Existe Una Clara Línea Divisoria Entre Espíritu y Materia?

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Este es un tema suficientemente complejo como para tener en cuenta lo que dijo Isaac Newton: “Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”. Según John Milton (1608 – 1674), poeta y ensayista inglés, conocido especialmente por su poema épico El paraíso perdido, “millones de seres espirituales recorren la tierra y no los vemos ni cuando estamos dormidos ni cuando despiertos“. Se sabe que
hay una energía que anima toda la materia, desde la más sutil a la más densa. Sería el caos al que se referían los antiguos. En algunos relatos cosmogónicos griegos, el Caos es aquello que existe antes que el resto de los dioses y fuerzas elementales, es decir, el estado primigenio del cosmos infinito. En el siglo V a. C.  se lo identificó con el aire, adquiriendo solo tardíamente el sentido de «confusión elemental», en  la Metamorfosis de Ovidio. Asimismo esta energía sería el fuego sagrado de los parsis, miembros de una comunidad religiosa zoroástrica que habitan en el oeste de la India, especialmente en la ciudad de Bombay. Descienden de los persas que emigraron a la India a mediados del siglo VII para escapar a la persecución religiosa de los invasores musulmanes. También sería la energía representada por el fuego del dios griego Hermes, mensajero entre los dioses y los humanos. Como dador del fuego a los humanos, Hermes es un equivalente al titán Prometeo. Otras equivalencias de esta energía serían la  antorcha  de Apolo, el  phtha egipcio; la  zarza  ardiente  de Moisés; o la moderna electricidad. Bulwer Lytton, en su  libro The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race, publicada en 1871, le llama  vril  y supone que se valían de ella unas misteriosas poblaciones subterráneas.  Este libro presenta a unos hombres cuyo psiquismo está mucho más desarrollado que el nuestro. Han adquirido poderes sobre ellos mismos y sobre las cosas que los hacen semejantes a los dioses. Por lo pronto, siguen ocultos. Habitan en cavernas, en el centro de la Tierra. Pronto saldrán de ellas para reinar sobre nosotros. Según Bulwer Lytton, el vril es la enorme energía de la cual sólo utilizamos una ínfima parte en la vida ordinaria, el nervio de nuestra divinidad posible. El que llega a ser dueño de esta energía vril se convierte en dueño de sí mismo, de los demás y del mundo. Dice,  al  efecto,  que  estas  gentes de un mundo subterráneo creen  que el vril unifica y resume  la  energía de todos los agentes naturales e insinúa después, como Faraday ya presintió,  la unidad de las fuerzas: “Hace  mucho  tiempo  que  estoy convencido, y conmigo  muchos  otros  amantes de  la naturaleza, de que  las diversas modalidades de las fuerzas de la materia  tienen origen común, es decir,  que están relacionadas  con  tan  directa interdependencia  que pueden transmutarse una en otra con equivalente potencia de actuación”.

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La energía es uno de los conceptos más importantes que utilizamos para describir los fenómenos naturales. Al igual que en la vida diaria, decimos que un cuerpo tiene energía cuando tiene la capacidad de realizar un trabajo. Esta energía puede adoptar una gran variedad de formas. Puede ser energía de movimiento, energía de calor, energía gravitacional, energía eléctrica, energía química y así sucesivamente. Cualquiera que sea su forma, podrá ser empleada para realizar un trabajo. A una piedra, por ejemplo, se le puede dar energía gravitacional levantándola a cierta altura. Cuando desde dicha altura la dejamos caer, su energía gravitacional se transforma en energía de movimiento, llamada energía cinética, y cuando la piedra golpea el suelo puede realizar un trabajo rompiendo algo. La energía eléctrica o química puede ser transformada en energía calorífica, que posteriormente es utilizada para fines domésticos. En física, la energía está siempre relacionada con algún proceso o algún tipo de actividad, y su importancia fundamental consiste en el hecho de que la energía total contenida en un proceso siempre se conserva. Puede que cambie su forma del modo más complicado, pero ninguna parte de ella se pierde. La conservación de la energía es una de las leyes fundamentales de la física, rige todos los fenómenos naturales conocidos y hasta ahora no se ha observado ninguna violación de esta ley.  Faraday, junto a Oersted y Ampère estableció la relación entre electricidad y magnetismo. Del mismo modo, estableció la relación entre electricidad y la Química en sus leyes de la electroquímica. Faraday pensaba en 1834 que estas fuerzas estaban muy relacionadas y que eran de la misma naturaleza. Consideraba que todas las fuerzas (eléctricas, magnéticas, químicas, gravitatorias, etc.) podrían ser diferentes distribuciones espaciales de la fuerza fundamental. Según esta teoría, las fuerzas pueden convertirse directamente unas en otras, porque en esencia son idénticas. Aunque tal vez parezca anticientífico, la energía  primaria de Faraday y el vril de Lytton podrían ser identificados con la luz astral de los cabalistas. Según Paracelso: “Así como el útero de la madre es el mundo que rodea al niño y del cual el feto recibe su nutrición, de la propia manera la naturaleza, de la cual el cuerpo terrestre del hombre recibe las influencias que actúan en su organismo, el “Ens Astrale” es algo que no vemos pero que nos contiene a nosotros y a todo lo que vive y tiene sensación. Es lo que contiene al aire y del cual viven todos los elementos y los simbolizamos con “M” (Misterium)”. Aquí el gran médico, filósofo y alquimista Paracelso nos habla claramente de la luz astral de los cabalistas, y del azoe y la magnesia de los antiguos alquimistas.

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Según Paracelso, La luz astral, con su “solve et coagule”, es la base de todas las enfermedades y la fuente de toda vida. Toda enfermedad, sea física, moral mental, toda epidemia, tiene sus larvas astrales que al coagularse en el organismo físico humano producen la enfermedad. A Edison se le atribuye la invención de la lámpara incandescente, aunque en realidad sólo fue perfeccionada por él, quien, tras muchos intentos consiguió un filamento que alcanzara la incandescencia sin fundirse. Así, el 21 de octubre de 1879, consiguió que su primera bombilla luciera durante 48 horas seguidas. En el ámbito científico, descubrió el efecto Edison, patentado en 1883, que consistía en el paso de electricidad desde un filamento a una placa metálica dentro de un globo de lámpara incandescente. Aunque ni él ni los científicos de su época le dieron importancia, estableció los fundamentos de la válvula de la radio y de la electrónica. Edison aseguraba que la nueva fuerza era tan distinta y obedecía a leyes como el calor, el magnetismo y la electricidad. Graham Bell descubrió la posibilidad de  hablar  desde  muy  lejos por medio de un aparato llamado  teléfono  que acaba de inventar  Las ondas sonoras recibidas por  un imán, se transmitían eléctricamente a lo largo del alambre en cooperación con dicho imán.  Según un periódico de la época: “El aparato consiste  en  una especie de bocina con una membrana muy delicada en la que repercuten las ondas sonoras cuando se aplica el habla a la bocina. Al otro lado de la membrana hay una pieza  metálica que  al vibrar aquélla se pone en contacto con un  imán y éste con el circuito eléctrico gobernado por el operador. No se sabe cómo, pero lo cierto es que  la  corriente eléctrica transmite con toda exactitud de  uno a otro  aparato  la voz  del que  habla  sin  pérdida de la más leve modulación”. Ante los prodigiosos descubrimientos de finales del siglo XIX, tales como la nueva fuerza de Edison y el teléfono de Graham Bell, hay que descubrirse. La invención del teléfono proporciona una pista sobre lo  que las historias antiguas  dicen  del secreto poseído por los sacerdotes egipcios, quienes durante la celebración de los misterios podían comunicarse instantáneamente de un templo a otro, aunque estuviesen en ciudades distantes. La leyenda atribuye estos mensajes a las “invisibles tribus del aire”.  John Tyndall (1820 – 1893) fue un físico irlandés, conocido por su estudio sobre los coloides. Investigó el llamado efecto Tyndall, al cual se le llamó así en honor a su nombre. Cuando un haz de luz relativamente angosto pasa a través de un coloide como son las partículas de polvo que están en el aire, éstas desvían la luz y aparecen en el haz como pequeñas y brillantes manchitas de luz. En una solución la apariencia es diferente. La desviación de la luz en un coloide ocurre porque las grandes partículas que están en él reflejan la luz produciendo un haz visible de luz que se puede observar. Por lo tanto, un haz de luz que pasa a través de una solución es invisible. Eso explica el efecto “orbes“, unas manchitas blancas como gotitas de agua, en las fotos digitales y que son tomadas como fenómenos paranormales o energía concentrada de la atmósfera. Los “orbes” son producto de éste efecto de la física clásica.

