Qué Nos Dicen Los Clásicos Sobre Los Continentes Desaparecidos?

Helena Blavatsky (1831 – 1891), fue una escritora, ocultista y teósofa rusa. Fue también una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica y contribuyó a la difusión de la Teosofía moderna. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La Doctrina Secreta, escritos en 1875 y 1888, respectivamente.

 En sus escritos, de gran erudición, se refirió a una serie de civilizaciones antiguas, algunas de ellas perdidas, que han servido de inspiración a escritores posteriores que han tratado estos temas. Me he basado en algunos de sus escritos para redactar este artículo.
Siendo el objetivo del filósofo griego Platón instruir como moralista más que como geógrafo y etnólogo o historiador, esumió la historia de la Atlántida, que abarcaba varios millones de años, en un suceso que colocó en una isla comparativamente pequeña, de 3.000 estadios de largo por 2.000 de ancho (unas 350 millas por 200, que es el tamaño de Irlanda); mientras que los sacerdotes hablaron de la Atlántida como de un continente tan vasto como “toda el Asia y la Libia” juntas. Pero el relato de Platón, aunque alterado en su aspecto general, tiene el sello de la verdad.

No fue él quien lo inventó, pues Homero, que le precedió muchos siglos, habla también de los atlantes en su Odisea y de su isla. Por tanto, la tradición es más antigua que la aventura de Ulises. Los atlantes y las atlántidas de la Mitología están basados en los atlantes y las Atlántidas de la Historia. Tanto Sanchoniathon, escritor fenicio del 1000 a.C., como Diodoro, historiador griego del siglo I a. C, han preservado las historias de aquellos héroes y heroínas, por mucho que se hayan mezclado sus relatos con el elemento mítico. En nuestros propios días observamos el hecho extraordinario de que la existencia de personajes relativamente tan recientes como Shakespeare y Guillermo Tell haya sido negada. No hay, pues, que admirarse de que dos poderosas razas (los lemures y los atlantes) hayan sido resumidas e identificadas, en el tiempo, con unos pocos pueblos míticos que llevaron el mismo nombre de familia.
En “Los nueve libros de la historia”. Herodoto nos dice los siguiente: “Más allá de los Garamantes, a distancia también de diez leguas de camino, se ve otro cerro de sal, otra agua y otros hombres que viven en aquellos alrededores, a quienes dan el nombre de Atlantes; son los hombres anónimos que yo conozca, pues si bien a todos en general se les da el nombre de Atlantes, cada uno de por sí no lleva en particular nombre alguno propio. Cuando va saliendo el sol le cargan de las más crueles maldiciones e improperios, porque es tan ardiente allí, que abrasa a los hombres y sus campiñas.
Tirando adelante otras diez jornadas, se hallará otra colina de sal y en ella su agua; cerca del agua, gentes que allí viven. Con esta cordillera de sal está pegado un monte que tiene por nombre Atlante, monte delgado, por todas partes redondo, y a lo que se dice tan elevado, que no alcanza la vista a su cumbre por estar en verano como en invierno siempre cubierta de nubes. Dicen los naturales que su monte es la columna del cielo; de él toman el nombre sus vecinos, llamándose los Atlantes, de quienes se cuenta que ni comen cosa que haya sido animada, ni durmiendo sueñan jamás”.
En La Odisea, Hornero pone estas palabras en boca de la diosa Atenea: “Nuestro padre, hijo de Cronos, preclaro gobernante… mi corazón está destrozado por el sabio Odiseo, hombre desgraciado, que abandonó hace tanto tiempo a sus amigos y que vive tristemente en una isla situada en el centro mismo del mar. En esta isla boscosa habita una diosa, hija del habilidoso Atlas, que conoce la profundidad de cada mar y conserva los altos pilares que separan el cielo de la tierra…“.
