestra. Nosotros hemos disociado la educación del cuerpo de la del alma y del espíritu. Nuestras ciencias físicas y naturales, muy avanzadas en sí mismas, hacen abstracción del principio del alma y de su difusión en el universo; nuestra religión no satisface las necesidades de la inteligencia, nuestra medicina no quiere saber nada ni del alma ni del espíritu. El hombre contemporáneo busca el placer sin la felicidad, la felicidad sin la ciencia, y la ciencia sin la sabiduría. La antigüedad no admitía que se pudiesen separar tales cosas. En todos los dominios, ella tenía en cuenta la triple naturaleza del hombre. La iniciación era un adiestramiento gradual de todo el ser humano hacia las cimas vertiginosas del espíritu, desde donde se puede dominar la vida.

Para alcanzar la maestría — decían los sabios de entonces — el hombre tiene necesidad de una refundición total de su ejercicio simultáneo de la voluntad, de la intuición y del razonamiento. Por su completa concordancia, el hombre puede desarrollar sus facultades hasta límites incalculables. El alma tiene sentidos dormidos: la iniciación los despierta. Por medio de un estudio profundo, una aplicación constante, el hombre puede ponerse en relación consciente con las fuerzas ocultas del universo. Por un esfuerzo prodigioso, puede alcanzar la perfección espiritual directa, abrirse las vías del más allá, y hacerse capaz de dirigirse a ellas. Entonces, solamente, puede decir que ha vencido al destino y conquistado su libertad divina. Entonces sólo, el iniciado puede llegar a ser iniciador, profeta y teurgo, es decir: vidente y creador de almas. Porque sólo el que se domina a sí mismo puede dirigir a los otros; sólo es libre el que puede libertarse, únicamente puede emancipar el que está emancipado”. Así pensaban los iniciados antiguos. Los más grandes de entre ellos vivían y obraban en consecuencia. La verdadera iniciación era una cosa bien distinta a un sueño nuevo, y mucho más que una simple enseñanza científica, era la creación de un alma por sí misma, su germinación sobre un plano superior, su floración en el mundo divino.

Trasladémonos al tiempo de los Ramsés, a la época de Moisés y de Orfeo, hacia el año 1300 a. C., y tratemos de penetrar en el corazón de la iniciación egipcia. Los monumentos figurados, los libros de Hermes, la tradición judía y griega, permiten hacer revivir sus fases ascendentes y formarnos una idea de su más alta revelación. En tiempo de los Ramsés, la civilización egipcia resplandecía en el apogeo de su gloria. Los faraones de la XX dinastía, discípulos y porta-espadas de los santuarios, sostenían como verdaderos héroes la lucha contra Babilonia. Los arqueros egipcios hostigaban a los Libios, los Bodrones y los Númidas, hasta en el centro del África. Una flota de cuatrocientas velas perseguía a la liga de los cismáticos hasta las bocas del rio Indo. Para resistir mejor al choque de la Asiria y de sus aliados, los Ramsés habían trazado caminos estratégicos hasta el Líbano, y construido una cadena de fuertes entre Mageddo y Karkemish. Interminables caravanas afluían por el desierto, de Radasich a Elefantina. Los trabajos de arquitectura continuaban sin descanso y ocupaban a obreros de tres continentes. Era reparada la sala hipóstila de Karnak, cuyos pilares alcanzan la altura de la columna Vendóme, monumento parisino de 44 metros de altura, situado en la Plaza Vendôme, en el primer distrito de la ciudad, que fue erigida por orden de Napoleón Bonaparte, para celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz. El templo de Abydos se enriquecía con maravillas escultóricas, y el valle de les reyes con monumentos grandiosos. Se construía en Bubasta, en Luksor, en Speos e Ibsambul. En Thebas un arco de triunfo recordaba la toma de Kadesh. En Memphis, el Rameseum se elevaba rodeado de un bosque de obeliscos, de estrellas, de monolitos gigantescos.

En medio de aquella actividad febril, de aquella vida deslumbradora, más de un extranjero aspirante a los Misterios, venido de las playas lejanas del Asia Menor o de las montañas de la Tracia, llegaba a Egipto, atraído por la reputación de sus templos. Una vez en Memphis, quedaba asombrado. Monumentos, espectáculos, fiestas públicas, todo le daba la impresión de la opulencia, de la grandeza. Después de la ceremonia de la consagración real, que se hacía en el secreto del santuario, veía al faraón salir del templo, ante la multitud, y subir sobre su pavés llevado por doce oficiales de su estado mayor. Ante él, doce jóvenes ministros del culto llevaban, sobre cojines bordados en oro, las insignias reales: el cetro de los árbitros con cabeza de morueco, la espada, el arco y la maza de armas. Detrás iba la casa del rey y los colegios sacerdotales, seguidos de los iniciados en los grandes y pequeños misterios. Los pontífices llevaban la tiara blanca, y su pectoral chispeaba con el fuego de las piedras simbólicas. Los dignatarios de la corona llevaban las condecoraciones del Cordero, del Morueco, del León, del Lys, de la Abeja, suspendidas de cadenas macizas admirablemente trabajadas. Las corporaciones cerraban la marcha con sus emblemas y sus banderas desplegadas. Véanse a este efecto las pinturas murales de los templos de Thebas, reproducidas en el libro de Francois Lenormant, y el capitulo sobre Egipto en La mission des Juifs, de M. Saínt-Yves d’Alveydre.