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El profesor Tyndall, en su obra El hombre preadámico cita un ejemplo: “durante su estancia en Egipto, una de las Cleopatras mandó noticias por un alambre a todas las ciudades del alto Nilo,  desde  Heliópolis a Elefantina”. Tyndall habla de un mundo poblado de hermosísimas  figuras  aéreas. Según dice, el descubrimiento consiste en “someter  los vapores de ciertos líquidos volátiles a la concentrada acción de la luz solar o a los enfocados rayos de la eléctrica”. Los vapores de algunos yoduros, nitratos y ciertos ácidos se sujetan a la acción de la luz en  un  tubo de ensayo colocado horizontalmente, de modo  que  su  eje coincida con los rayos paralelos dimanantes de la lámpara. Los vapores forman nubes  de  soberbios  matices  y se agrupan en forma de vasos, botellas, conos, conchas, tulipanes, rosas, girasoles, hojas y volutas.  Dice Tyndall que “la nubecita toma en breve rato la forma de cabeza de sierpe con su boca y lengua”. También dice que  en  cierta  ocasión  los vapores tomaron figura  de pez, con  sus ojos, aletas y escamas,  tan  estrictamente simétrico que no había señal en un lado que no estuviese también en el otro. Según William Howitt, historiador y escritor inglés del siglo XIX: “La mente no basta por sí sola para abarcar lo espiritual. De la propia manera que el sol ofusca la luz de una llama, así el espíritu ofusca la luz de la mente“. El llamado efecto Tyndall puede  explicarse en parte por la acción mecánica de los  rayos lumínicos, según William Crookes (1832 – 1919), químico inglés y uno de los científicos más importantes en la Europa del siglo XIX. Crookes demostró que  el  haz horizontal de rayos luminosos disgrega las moléculas de los vapores y vuelve a agruparlos en forma de globos y husos.  Pero ¿cómo  explicar la formación de figuras como vasos, flores y conchas? Esto es enigmático para la ciencia.  Quienes no hayan estudiado el asunto tal vez se sorprendan de ver  lo mucho  que  en la antigüedad se conocía el omnipenetrante y sutilísimo principio bautizado con el nombre de  éter universal, elemento sutil, incorruptible e inalterable, con el que estarían formados el cielo y los astros, según la cosmología aristotélica. Al ser distinto de los cuatro elementos de los que estaba formado el mundo sublunar, tales como agua, tierra, aire y fuego, fue denominado tambiénquintaesencia, para distinguirlo claramente de los cuatro anteriores.

 

Las raíces de la física, como las de toda la ciencia occidental, se hallan en el primer período de la filosofía griega, en el siglo VI antes de Cristo, en una cultura en la que no existía separación alguna entre ciencia, filosofía y religión. Los sabios de la escuela de Mileto no se preocupaban de tales distinciones. Se denomina escuela de Mileto o Jónica a la fundada en el siglo VI a. C. en la colonia griega de Mileto, en la costa egea de Jonia (Asia Menor). Sus miembros fueron Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. En este mismo siglo la ciudad de Mileto alcanzó la cima de su desarrollo económico, político e intelectual. Fue una escuela filosófica fundada en el siglo VI a. C.. Introdujo nuevos puntos de vista contrarios a las opiniones prevalecientes de la época sobre cómo estaba organizado el mundo: mientras que éstas daban a la voluntad de dioses antropomórficos la responsabilidad sobre los fenómenos naturales, los milesios presentaron una visión de la naturaleza en términos de entidades metodológicamente observables, con lo que puede considerarse a la suya la primera filosofía científica. Durante el siglo XII a.C. en Asia Menor se crearon numerosas colonias debido a la invasión dórica que generaba emigraciones por todas las islas. En esta zona se crearon ciudades como Samos, Éfeso o la propia Mileto que al estar en una zona marítima tenían mucho contacto mercantil y comercial. Durante el siglo VI a.C. llegó también a la isla la filosofía de la mano de Tales de Mileto que fue su máximo exponente. Su finalidad era descubrir la naturaleza esencial, la constitución real de las cosas, que ellos llamaron “físis“. El término “física” se deriva de esta palabra griega, y por lo tanto, inicialmente significaba el empeño por conocer la naturaleza esencial de todas las cosas. Esta es también la finalidad central de todos los místicos. Y la filosofía de la escuela de Mileto tenía ciertamente un fuerte aroma místico. Los de Mileto fueron llamados“hylozoístas“, los que creen que la materia está viva, por los griegos, porque no veían diferencia alguna entre lo animado y lo inanimado, entre espíritu y materia. De hecho, ni siquiera tenían una palabra para designar a la materia, pues consideraban que todas las formas de existencia eran manifestaciones de la “físis” dotadas de vida y de espiritualidad. Así, Tales declaró que todas las cosas están llenas de dioses y Anaximandro vio el universo como una especie de organismo sostenido por el “pneuma” o aliento cósmico, del mismo modo que el cuerpo humano está sustentado por el aire.

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Anaxímenes fue discípulo de Anaximandro. Para Anaxímenes, el aire era la substancia básica y originaria del mundo. Ese aire cambia por condensación y por rarefacción. Anaxímenes escogió el aire como principio originario, de donde procede todo, debido a que podía convertirse en cualquiera de los otros elementos del mundo, como mar o tierra, sin perder su propia naturaleza. Simplemente se condensaba o se rarificaba pero conservando siempre su identidad. Con este planteamiento, Anaxímenes creía resolver las objeciones que Anaximandro había hecho a Tales y que le había impulsado a postular como principio originario a algo indefinido.  Entre las características esenciales que Anaxímenes atribuía al aire serían de destacar que el aire tenía una extensión indefinida y, por ello, sería algo que circunda todas las cosas. Mientras que en Homero tenía el significado de neblina como algo visible, en Anaxímenes el aire tiene el significado de aire-aliento, con lo que el alma estaría emparentado con esta concepción. Por todo ello, parece que para Anaxímenes el aire era invisible. Este aire invisible adoptaría, sin dejar de ser aire, diferentes formas según sea aire rarificado o aire condensado. El aire sería la única causa material del movimiento y defendía que el principio originario podía cambiar en lo que quisiera y cuando quisiera. Anaxímenes parecía creer también en formas básicas que derivan de aire, como el fuego, el viento y las nubes,  y que las cosas  se componían de tales elementos. El aire tendría carácter divino, es decir, sería inmortal y eterno. Incluso los dioses procederían de ese aire primigenio. En este sentido, Anaxímenes, sería un precursor de Jenófanes y de Heráclito en su crítica a los dioses tradicionales. El carácter divino del aire hace que su poder penetre completamente los cuerpos, lo que recuerda al pensamiento de los estoicos. Incluso algunos autores, como Burnet, identifican a los dioses de Anaxímenes con los mundos innumerables. Es importante notar que Anaxímenes compara el aire cósmico con el pneuma (aliento), al que, tradicionalmente, se le considera como sinónimo de alma-aliento (psyjé) dadora de vida. En este sentido, parece que Anaxímenes consideró el aire como el aliento del mundo y, en consecuencia, como su fuente eterna y divina.