 La referencia a Atlas y Cronos resulta especialmente interesante, en relación a la “isla situada en el centro mismo del mar“. Hornero sigue hablando del barco de Odiseo que alcanzó “el límite del mundo. Allí se hallan los territorios y la ciudad de los Kimerioi, envuelta en brumas y nubes…“.
 En La Odisea, el poeta griego hace referencia a Esqueria, una isla situada muy lejos, en el océano, donde los feacios “viven aparte, muy lejos, sobre la inconmensurable profundidad y en medio de las olas —los más remotos entre los hombres…“. También describe la ciudad de Alanco, atribuyéndole una profusión de riqueza y magnificencia que recuerda la descripción platónica de la Atlántida. Aunque los nombres son distintos, esta poderosa isla de Esqueria es otro indicio del recuerdo de una isla-continente situada más allá de las Columnas de Hércules, en el océano occidental.
Según Platón, su información básica acerca de la Atlántida provenía de fuentes egipcias. Por esta razón podemos pensar que otros documentos, en forma de papiros, deberían hacer referencia también a la isla sumergida. En este sentido se han interpretado algunas alusiones que aparecen en documentos antiguos. Por ejemplo, cuando se habla del “reino de los dioses“, miles de años antes de las primeras dinastías egipcias. Manetón, sacerdote e historiador egipcio del siglo III a.C., nos ilustra sobre la época aproximada en que los egipcios cambiaron su calendario y coincide con el mismo período en que según Platón se habría producido el hundimiento de la Atlántida, hace unos 11.500 años. Se cree que en el museo de San Petersburgo existían, antes de la revolución rusa, otros documentos egipcios “perdidos“. Se dice que existía un documento particularmente misterioso en el que se relataba una expedición que había enviado un faraón de la segunda dinastía a investigar lo que había ocurrido con la Atlántida y a descubrir si quedaban restos de ella. Se afirmaba que había regresado al cabo de cinco años, sin haber cumplido su misión, cosa que resulta comprensible.
Hay también documentos egipcios que hablan de invasiones de “pueblos del mar” que llegaron “desde los confines del mundo“, ilustrados con pinturas murales monumentales que todavía pueden verse en Medinet-El Fayum. Aunque la mayoría de los pergaminos egipcios debieron resultar quemados en la destrucción de la biblioteca de Alejandría, es posible que existan otros documentos escritos, enterrados en alguna tumba todavía no descubierta y que se mantengan en buen estado de conservación, gracias al clima seco que reina en Egipto. El historiador griego Heródoto (siglo V a.C.) nos ha dejado referencias diversas respecto a un nombre similar al de Atlántida y a una ciudad misteriosa situada en el océano Atlántico que algunos han considerado como una colonia de la Atlántida o incluso como la Atlántida misma: “Los primeros griegos que realizaron largos viajes —escribe Heródoto—, estaban familiarizados con Iberia (España) y con una ciudad llamada Tartessos, … más allá de las Columnas de Hércules… a la vuelta de la cual los primeros comerciantes obtuvieron un beneficio mayor que el conseguido por griego alguno antes…” .En otro pasaje de sus obras, Heródoto habla de una tribu llamada Atarantes y también de otra, los Atlantes, “… que toman su nombre de una montaña llamada Atlas, muy puntiaguda y redonda, tan soberbia, además, que, según se dice, la cumbre nunca puede verse, porque las nubes jamás la abandonan, ni en verano ni en invierno…“. Heródoto se sentía interesado tanto en la historia antigua como contemporánea y creía que el Atlántico había penetrado en la cuenca mediterránea como consecuencia de un terremoto que había hecho desaparecer el istmo que era entonces el estrecho de Gibraltar. Luego de hallar fósiles de conchas marinas en las colinas de Egipto también especuló acerca de la posibilidad de que parte de la tierra que en otro tiempo había sido tierra firme hubiera acabado en el mar y, a la inversa, algunos territorios hubieran emergido de las profundidades oceánicas.