 

Anaxímenes explica la formación del mundo a partir de la existencia del aire indiferenciado. La tierra nacería de la condensación de una parte del aire primigenio indefinidamente extenso. Anaxímenes no sugiere ninguna razón que explique esa condensación inicial, salvo, tal vez, la del movimiento eterno que expresaría la capacidad de la materia substancial originaria y divina de iniciar un cambio allí donde quisiera.  Según Anaxímenes, los cuerpos celestes nacen, en cierto sentido, a partir de la tierra, en tanto proceden del vapor húmedo exhalado. Al rarificarse se convierte en fuego, del que están compuestos los cuerpos celestes. Anaxímenes pensaba que la tierra era ancha, plana y poco profunda y que estaba sostenida sobre el aire, al modo en que las hojas flotan sobre tal aire.  Esta idea era una adaptación a la teoría de Tales de que la tierra flotaba sobre el agua. Aristóteles sugiere que la causa que explica que el aire pudiera actuar como soporte residiría en que el aire bajo la tierra estaría comprimido y no podría escaparse. Pero no parece ser esta la idea de Anaxímenes, para el que  el aire circundante era absolutamente ilimitado, lo que parece implicar que si sostenía la tierra ello se debía a su indefinida profundidad. Los cuerpos celestes surgirían a partir del vapor que procedía de la tierra, el cual acabaría por convertirse en fuego por un proceso de rarefacción. Al igual que la tierra, cabalgan sobre el aire. Sin embargo, puesto que los cuerpos celestes se componen de fuego, y éste es más difuso que el aire, existe una dificultad que no parece haber tenido en cuenta Anaxímenes, cuando hace descansar a tales cuerpos, formados de fuego, sobre el aire. Los movimientos del sol y de los cuerpos celestes se deben a los vientos, aire ligeramente condensado. Existen textos que nos transmiten la idea de que Anaxímenes postuló la existencia de cuerpos celestes invisibles para explicar los eclipses.  Existe un texto de Aecio, filósofo peripatético del siglo I o siglo II a. C., en donde se dice que Anaxímenes pensaba que así como nuestra alma, que es aire, nos mantiene unidos, de la misma manera el viento, o aliento, envuelve todo el mundo. Una posible interpretación de la expresión atribuida a Anaximenes acerca de que el aire es como el alma que mantiene unido todo el cosmos, sería que el aire, o aliento, rodea el mundo entero de la misma manera que nuestra alma, que también es aliento, gobierna y mantiene unido nuestro cuerpo. es de suponer que Anaxímenes sostuviera que el alma posee el cuerpo y lo penetra completamente. Anaxímenes pudo haber usado el término pneuma, que en Homero tiene el significado de alma-vida, como principio vital o motriz del hombre. También se manifestaría en el mundo exterior bajo la forma de viento. En definitiva, el principio vital del mundo exterior sería pneuma, lo que implicaría que el viento-aliento-aire serían sinónimo de vida y ésta sería la causa motriz y substancia de la todas las cosas.

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Existía también una tradición popular que consideraba que el alma estaría compuesta de eter igneo y que llenaría el cielo exterior. Esta interpretación será asumida por Heráclito, que desarrollará la suposición, implícita en Anaxímenes, de que el hombre y el mundo exterior están hechos del mismo material y se comportan de acuerdo a cánones semejantes. La visión monista y orgánica de los filósofos de Mileto estaba muy cercana a las antiguas filosofías de China e India, y estos paralelismos con el pensamiento oriental se acentúan todavía más en Heráclito de Efeso. Heráclito creía en un mundo en perpetuo cambio, en un eterno “devenir”. Para Heráclito todo ser estático estaba basado en un error de apreciación y su principio universal era el fuego, símbolo del flujo continuo y del cambio de todas las cosas. Heráclito enseñó que todos los cambios que se producen en el mundo ocurren por la interacción dinámica y cíclica de los opuestos, y consideraba que todo par de opuestos formaba una unidad. A esa unidad, que contiene y trasciende a todas las fuerzas opuestas, la llamó el Logos. Heráclito utiliza esta palabra en su teoría del ser, diciendo: “No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno“. Tomando al logos como la gran unidad de la realidad, acaso lo real, Heráclito pide que la escuchemos, es decir, que esperemos que ella se manifieste sola en lugar de presionar. El ser de Heráclito, entendido como logos, es la Inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. Cuando un ente pierde el sentido de su existencia se aparta del Logos. Esta unidad comenzó a resquebrajarse con la Escuela Eleática, corriente filosófica griega de los siglos VI y V a. C., que asumió la existencia de un principio divino que prevalecía sobre todos los dioses y los hombres. Inicialmente se identificó a este principio con la unidad del universo, pero luego se consideró que era un dios inteligente y personal que gobierna y dirige al mundo. Así comenzó una tendencia de pensamiento que llevó finalmente a la separación entre espíritu y materia, y a un dualismo que se convirtió en la característica de la filosofía occidental. Parménides de Elea, cuna de la Escuela Eleática,cuyo pensamiento era totalmente opuesto al de Heráclito, dio un paso decisivo en esa dirección. Llamó a su principio básico el Ser y sostuvo que era único e invariable. Consideró que el cambio era imposible y anunció que los cambios que creemos percibir en el mundo son meras ilusiones de los sentidos. A partir de esa filosofía, el concepto de una substancia indestructible que presenta propiedades variables fue creciendo, hasta llegar a convertirse en uno de los conceptos fundamentales del pensamiento occidental.

 

En el siglo V antes de Cristo, los filósofos griegos intentaron superar el contraste que existía entre las visiones de Parménides y Heráclito. A fin de reconciliar la idea del Ser inmutable de Parménides con el eterno Devenir de Heráclito, asumieron que el Ser se manifiesta en ciertas substancias invariables y que la mezcla o separación de las mismas origina los cambios que tienen lugar en el mundo. Esto los llevó al concepto del átomo, la unidad más pequeña de materia indivisible, cuya más clara expresión se halla en la filosofía de Leucipo y Demócrito. Los atomistas griegos trazaron una clara línea divisoria entre espíritu y materia, representando a la materia como constituida por diversos “ladrillos básicos“. Estos eran partículas puramente pasivas e intrínsecamente muertas que se movían en el vacío. No se explicaba la causa de su movimiento, pero se solía relacionar con fuerzas externas que se suponían de origen espiritual y que eran fundamentalmente diferentes de la materia. En siglos posteriores esta imagen se convirtió en un elemento esencial del pensamiento occidental, del dualismo entre mente y materia, entre cuerpo y alma. Una vez que la idea de la separación entre espíritu y materia hubo arraigado, los filósofos, en lugar de hacia el mundo material, volcaron su atención hacia el mundo espiritual, hacia el alma humana y hacia los asuntos de la ética y la moralidad. Estas cuestiones ocuparon el pensamiento occidental durante más de dos mil años, a partir de la culminación de la ciencia y la cultura griegas, que tuvo lugar en los siglos V y IV antes de Cristo. El conocimiento científico de la antigüedad fue sistematizado y organizado por Aristóteles, quien creó el esquema que serviría de base durante dos mil años a la concepción occidental del universo. Aristóteles (384 – 322 a. C.) fue un filósofo, lógico y científico de la Antigua Grecia, cuyas ideas han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de Occidente por más de dos milenios. Aristóteles escribió cerca de 200 tratados sobre una enorme variedad de temas, incluyendo lógica, metafísica, filosofía de la ciencia, ética, filosofía política, estética, retórica, física, astronomía y biología. Aristóteles transformó muchas, si no todas, las áreas del conocimiento que tocó. Es reconocido como el padre fundador de la lógica y de la biología, pues si bien existen reflexiones y escritos previos sobre ambas materias, es en el trabajo de Aristóteles donde se encuentran las primeras investigaciones sistemáticas al respecto. Entre muchas otras contribuciones, Aristóteles formuló la teoría de la generación espontánea, el principio de no contradicción, las nociones de categoría, sustancia, acto, potencia y primer motor inmóvil. Algunas de sus ideas, que fueron novedosas para la filosofía de su tiempo, hoy forman parte del sentido común de muchas personas. Aristóteles fue discípulo de Platón y de otros pensadores, como Eudoxo, durante los veinte años que estuvo en la Academia de Atenas. Fue maestro de Alejandro Magno en el Reino de Macedonia. En la última etapa de su vida fundó el Liceo en Atenas, donde enseñó hasta un año antes de su muerte.

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Aristóteles creía que las cuestiones relativas a la perfección del alma humana y a la contemplación de Dios eran mucho más importantes que las investigaciones sobre el mundo material. La razón por la que el modelo aristotélico del universo permaneció incontestado durante tanto tiempo fue precisamente esa falta de interés en el mundo material, y también la gran influencia de la Iglesia Cristiana que apoyó las doctrinas de Aristóteles durante toda la Edad Media. La ciencia occidental no alcanzó mayor desarrollo hasta la llegada del Renacimiento. Fue entonces cuando el hombre comenzó a liberarse de la influencia de Aristóteles y de la Iglesia, mostrando un nuevo interés en la naturaleza. El estudio de la naturaleza con un espíritu realmente científico se llevó a cabo por primera vez a finales del siglo XV, efectuándose experimentos a fin de demostrar las ideas especulativas. Dado que este desarrollo se dio paralelo a un creciente interés por las matemáticas, finalmente condujo a la formulación de verdaderas teorías científicas basadas en la experimentación y expresadas en el lenguaje matemático. Galileo fue el primero que combinó el conocimiento experimental con las matemáticas y es, por ello, considerado como el padre de la ciencia moderna. El nacimiento de la ciencia moderna fue precedido y acompañado por una evolución del pensamiento filosófico que llevó a una formulación extrema del dualismo espíritu-materia. Esta formulación apareció en el siglo XVII en la filosofía de René Descartes, quien basó su visión de la naturaleza en una división fundamental en dos reinos separados e independientes: el de la mente (res cogitans) y el de la materia (res extensa). Esta división cartesiana permitió a los científicos tratar a la materia como algo muerto y totalmente separado de ellos mismos, considerando al mundo material corno una multitud de objetos diferentes, ensamblados entre sí para formar una máquina enorme. Esta visión mecanicista del mundo la mantuvo también Isaac Newton, quien construyó su mecánica sobre esta base y la convirtió en los cimientos de la física clásica. Desde la segunda mitad del siglo XVII hasta finales del siglo XIX, el modelo mecanicista newtoniano del universo dominó todo el pensamiento científico. Fue paralelo a la imagen de un dios monárquico, que gobernaba el mundo desde arriba, imponiendo en él su divina ley. Así, las leyes de la naturaleza investigadas por los científicos fueron consideradas como las leyes de Dios, invariables y eternas, a las que el mundo se hallaba sometido. La filosofía de Descartes no sólo tuvo su importancia en el desarrollo de la física clásica, sino que además ejerció una influencia tremenda sobre el modo de pensar occidental, hasta nuestros días.

 

La famosa frase de Descartes “Cogito ergo sum” (pienso, luego existo), llevó al hombre occidental a considerarse identificado con su mente, en lugar de hacerlo con todo su organismo. Como consecuencia de esta división cartesiana, la mayoría de los individuos son conscientes de sí mismos como egos aislados, que existen “dentro” de sus cuerpos. La mente fue separada del cuerpo y se le asignó la tarea de controlarlo, causando así un aparente conflicto entre la voluntad consciente y los instintos involuntarios. Cada individuo fue además dividido en un gran número de compartimentos separados, de acuerdo a sus actividades, sus talentos, sus sentimientos, sus creencias y así sucesivamente, generándose de este modo conflictos sin fin, una gran confusión metafísica y una continua frustración. Esta fragmentación interna es un reflejo del “mundo exterior“, percibido como una multitud de objetos y acontecimientos separados. El entorno natural es tratado como si consistiera en partes separadas, que existen para ser explotadas por diferentes grupos de interés. Esta visión fragmentada es acentuada todavía por la sociedad, dividida en diferentes naciones, razas y grupos religiosos y políticos. La creencia de que todos esos fragmentos, en nosotros mismos, en nuestro entorno y en nuestra sociedad, están realmente separados, puede considerarse como la razón esencial de la presente serie de crisis sociales, ecológicas y culturales. Nos ha separado de la naturaleza y de nuestros congéneres humanos. Ha generado una distribución enormemente injusta de los recursos naturales, creando el desorden político y económico, una creciente ola de violencia, tanto espontánea como institucionalizada y un feo y contaminado medio ambiente, en el que la vida se ha hecho a veces malsana, tanto física como mentalmente. La división cartesiana y el concepto mecanicista del mundo han sido al mismo tiempo benéficos y perjudiciales. Fueron benéficos para el desarrollo de la física y de la tecnología clásica, pero han tenido muchas consecuencias adversas para nuestra civilización. Es fascinante ver cómo la ciencia del siglo XX, que tuvo su origen en la división cartesiana y en el concepto de un mundo mecanicista y que realmente sólo llegó a ser posible a causa de dicho concepto, supera ahora esa fragmentación y vuelve a la idea de unidad, tal como era expresada en las primitivas filosofías griegas y orientales.

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Los antiguos teúrgos o magos creían que los llamados milagros, como los de Moisés y el Conde Alessandro di Cagliostro (1743 – 1795), médico, alquimista, ocultista, rosacruz y alto masón, estuvieron en perfecta concordancia con las leyes naturales y, por lo tanto, no fueron tales milagros.  La electricidad y el magnetismo intervinieron sin duda alguna  en  muchos de estos prodigios. Pero cabe admitir que las personas suficientemente  sensitivas  pueden servir de conductores inconscientes y tal vez actúen en  virtud de estos fluidos tan poco conocidos todavía por las ciencias.  Esta fuerza posee infinidad de atributos y propiedades en su mayor parte ignoradas de los físicos. Los fenómenos de  magia  natural,  presenciados en Siam, India, Egipto y otros países de Oriente, no tienen  nada de común con la prestidigitación, pues los primeros son efecto de fuerzas naturales ocultas, y la segunda es un artificio ilusionante obtenido por medio de hábiles manipulaciones. Los taumaturgos  de toda  época  obraban  prodigios por estar familiarizados con las ondulaciones imponderables en sus efectos, pero perfectamente tangibles, de  la  luz astral, cuyas corrientes  guiaban con  la  fuerza de su voluntad. Los prodigios tenían doble un carácter  físico y psíquico,  con  sus  correspondientes  efectos materiales y mentales. Estos últimos son de índole análoga a los  producidos por Mesmer y sus sucesores,  entre  quienes se cuentan el Barón du Potet y Regazzoni. Franz Anton Mesmer (1734 – 1815) fue un médico alemán. Descubrió lo que él llamó magnetismo animal y que otros después llamaron mesmerismo. El mesmerismo se refería a un supuesto medio etéreo postulado como agente terapéutico por primera vez en el mundo occidental por el médico Franz Mesmer. Fue un término muy usado en la segunda mitad del siglo XVIII. La evolución de las ideas y prácticas de Mesmer hicieron que James Braid (1795-1860) desarrollara la hipnosis en 1842. El hipnotismo es  la más  importante modalidad de la magia, cuyos efectos tienen por causa el agente universal propio  de  las obras mágicas que en todo tiempo se denominaron milagros. Los antiguos llamaron caos a  este agente;  Platón  y  los  pitagóricos  el  alma  del mundo, y  según  los indos, la Divinidad en forma de éter  penetra  todas las cosas. Es un fluido invisible, y sin embargo, sumamente tangible.  Los teúrgos lo llamaron fuego viviente o espíritu de luz,  cuya  denominación  denota sus propiedades magnéticas y naturaleza mágica. Crookes dice en su obra Espiritismo fenoménico: “Los  centenares de hechos  que  estoy en disposición de atestiguar y cuyo remedo por artificios mecánicos desafiaría la habilidad y destreza  de un Houdini, ocurrieron en m propia  casa, a horas fijadas por mí mismo y en circunstancias que imposibilitaban absolutamente el empleo del más sencillo instrumento“.