Vemos que Herodoto habla de los atlantes, pueblo del África Occidental, que dieron su nombre al Monte Atlas; los cuales eran vegetarianos, y “cuyo sueño nunca era turbado por sueños”; y que, sin embargo, maldecían diariamente al sol cuando salía y se ponía, porque su calor excesivo los abrasaba y atormentaba. Según Helena Blavatskyestas manifestaciones están basadas sobre hechos morales y psíquicos y no sobre disturbios fisiológicos.
La historia de Atlas da la clave de esto. Si los atlantes no tenían nunca turbado su sueño por ensueños, es porque esa tradición particular se refiere a los atlantes primitivos, cuya constitución y cerebro físico no estaban aún lo suficientemente consolidados en el sentido fisiológico para permitir actuar a los centros nerviosos durante el sueño. Respecto de la otra declaración, de que “maldecían diariamente al sol”, esto tampoco tiene que ver con el calor, sino con la degeneración moral que creció a la par que la Raza. También según Blavatsky “Ellos (la sexta subraza de los atlantes) usaban encantos mágicos hasta en contra del sol”, y al fracasar en su intento, le maldecían. Se atribuía a los brujas de Tesalia el poder de hacer descender a la Luna, según nos lo asegura la historia griega. Los atlantes de los últimos tiempos eran famosos por sus poderes mágicos y su perversidad, por su ambición y su desprecio de los dioses. De aquí las mismas tradiciones que tomaron forma en la Biblia, acerca de los gigantes antediluvianos y la Torre de Babel, y que se encuentran también en el Libro de Enoch.
Es posible que las brujas de Tesalia fueran realmente de origen atlante. Se sabe que vivían en las llanuras de Tesalia, y las escasas informaciones que nos han llegado, especialmente de una de ellas, son gracias al poeta romano Marco Anneo Lucano y a las referencias que sobre ella encontramos en su libro “La Farsalia” donde narra la guerra que mantuvieron César y Pompeyo el Grande. Lucano nos cuenta que el nombre de esta bruja era Erichtho y también que vivía en la provincia de Tesalia junto con otras brujas en los años 49 y 45 a.C. que es cuando tiene lugar la guerra entre los romanos. Lucano nos cuenta cómo apareció Erichtho en las llanuras de Farsalia contratada por Sexto, el hijo de Pompeyo el Grande, el cual había tenido un sueño premonitorio el día anterior a la batalla. En algunos pasajes de “La Farsalia“, encontramos las primeras referencias a ella: “..Cuando los líderes han extendido sus tiendas sobre esas llanuras maldecidas por Las Parcas, cada una de sus mentes presiente una guerra cruenta e infausta porque la presencia en esas tierras de Las Parcas ha anulado toda probabilidad de éxito, puesto que destruyen todos lo que tocan. Los espíritus de las llanuras temblaban presagiando el infortunio. Confundido entre la multitud estaba Sexto, hijo de Pompeyo el Grande, quien temiéndose lo peor para su padre contrató a Erichtho, la Bruja de Tesalia, para que conjurara a algún espíritu que le transmitiera información de primera mano de todo lo que ocurría en el campo de batalla entre su padre y César…Cuando el monstruoso murmullo de Erichtho haya llegado a las estrellas querrá decir que la Bruja de Tesalia podrá forzar a los dioses a cambiar los acontecimientos porque las Brujas lo hacen con amor y no tienen los corazones duros y fríos como Las Parcas…”.
Y continúa hablando de Erichtho más adelante: “…….su destino es la llanura de Farsalia donde César derrotó a Pompeyo el año 48 a.C. en una batalla decisiva durante la Guerra Civil Romana. Erichtho, una bruja de Tesalia, deambula por esos campos. Ahí, los fantasmas de los viejos tiempos han instalado sus tiendas de campaña y encendido las hogueras al caer la noche. Erichtho ve una extraña luz en el cielo, presagiando la llegada de Fausto y sus compañeros……“.
 No volvemos a saber nada más de las Brujas de Tesalia ni de Erichtho hasta que Dante (1265-1321) pregunta en “La Divina Comedia“, si alguien ha bajado del Infierno Superior al Infierno Inferior y que si bajar es la penitencia impuesta por los juegos de mesa que él y Virgilio ocasionalmente jugaban durante el tiempo en que estuvieron juntos, ya que Dante quería saber si su guía, su admirado Virgilio, estaba enterado de su misión y Virgilio respondía rápidamente que si, que sabía muy bien lo que hacía, que él había hecho ese viaje algunas veces y que sabía lo que había que hacer; Virgilio aseguraba que había sido emplazado por Erichtho para recuperar algunas almas de los Círculos más profundos del Infierno y Dante tergiversó a su antojo los escritos de Lucano acerca de la Bruja de Tesalia escribiendo lo siguiente: “Erichtho, una bruja sedienta de sangre, invoca desde la ultratumba a la sombra de un soldado muerto recientemente y ese espíritu es incapaz de revelar el futuro de la guerra civil entre Pompeyo el Grande y César….“.
Dante lo que pretendía era convertir a su admirado Virgilio en una víctima de Erichtho ya que de todos es sabido que Virgilio era muy amante de la magia y las ciencias ocultas, aficiones que en la Edad Media no eran muy bien vistas. Y seguimos leyendo cómo se desarrolló el viaje entre los dos Infiernos, con Virgilio como guía: “…..una bruja llamada Erichtho reclamó al espíritu de Virgilio volver a la Tierra ya que su especialidad era invocar a los espíritus, ella mandó a Virgilio a lo más profundo del Infierno en el centro mismo de la Tierra para buscarle a ella otro espíritu……”. Nadie más vuelve a escribir sobre Erichtho hasta que Goethe (1749-1832), en su obra ”Fausto“, nos presenta a Erichtho, que habla para presentarnos a las Brujas del Alto Sabbath, cuyas apariciones preceden a la entrada en escena de Mefistófeles, de Fausto, y de los ritos que dan como resultado la secuencia del sueño de Fausto como caballero viviendo en un castillo con Helena de Troya. Así como de otras brujas de la antigüedad hay muchísima información, a través de diferentes Mitologías y leyendas recopiladas a lo largo de los siglos, de Erichtho y las Brujas de Tesalia no hay ninguna información ni referencias hasta Lucano en el año 50 de nuestra era. Pero la literatura las ha puesto en un lugar de honor, bien sea en el Infierno de Dante o en la primera escena de Fausto. Y convendréis conmigo en que es curioso que autores tan importantes como Dante o Goethe se refiriesen a estas brujas prácticamente desconocidas.
Diodoro presenta uno o dos hechos más: los atlantes se alababan de poseer la tierra en que todos los Dioses habían nacido; así como también de haber tenido a Urano por primer Rey, el cual fue también el primero que les enseñó la Astronomía. Muy poco más de esto ha llegado a nosotros de la antigüedad. El mito de Atlas es una alegoría fácil de comprender.
Atlas es los antiguos Continentes de la Lemuria y la Atlántida, combinados y personificados en un símbolo común. Los poetas atribuyen a Atlas, lo mismo que a Proteo, una sabiduría superior y unconocimiento universal, y especialmente un conocimiento completo de las profundidades del océano; pues en ambos Continentes hubo razas instruidas por Maestros divinos, y ambas fueron arrojadas al fondo de los mares, en donde ahora dormitan hasta su próxima reaparición sobre las aguas. Atlas es el hijo de una ninfa del océano, y su hija es Calipso, el “abismo acuoso”.
La Atlántida fue sumergida bajo las aguas del océano y su progenie duerme ahora el eterno sueño en los lechos oceánicos. La Odisea hace de él el guardián y “sostenedor” de las enormes columnas que separan los Cielos de la Tierra. Él es su “soportador”. Y como tanto la Lemuria, destruida por fuegos submarinos, como la Atlántida, sumergida por las ondas, perecieron en los abismos del océano, se dice que Atlas se vio obligado a dejar la superficie de la Tierra y reunirse a su hermano Iapetus en las profundidades del Tártaro.