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Para averiguar la  etimología  de  la  palabra magnetismo, hay que remontarse a épocas  inconcebiblemente remotas. Muchos creen  que la piedra imán  deriva su  nombre del de la ciudad de Magnesia, en Tesalia, donde abunda en extremo, pero probablemente   sea más acertada la opinión de los herméticos. La palabra mago se deriva del  sánscrito mahaji,  que significa  grande o sabio, o el ungido  con  la  sabiduría divina. A este propósito dice Dunlap en Misterios de Musah: “Eumolpo es el  mítico  fundador  de los eumólpidos o sacerdotes que atribuían su saber a la inteligencia  divina”.  Las cosmogonías de los diversos pueblos identificaban elalma del mundo con la mente del Demiurgos, la Sophía de los agnósticos o el Espíritu Santo  en  su aspecto fenoménico. Y como los magos derivaban su  nombre de este principio, se llamó magnes a la piedra imán, en  honor de los que primeramente descubrieron sus maravillosas propiedades.  El alma del mundo (anima mundi) es el espíritu etérico puro, que fue proclamado por algunos filósofos antiguos como lo subyacente en toda la naturaleza. Es lo que anima la naturaleza de todas las cosas como la misma alma anima al ser humano. Según  Platón, en el Timeo: “Por tanto, es de resaltar que: este mundo es, de hecho, un ser viviente dotado con alma e inteligencia […] una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo, los cuales por naturaleza propia están todos interconectados“. La idea se originó con Platón y también está presente en doctrinas orientales como el Brahman (Dios) y el atman (alma) en el hinduismo. Consecuentemente los estoicos creían que era la única fuerza vital presente en el universo. Similares conceptos fueron sostenidos por filósofos tales como Paracelso (1493-1541), Baruch Spinoza (1632-1677), Gottfried Leibniz (1646-1716) y Friedrich Schelling (1775-1854). Recientemente ha sido recobrada por defensores de la hipótesis de Gaia, que considera que la Tierra es un ser vivo, tal como opina James Lovelock, científico, meteorólogo y escritor inglés. En la antigüedad, los templos de los magos abundaban en todas  partes. Y  entre ellos había  algunos dedicados a Hércules, por lo que se dio a la piedra imán el  nombre  de  magnesiana o heráclea, cuando se supo que los sacerdotes la empleaban en sus  operaciones  terapéuticas y mágicas. Sobre este particular dice  Sócrates:  “Eurípides la denomina  piedra  magnesiana,  pero el vulgo la llama heráclea”. De modo que los magos dieron nombre  a  la  comarca tesaloniense de Magnesia y a la  piedra  imán  que  allí  abundaba y no al contrario. A Hércules se le llamaba rey de los  musianos, y  musiana  era la fiesta del “espíritu y la materia” simbolizados por Adonis y Venus, Baco y Ceres. Dice Dunlap, en Misterio de  Adonis, que  Juliano y Anthon  identificaban a Esculapio como “el  Salvador de todas las cosas” y con  Phtha,  mente creadora y sabiduría divina, Apolo,  Baal, Adonis y Hércules.  Phtha es el “Anima Mundi” de Platón y la luz  astral de los cabalistas.  Sin embargo, Jules Michelet opina que el Heracles griego era el adversario de las orgías báquicas con sus consiguientes sacrificios humanos.

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Plinio dice que los sacerdotes romanos  magnetizaban  el  anillo  nupcial antes de la ceremonia. Los historiadores paganos  guardan  cuidadoso  silencio  acerca de los misterios mágicos, y Pausanias  declara  que en sueños le conminaron a no revelar los sagrados ritos del templo de Demetrio y Perséfona en Atenas. Es asombroso que las ciencias  experimentales no acierten a dar una hipótesis razonable sobre la fuerza magnética. Diariamente aparecen pruebas  de  que esta modalidad energética intervenía en los misterios  teúrgicos  y,  por  su  influencia, se explican  las secretas facultades de los taumaturgos  para realizar  tantos prodigios. De esta índole fueron los dones otorgados por Jesús a sus discípulos, pues en  el momento  del  milagro  sentía Jesús una fuerza dimanante de él. En su diálogo con Theages  habla Sócrates de  su  daimon o  dios  familiar, así como de la facultad que poseía de  transmitir o retener  los  conocimientos y virtudes, de modo que las gentes recibiesen o no beneficio de su compañía. Y al respecto cita  el siguiente ejemplo, en palabras puestas en boca de Arístides: “He de declararte, Sócrates, una cosa increíble,  pero que  por  los  dioses  te  aseguro cierta. Allego mucho beneficio cuando estoy contigo en la  misma  casa;  y  el  beneficio es todavía mayor si estamos en el mismo aposento y todavía  más si  te veo a mi lado,  pero sube de punto cuando  me pongo en toque contigo”. Este es el magnetismo é hipnotismo del Barón du Potet  y otros experimentadores que, luego de someter al sujeto a su  influencia  fluídica,  pueden  transmitirle el pensamiento desde cualquier distancia y moverle irresistiblemente a obedecer sus mandatos mentales. Sin  embargo, los antiguos filósofos conocían  mucho  mejor  esta energía  psíquica,  según se infiere de los  informes en las primitivas fuentes.  Pitágoras  enseñaba  que la  Mente Divina está difundida é infundida en todas las cosas, de modo que por su universalidad cabe transportarla de un objeto  a otro y servir de instrumento a la voluntad para formar  todas las cosas. Según Platón, la Mente DivinaNous  es el  Kurios  de los griegos. A este propósito dice: “Kurios simboliza la pura y simple naturaleza de la mente, la sabiduría”. Así tenemos que Kurios es Mercurio o sabiduría divina  y  Mercurio  es  el  Sol, de quien Thot o Hermes recibió la sabiduría transmitida al  mundo  por  mediación de sus obras. Hércules es también el Sol, considerado como depósito celeste del magnetismo universal. O, mejor dicho, Hércules  es  la luz magnética que transmitida a través del “ojo abierto en los cielos” penetra en las regiones  de nuestro planeta para convertirse en el Creador.

 

Los antiguos no consideraban el sol  como  directo  manantial de luz y calor, sino tan sólo como agente transmisor de la  luz.  Por  esta razón los egipcios le llamaban “el ojo de Osiris”, o sea del Logos, o luz manifestada al mundo, la Mente del Absoluto. Esta luz nos da a conocer el demiurgo, el Creador de nuestro  planeta y de cuantas  cosas contiene. Los dioses solares o Logos no tienen nada que ver con el invisible y desconocido universo diseminado por  el  espacio. Los “Libros de Hermes” expresan este concepto. En los Misterios de Samotracia, después de la distribución del fuego puro, empezaba una nueva vida. Este era el nuevo nacimiento a que Jesús aludía en su  plática con  Nicodemo. Y sobre ello dice Platón: “Iniciaos en el más bendito misterio y sed puros, para  llegar a ser justos y santos con sabiduría”. Y según los Evangelios: “Y dichas  estas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Este simple acto de la voluntad  bastaba para transmitir el don de profecía en su  más alta modalidad, si tanto el iniciador  como el iniciado eran  dignos de  ello. En todo tiempo intentó el  hombre levantar el velo que  oculta a sus ojos lo futuro y, por lo tanto, siempre se tuvo la profecía  por don concedido por Dios a la mente humana.  Ahora bien; ¿qué es esta mística y primordial  substancia? El Génesis la  simboliza en “las aguas sobre que  flotaba  el  espíritu de Dios”. El libro de Job  dice que “abajo de  las  aguas  fueron  formadas las cosas sin  alma que habitan allí”;  pero en el texto  original, en  vez de “cosas inanimadas” se lee los “muertos rephaim”.  Después del Diluvio, una raza de guerreros semidivinos habitó las tierras del Levante. Llamados los Refaítas o Rephaim, se instalaron al parecer como los defensores de las tierras occidentales al principio del tercer milenio antes de Cristo. En este tiempo debieron su lealtad a los reyes de Mesopotamia, especialmente a Nannar-Sin que era el legítimo Jefe Supremo de estas tierras. Cuando sus ciudades en Transjordania y en otras partes fueron destruidas por los reyes del Este, que las invadieron en el siglo XXI a.C., los Rephaim perdieron toda lealtad a la legítima autoridad y se convirtieron en una fuerza marcial independiente en las tierras occidentales. Entonces se convirtieron en una fuerza formidable e incontrolable que dominó a la gente de estas tierras por los siguientes mil años. Fueron los Rephaim s los que construyeron impenetrables fortificaciones cuyas ruinas se encuentran en todas partes del Levante, desde Egipto hasta Anatolia. Sus descendientes, llamados los Hiksos, ocuparon Egipto por más de cuatro cientos años. Y bajo el nombre bíblico de Amalecitas, evitaron a las tribus hebreas bajo las órdenes de Moisés de entrar en las tierras de Canaán. Como fuerza política y militar, los esfuerzos combinados de los reyes judíos Saúl y David finalmente los destruyeron, conjuntamente con Kamose y Ahmose, los primeros reyes de la XVIII dinastía egipcia. La historia de los Rephaim está relacionada con el destino de los hebreos desde los días de Abraham hasta los de Salomón.