El escritor Sir Theodore Martin tiene razón al interpretar esta alegoría como significando Atlas de pie en el suelo sólido del hemisferio inferior del universo, sosteniendo así al mismo tiempo el disco de la tierra y la bóveda celeste. Porque Atlas es la Atlántida, que sostiene sobre sus “hombros” los nuevos continentes y sus horizontes. Decharme, en su “Mythologie de la Grèce Antique”, expresa duda sobre la exactitud de la traducción, pues no es posible comprender cómo Atlas puede sostener a la vez diversas columnas situadas en varias localidades. Si Atlas fuera un individuo, la traducción sería incorrecta, pero como personifica un Continente en Occidente, que se dice sostiene la Tierra y el Cielo a la vez, esto es, los pies del gigante pisan la tierra, mientras que sus hombros sostienen la bóveda celeste -una alusión a los picos gigantescos de los Continentes Lemur y Atlante-, el epíteto de “sostenedor” resulta muy exacto. El concepto se debió seguramente a la gigantesca cordillera que corría a lo largo del borde terrestre.
Estas montañas hundían sus estribaciones en el fondo mismo de los mares, al paso que elevaban sus crestas hacia el cielo, perdiéndose su cima en las nubes. Los antiguos continentes tenían más montañas que valles. Atlas y el Pico de Tenerife, actualmente dos restos empequeñecidos de los dos perdidos continentes, eran tres veces más elevados en tiempo de la Lemuria, y dos veces más altos en el de la Atlántida. Así, según Herodoto, los libios llamaban al Monte Atlas la “Columna del Cielo”.
Atlas era un pico inaccesible de una isla, en los días de la Lemuria, cuando el continente africano aún no se había aún levantado. Es la única reliquia Occidental que sobrevive y que pertenece al Continente en que la Tercera Raza nació, se desarrolló y cayó, pues Australia es ahora parte del Continente Oriental. El orgulloso Atlas, según la tradición esotérica, habiéndose hundido una tercera parte en las aguas, las otras dos quedaron como herencia de la Atlántida. Esto era también conocido por los sacerdotes egipcios y por el mismo Platón; impidiendo que fuese conocida toda la verdad el juramento solemne de guardar el secreto, que se extendió hasta a los misterios del Neoplatonismo.
Tan secreto era el conocimiento de la última isla de la Atlántida, en verdad, a causa de los poderes sobrehumanos que poseían sus habitantes, los últimos descendientes directos de los Dioses o Reyes Divinos, según se creía, que el divulgar su situación y existencia era castigado con la muerte. Teopompos, que pertenecía a la antigua comedia griega, dice otro tanto en su obra Meropis, cuando habla de los fenicios como los únicos navegantes de los mares que bañan la costa occidental del África; quienes se revestían de tal misterio, que muchas veces echaban a pique sus propios barcos para hacer perder todo rastro de ellos a los extranjeros demasiado curiosos.
Hay orientalistas e historiadores que, mientras permanecen impasibles ante el lenguaje más bien crudo de la Biblia y ante algunos de los sucesos que en ella se relatan, muestran gran disgusto ante la “inmoralidad” de los Panteones de la India y de Grecia. Se nos puede decir que antes que ellos, Eurípides, Píndaro y hasta el mismo Platón expresaron el mismo disgusto; que ellos también se sintieron irritados ante los cuentos que se inventaban, “esos cuentos miserables de los poetas”, según frase de Eurípides. Pero quizá hubiera otra causa para esto. Según Blavatsky, para los que sabían que había más de una clave para el Simbolismo Teogónico, era un error el haberlo expresado en un lenguaje tan crudo y engañoso. Parece que existe un cielo donde todos los símbolos, alegorías y parábolas y sus completas interpretaciones están preservadas. Cuando meditamos sobre ellas, penetramos en ese cielo. Se ha dicho que hay siete interpretaciones de ese lenguaje: cósmico, astronómico, astrológico, teogónico (el génesis de los Dioses), racial, psicológico y oculto. Si el filósofo ilustrado y sabio podía discernir el meollo de la sabiduría bajo la grosera corteza del fruto, y sabía que este último escondía las más grandes leyes y verdades de la naturaleza psíquica y física, así como del origen de todas las cosas; no así el profano no iniciado. Para éste la letra muerta era la religión, mientras que la interpretación era sacrilegio. Y esta letra muerta no podía edificarle, ni hacerle más perfecto, al ver que semejante ejemplo le era dado por sus Dioses. Pero para el filósofo, y especialmente el Iniciado, la Teogoníade Hesiodo es tan histórica como pueda serlo cualquier historia.