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En la mitología egipcia el  Absoluto está simbolizado por una serpiente enroscada alrededor de una vasija, sobre cuyas aguas planea su cabeza en actitud de fecundarlas con su aliento. La serpiente es, en este caso, emblema de la eternidad y representa aAgathodaimon o  el espíritu del bien, cuyo opuesto es Kakothodaimon espíritu del mal.  Los  Eddas  escandinavos  dicen  que durante la noche, cuando el ambiente está impregnado de humedad, cae el rocío de miel, alimento de los dioses y de  las  creadoras abejas del árbol  Yggdrasil, un fresno perenne, el árbol de la vida, o fresno del universo, en la mitología nórdica. Sus raíces y ramas mantienen unidos los diferentes mundos: Asgard, Midgard, Helheim, Niflheim, Muspellheim, Svartalfheim, Alfheim, Vanaheim y Jötunheim. De su raíz emana la fuente que llena el pozo del conocimiento, custodiado por Mímir. A los pies del árbol se encontraba el dios Heimdall, que era el encargado de protegerlo de los ataques del dragón Níðhöggr y de una multitud de gusanos que trataban de corroer sus raíces y derrocar a los dioses a los que este representaba. Pero también contaba con la ayuda de las nornas, que lo cuidaban regándolo con las aguas del pozo de Urd. Un puente unía el Yggdrasil con la morada de los dioses, el Bifröst, el arco iris, en que todos los dioses lo cruzaban para entrar en el Midgard. Yggdrasil rezuma miel y cobija a un águila sin nombre que entre sus ojos tiene un halcón que se llama Veðrfölnir, a una ardilla llamada Ratatösk, a un dragón llamado Níðhöggr y a cuatro ciervos, Dáinn, Dvalin, Duneyrr y Duraþrór. Cerca de sus raíces habitan las nornas,, o espíritus femeninos. Todo ello simboliza el pasivo principio de la creación  del  universo  sacado de  las  aguas,  y  el rocío de miel es una modalidad de la luz  astral  con  propiedades creadoras y destructoras. En la leyenda caldea de Beroso, se dice que el hombre pez,  llamado Oännes o Dagón, instruye a las gentes y les muestra el mundo recién salido  de  las aguas,  con todos los seres procedentes de esta primera substancia. Moisés enseña  que sólo la tierra y el agua pueden engendrar el alma viviente, y  en  las  Escrituras  hebreas  leemos  que las hierbas no crecieron  hasta que el Eterno derramó lluvia sobre la tierra. En el Popol–Vuh de los americanos, se dice que el hombre fue formado a partir del limo  de  las  aguas. Según los Vedas,  Brahmâ está sentado en el loto de agua, aire y tierra, después de dar existencia a los  espíritus  que, por lo tanto,  tienen prelación sobre los mortales.  Los  alquimistas  enseñaban  que la tierra primordial preadámica es como el agua  clara,  que en  la  segunda  etapa de su transmutación en substancia  primaria contiene  todos los elementos  constitutivos del hombre, no solo por lo que  atañe  a su naturaleza orgánica, sino también el latente “soplo de vida” o “el Espíritu de Dios flotando sobre  las  aguas”,  o el caos, que de este modo se identifica con la substancia primaria. Por esta razón aseguraba Paracelso que era capaz de formar  homúnculos, y el insigne filósofo Tales de Mileto decía que el agua es el principio de todas las cosas en la naturaleza.

 

Fritjof Capra, un reconocido físico austriaco, ha puesto al descubierto en su libro, “El Tao de la Física”,  los paralelismos existentes entre la visión del mundo de los físicos y la del misticismo oriental. En su opinión, en la que está basado este artículo, la terminología china del ying y el yang parece muy adecuada para describir este desequilibrio cultural. Nuestra cultura ha favorecido los valores y actitudes yang o masculinas y ha descuidado sus contrapartes ying o femeninas, que le son complementarias. Hemos favorecido el análisis sobre la síntesis o el conocimiento racional sobre la sabiduría intuitiva. Según Fritjof Capra estamos siendo testigos del inicio de un tremendo movimiento, que parece ilustrar el antiguo refrán chino que dice: “Cuando el yang ha alcanzado su punto culminante, retrocede dejando paso al ying“. La creciente preocupación por la ecología, el intenso interés por el misticismo, el surgimiento de la conciencia feminista y el redescubrimiento de los enfoques holísticos sobre la salud y la curación, son todas manifestaciones de una misma tendencia. La parte más científica de este artículo se basa en gran parte en las ideas y obras de  Fritjof Capra. Doctor en Física teórica por la Universidad de Viena en 1966, Fritjof Capra ha trabajado como investigador en física subatómica en la Universidad de París, en la Universidad de California, en Santa Cruz, en el Acelerador Lineal de Londres y en el Laboratorio Lawrence Berkeley. También ha sido profesor en la Universidad de California, en Berkeley y en la Universidad de San Francisco. En paralelo a sus actividades de investigación y enseñanza, desde hace más de 30 años Capra ha estudiado en profundidad las consecuencias filosóficas y sociales de la ciencia moderna. Sobre este tema imparte seminarios y conferencias, con relativa frecuencia, en diversos países. Su producción literaria se inició con la publicación de “El Tao de la Física”, que supuso el punto de partida de numerosas publicaciones sobre la interrelación entre el universo descubierto por la física moderna y el misticismo antiguo, principalmente oriental. Sus trabajos de investigación y divulgación siguientes incluyen estudios en que los postulados aportados por su primer libro se extienden a otras áreas, como la biología y la ecología, enfatizando en todos ellos la necesidad de alcanzar una nueva comprensión del universo que nos rodea como un todo en el que, para comprender sus partes, es necesario estudiar su interrelación con el resto de los fenómenos, pues su visión está basada en que la naturaleza de la realidad es un proceso creativo e interconectado en el que nada puede ser entendido por sí mismo, sino por su pertenencia a la infinita y extensa danza de la creación.

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Fritjof Capra explica una hermosa experiencia que tuvo y que le impulsó a escribir “El Tao de la Física”: “Estaba yo una tarde de verano sentado frente al océano, con el sol ya declinando. Observaba el movimiento de las olas y sentía al mismo tiempo el ritmo de mi respiración, cuando de pronto fui consciente de que todo lo que me rodeaba parecía estar enzarzado en una gigantesca danza cósmica. Como físico, sabía que la arena, las rocas, el agua y el aire que había a mi alrededor estaban formados por vibrantes moléculas y átomos y que estos, a su vez, se componían de partículas que interactuaban unas con otras creando y destruyendo a otras partículas. También sabía que la atmósfera de la Tierra es bombardeada continuamente por una lluvia de “rayos cósmicos”, partículas de alta energía que sufren múltiples colisiones al penetrar en la atmósfera. Todo esto me resultaba conocido por mis investigaciones físicas en el campo de la alta energía, pero hasta aquel momento sólo lo había experimentado a través de gráficos, diagramas y teorías matemáticas. Sin embargo, sentado en aquella playa, mis anteriores experiencias cobraron vida; “vi” cascadas de energía que llegaban del espacio exterior, en las que las partículas eran creadas y destruidas siguiendo una pulsación rítmica. “vi” los átomos de los elementos y los de mi cuerpo participando en aquella danza cósmica de energía; sentí su ritmo y “oí” su sonido, y en ese momento supe que aquélla era la Danza de Shiva, el Señor de los Danzantes adorado por los hindúes. Hasta entonces había pasado por un largo entrenamiento en física teórica y había dedicado varios años a la investigación. Al mismo tiempo me interesé por el misticismo oriental y comencé a ver analogías entre dicho misticismo y la física moderna. Me sentí especialmente atraído por los enigmáticos aspectos del Zen, que me recordaron los misterios de la teoría cuántica. Al principio, estas relaciones fueron un ejercicio puramente intelectual. Salvar el abismo entre el pensamiento racional analítico y la experiencia meditativa de la verdad mística fue, y todavía es, algo muy difícil para mí. Al principio me ayudaron “centrales de energía” que me enseñaron cómo la mente puede fluir en libertad y cómo las evidencias espirituales llegan por sí mismas, sin esfuerzo alguno, emergiendo de las profundidades de la consciencia. Recuerdo mi primera experiencia de este tipo. Después de años de pensamiento detallado y analítico, su llegada fue tan arrolladora que me hizo estallar en lágrimas, de un modo no distinto a Castaneda, volcando seguidamente mis impresiones en un trozo de papel. Más tarde me llegó la experiencia de la Danza de Shiva. A esta experiencia siguieron otras parecidas que me ayudaron a darme gradualmente cuenta de que una nueva visión del mundo está comenzando a emerger desde la física moderna, en armonía con la antigua sabiduría oriental. Durante años tomé muchas notas y escribí algunos artículos sobre los paralelismos que iba descubriendo, hasta que finalmente resumí mis experiencias en el presente libro“.