Platón la acepta como tal, y expone tantas de sus verdades como sus juramentos se lo permitían. El hecho de que los atlantes pretendiesen que Urano fue su primer rey, y que Platón principie su historia de la Atlántida por la división del gran Continente por Neptuno, el nieto de Urano, muestra que hubo otros continentes antes que la Atlántida, y reyes antes que Urano. Pues Neptuno, a quien tocó en suerte el gran Continente caído, encuentra en una pequeña isla sólo una pareja humana hecha de barro, esto es, el primer hombre físico humano, cuyo origen. Según Blavatski, principió con las últimas subrazas de la Tercera Raza-Raíz. El Dios se casa con su hija Clito y su hijo mayor Atlas es el que recibe como herencia la montaña y el continente llamados por su nombre. Ahora bien, todos los Dioses del Olimpo, así como todos los del Panteón Hindú y los Rishis, eran las personificaciones de los Poderes Inteligentes de la Naturaleza; de las Fuerzas Cósmicas; de los Cuerpos Celestes; de los Dioses o Dhyân Chohans; de los Poderes Psíquicos y Espirituales; de los Reyes Divinos de la Tierra o encarnaciones de los Dioses; y de los Héroes u Hombres Terrestres. El saber distinguir entre estas siete formas la que se pretendía, es cosa que perteneció en todo tiempo a los Iniciados, cuyos primeros predecesores habían creado este sistema simbólico y alegórico.
Los Rishis eran antiguos sabios que habitaban en las cuevas secretas de las montañas sagradas del Himalaya , hace miles de años, llevando una vida de austeridad, penitencia y meditación, para ayudar a la Humanidad atrapada en la cárcel del “samsara” (la rueda de renacimientos y muertes) a liberarse y a unirse con la Energía Absoluta. El Supremo Dios Shiva creó la filosofía de Tantra-Mantra-Yantra y comunicó a estos sabios por medio de una Revelación que este método era el más rápido y eficaz para alcanzar la Iluminación Espiritual y la Liberación del Alma. Un Yantra es un diagrama místico. La simbología del Yantra incluye la clave para descifrar los misterios de la Naturaleza y para obtener poderes directamente de la Energía Cósmica. Cada palabra o símbolo que aparece en el Yantra es el detonante de las Fuerzas del Absoluto, atrayendo el magnetismo secreto que existe en el Universo. Hay un Yantra para cada deseo, entre los que destaca el Gayatri Mantra, que es uno de los Mantras Védicos más sagrados, y el más alabado y venerado por la mayoría de los yoguis, debido a su elevada finalidad y a su incomparable belleza espiritual. Sus palabras transcritas del sánscrito son: “Om. Meditamos en la gloria de ese Ishwara que ha creado el Universo, a quien es justo adorar, que es una encarnación del Conocimiento y de la Luz, y que es el Destructor de todos los pecados y la ignorancia. Ojala que Él ilumine nuestros intelectos“.
Jose garcia
Via: Despierta Ya Television
Fuente: Veritas Boss
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Publicado el 10/06/2016 en Despierta Cordoba. Añade a favoritos el enlace permanente. Comentarios desactivados en Qué Nos Dicen Los Clásicos Sobre Los Continentes Desaparecidos?.

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