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La influencia que la física moderna tiene en casi todos los aspectos de la sociedad humana es notable. Se ha convertido en la base de las ciencias naturales, y la combinación de las ciencias naturales y las ciencias técnicas ha cambiado las condiciones de la vida sobre la Tierra. Sin embargo, la influencia de la física moderna va mucho más allá de la tecnología. Se extiende al campo del pensamiento y de la cultura, donde ha generado una profunda revisión de nuestros conceptos sobre el universo y de nuestra relación con él. La exploración de los mundos atómico y subatómico llevada a cabo durante el siglo XX ha puesto de manifiesto la estrechez y limitación de las ideas clásicas y ha motivado una revisión radical de muchos de nuestros conceptos básicos. Así, el concepto de materia en la física subatómica, por ejemplo, es totalmente diferente de la idea tradicional asignada a la sustancia material en la física clásica. Lo mismo ocurre con los conceptos de tiempo, espacio, causa y efecto. Y dado que nuestra perspectiva del mundo está basada sobre tales conceptos fundamentales, al modificarse éstos, nuestra visión del mundo ha comenzado a cambiar. Estos cambios, originados por la física moderna, han sido ampliamente discutidos durante las últimas décadas tanto por físicos como por filósofos, pero en raras ocasiones se ha observado que todos ellos parecen llevar hacia una misma dirección, que sería una visión del mundo que resulta muy parecida a la que presenta el misticismo oriental. Los conceptos de la física moderna muestran con frecuencia sorprendentes paralelismos con las filosofías religiosas del lejano Oriente, como el budismo, el taoísmo y el confucianismo, el hinduismo, la religión china, el mazdeísmo, o religión persa, la religión japonesa y la religión coreana. Aunque estos paralelismos no han sido todavía explorados en profundidad, sí fueron advertidos por algunos de los grandes físicos del siglo XX, cuando con motivo de sus conferencias en la India, China y Japón, entraron en contacto con la cultura del lejano Oriente. Al respecto, Julius Robert Oppenheimer, físico teórico estadounidense de origen judío y profesor de física en la Universidad de California en Berkeley, en su obra Science and the Common Understanding, dice: “Las ideas generales sobre el entendimiento humano, ilustradas por los descubrimientos ocurridos en la física atómica, no constituyen cosas del todo desconocidas, de las que jamás se oyera hablar, ni tampoco nuevas. Incluso en nuestra propia cultura tienen su historia y en el pensamiento budista e hindú ocupan un lugar muy importante y central. Lo que hallaremos es un ejemplo, un desarrollo y fin refinamiento de la sabiduría antigua“. Oppenheimer es una de las personas a menudo nombradas como «padre de la bomba atómica», debido a su destacada participación en el Proyecto Manhattan, el proyecto que consiguió desarrollar las primeras armas nucleares de la historia, durante la Segunda Guerra Mundial. La primera bomba nuclear fue detonada el 16 de julio de 1945 en la Prueba Trinity, en Nuevo México, Estados Unidos.

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Oppenheimer declararía más tarde que le vinieron a la mente las palabras del Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos». Oppenheimer siempre expresó su pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas nucleares fueron lanzadas contra los japoneses en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Niels Henrik David Bohr (1885 – 1962), físico danés que realizó contribuciones fundamentales para la comprensión de la estructura del átomo y la mecánica cuántica, y que fue galardonado con el Premio Nobel de física en 1922, en su obra Physics and Human Knowledge, dijo: “De un modo paralelo a las enseñanzas de la teoría atómica, al tratar de armonizar nuestra posición corro espectadores y actores del gran drama de la existencia, tenemos que considerar ese tipo de problemas epistemológicos, con los que pensadores como Buda y Lao Tse tuvieron ya que enfrentarse“. Werner Karl Heisenberg (1901 – 1976) fue un famoso físico alemán. Es conocido sobre todo por formular el principio de incertidumbre, una contribución fundamental al desarrollo de la teoría cuántica. Este principio afirma que es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula. Heisenberg fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1932. El principio de incertidumbre ejerció una profunda influencia en la física y en la filosofía del siglo XX. En su obraPhysics and Philosophy, dice: “La gran contribución a la física teórica llegada de Japón desde la Última guerra puede indicar cierta relación entre las ideas filosóficas tradicionales del lejano Oriente y la sustancia filosófica de la teoría cuántica“.  Los dos pilares de la física del siglo XX, la teoría cuántica y la teoría de la relatividad, nos obligan a ver el mundo del mismo modo que lo ve un hindú, un budista o un taoísta. Y esta similitud cobra fuerza cuando contemplamos los recientes intentos por combinar ambas teorías, a fin de lograr una explicación para los fenómenos del mundo sub microscópico, tales como las propiedades y las interacciones de las partículas subatómicas, de las que toda materia está formada. En este campo, los paralelismos con el misticismo oriental son más que sorprendentes y con frecuencia tropezaremos con afirmaciones que será casi imposible decir si fueron efectuadas por físicos o por místicos orientales. Por misticismo oriental nos referimos a las filosofías religiosas del hinduismo, del budismo y del taoísmo. Aunque éstas comprenden un vasto número de sistemas filosóficos y de disciplinas espirituales sutilmente entrelazadas, los rasgos básicos de su visión del inundo son idénticos. Tal visión no está limitada a Oriente, sino que en algún grado podemos hallarla en todas las filosofías con una orientación mística.

 

La física moderna nos lleva a una visión del mundo que es muy similar a la de los místicos de todas las épocas y tradiciones. Las tradiciones místicas están presentes en todas las religiones, y pueden encontrarse también elementos místicos en muchas escuelas filosóficas occidentales. Los paralelismos con la física moderna no sólo aparecen en los Vedas, en el I Ching o en los sutras del budismo, sino también en fragmentos de Heráclito o en el sufísmo de lbn Arabi. Abū Bakr Muhammad ibn ‘Alī ibn ‘Arabi (1165 – 1240), más conocido como Ibn Arabi, fue un místico sufí, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí. Sus importantes aportaciones en muchos de los campos de las diferentes ciencias religiosas islámicas le han valido el sobrenombre de Vivificador de la Religión y el Más Grande de los Maestros. Aunque los estudios orientalistas españoles lo han relacionado con la escuela de Ibn al-Arif , y lo consideraron inicialmente más un filósofo que un sufí, los maestros sufíes de muchas órdenes desde hace siglos lo han considerado como un gran maestro conocedor por ‘experiencia espiritual directa’, al que incluso han dado el calificativo de Sheij al Akbar, “el más grande de los maestros“. En la literatura académica occidental se muestra que su contacto con las escuelas aristotélicas de Alfarabi y Averroes o la filosofía neoplatónica de la escuela de Ibn Hazm fue muy superficial. Su obra es, ante todo, de carácter gnóstico-religiosa. Sus críticas al entendimiento meramente externo de la religión e incluso a la misma filosofía son abundantes en su obra. Pero es evidente que no es un simple “místico“, ya que el contenido metafísico de su obra abarca desde la interpretación gnóstico-sapiencial de la Sharia (Ley Islámica) hasta una cosmología basada en la revelación divina y de su unicidad. La diferencia entre Oriente y Occidente se encuentra en que en éste último las escuelas místicas siempre han jugado un papel marginal, mientras que en Oriente constituyen la corriente principal del pensamiento filosófico y religioso. Al conducirnos hoy a una visión del mundo esencialmente mística, la física está de algún modo volviendo a sus comienzos de hace 2.500 años. Es interesante seguir la evolución de la ciencia occidental a través de su camino en espiral, partiendo de las filosofías místicas de los antiguos griegos, elevándose y desplegándose con una evolución intelectual impresionante, separándose cada vez más de sus orígenes místicos, hasta llegar a desarrollar una visión del mundo en total contraste con la del lejano Oriente. Ahora, en sus etapas más recientes, la ciencia occidental está finalmente superando esta visión y está volviendo a la de los antiguos griegos y a la de las filosofías orientales. Esta vez, sin embargo, no se basa solamente en la intuición, sino en un riguroso y consistente formulismo matemático.

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Contrastando con el concepto mecanicista occidental, para el místico oriental todas las cosas y los sucesos percibidos por los sentidos están conectadas e interrelacionadas, y no son sino diferentes aspectos o manifestaciones de una misma realidad última. Nuestra tendencia a dividir el mundo que percibimos en cosas individuales y separadas y a vernos a nosotros mismos como egos aislados, se considera como una ilusión creada por nuestra mentalidad medidora y clasificadora. En la filosofía budista se le llamaavidya o ignorancia, y es considerada como un estado mental confuso que se debe supera. Según nos dice Daisetsu Teitaro Suzuki (1870 – 1966), filósofo japonés y reconocido como uno de los promotores del Zen en Occidente, en su obra Ashavaghosa, The Awakening of Faith: “Cuando la mente está confusa se produce la multiplicidad de las cosas. Sin embargo, cuando la mente está tranquila, desaparece la multiplicidad de las cosas“. Aunque las diversas escuelas de misticismo oriental difieren en muchos detalles, todas ellas resaltan la unidad básica del universo, y esto constituye el rasgo central de sus enseñanzas. Para sus seguidores, ya sean hindúes, budistas o taoístas, la meta más elevada es llegar a ser conscientes de la unidad e interrelación mutua de todas las cosas, trascendiendo la noción de ser un individuo aislado, e identificándose a sí mismos con la realidad última. La aparición de esa consciencia, conocida como “iluminación“, no es sólo un acto intelectual, sino que se trata de una experiencia que afecta a la totalidad de la persona y cuya naturaleza es definitivamente religiosa. Y ése es el motivo por el cual la mayoría de las filosofías orientales son esencialmente filosofías religiosas. Desde el punto de vista oriental, la división de la naturaleza en objetos separados no es algo fundamental y cualquiera de tales objetos posee un carácter fluido y siempre cambiante. Así. el concepto oriental del mundo es intrínsecamente dinámico y entre sus rasgos esenciales están el tiempo y el cambio. El cosmos es considerado como una realidad inseparable, siempre en movimiento, vivo, orgánico. espiritual y material al mismo tiempo. Dado que el movimiento y el cambio constituyen las propiedades esenciales de las cosas, las fuerzas que causan el movimiento no están fuera de los objetos, como ocurría en la concepción de los clásicos griegos, sino que son una propiedad intrínseca de la materia. Del mismo modo, la imagen oriental de la divinidad no es la de un gobernante que dirige al mundo desde lo alto, sino la de un principio que controla todo desde dentro, tal como se dice en el Brahad-aranyaka (Upanishad): “Aquél que habita en todas las cosas, y sin embargo es diferente a ellas, a quien ninguna cosa conoce, cuyo cuerpo son todas las cosas, que controla todo desde dentro. El es tu alma, el Controlador Interno, el Inmortal“.

 

Los elementos básicos de la concepción oriental del mundo son los mismos que se desprenden de la física moderna. El pensamiento oriental, y de un modo más general todo el pensamiento místico, ofrece una base filosófica relevante y congruente con las teorías de la ciencia contemporánea, una concepción del mundo en la que los descubrimientos científicos pueden estar en perfecta armonía con las metas espirituales y las creencias religiosas. Los dos temas básicos de esta concepción son la unidad e interrelación de todos los fenómenos y la naturaleza intrínsecamente dinámica del universo. Cuanto más penetremos en el mundo submicroscópico, más nos daremos cuenta de que el físico moderno, al igual que el místico oriental, ha llegado a ver al mundo como un sistema de componentes inseparables, interrelacionados y en constante movimiento, en el que el observador constituye una parte integral de dicho sistema. La concepción orgánica del mundo que tienen las filosofías orientales es sin duda una de las razones que explican la inmensa popularidad que han alcanzado estas filosofías en occidente, especialmente entre los jóvenes. En nuestra cultura occidental, cada vez más personas consideran que la todavía dominante visión mecanicista y fragmentada del mundo es la causa del descontento tan generalizado que se da en nuestra sociedad, pasando muchas de esas personas a adoptar las formas orientales de liberación. Aquellos que se sienten atraídos por el misticismo oriental, que consultan el I Ching y practican yoga u otras formas de meditación, tienen en general una marcada actitud anticientífica. Tienden a ver la ciencia, y la física en particular, como una disciplina de estrechas miras, sin imaginación y como la responsable de todos los males de la tecnología moderna. Pero existe una armonía esencial entre el espíritu de la sabiduría oriental y la ciencia occidental. La física moderna va mucho más allá de la tecnología, que el camino puede serlo hacia el conocimiento espiritual y hacia la autorrealización. Este fue uno de los más profundos cambios ocurridos en la concepción que el hombre tenía de la realidad física. Desde la perspectiva newtoniana, las fuerzas estaban rígidamente relacionadas con los cuerpos sobre los que actuaban. Ahora el concepto de fuerza tuvo que ser sustituido por el mucho más sutil concepto de campo, que tenía su propia realidad y que podía ser estudiado sin ninguna referencia a los cuerpos materiales. La culminación de esta teoría, llamada electrodinámica, fue el descubrimiento de que la luz no es más que un campo magnético que alterna muy rápidamente y que viaja a través del espacio en forma de ondas.

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Hoy sabemos que tanto las ondas de radio, las ondas de luz, o los rayos X, son ondas electromagnéticas, campos eléctricos y magnéticos oscilantes que difieren sólo en la frecuencia de su oscilación, y también que la luz visible constituye sólo una minúscula fracción del espectro electromagnético. La información sobre el movimiento de una partícula está contenida en la longitud de onda y en su frecuencia. La longitud de onda es inversamente proporcional al momento de la partícula, lo cual quiere decir que una onda con una pequeña longitud de onda corresponderá a una partícula que se mueve con un momento elevado, a alta velocidad. La frecuencia de la onda es proporcional a la energía de la partícula. Una onda con una frecuencia alta quiere decir que la partícula en cuestión tiene una gran energía. En el caso de la luz, por ejemplo, la luz violeta tiene una frecuencia alta y una longitud de onda corta y por lo tanto se compone de fotones de alta energía y alto momento, mientras que la luz roja tiene una frecuencia baja y una longitud de onda larga, correspondiente por ello a fotones de baja energía y bajo momento. Puesto que el modelo espacial del paquete de ondas no tiene una longitud de onda bien definida, el correspondiente modelo vibracional en el tiempo no tendrá una frecuencia bien definida. La amplitud de su frecuencia dependerá de la duración del modelo vibratorio, y como la teoría cuántica asocia la frecuencia de la onda con la energía de la partícula, la indeterminación en la frecuencia del modelo supondrá una indeterminación de la energía de la partícula. La incertidumbre en cuanto a la localización de un acontecimiento en el tiempo está, de este modo, relacionada con la incertidumbre de su energía, del mismo modo que la incertidumbre sobre la localización de la partícula en el espacio se corresponderá con una incertidumbre en la determinación de su momento. Esto significa que nunca podremos saber con exactitud ni el momento temporal en que un suceso se produce, ni la energía que interviene en él. Los sucesos que ocurren dentro de un período de tiempo corto generan una gran indeterminación en cuanto a su energía, mientras que los sucesos que contienen una cantidad precisa de energía sólo podrán ser localizados dentro de un largo período de tiempo. Actualmente la teoría de la relatividad nos dice que la masa no es más que una forma de energía. La energía, no sólo puede adoptar las diversas formas conocidas por la física clásica, sino que además puede ser encerrada en la masa de un objeto. La cantidad de energía contenida, por ejemplo, en una partícula, es igual a la masa de la partícula, m, multiplicada por c2, el cuadrado de la velocidad de la luz, dando la famosa fórmula E=mc2.

 

Considerada como una forma de energía, la masa no necesita ya ser indestructible, sino que puede transformarse en otras formas de energía. Esto sucede cuando las partículas subatómicas colisionan unas con otras. En estas colisiones las partículas pueden ser destruidas y la energía contenida en sus masas puede transformarse en energía cinética, pasando a distribuirse entre las demás partículas participantes en la colisión. Y a la inversa, cuando las partículas colisionan a velocidades muy elevadas, su energía cinética puede ser utilizada para formar las masas de nuevas partículas.  Bajo el punto de vista oriental, la realidad que sirve de base a todos los fenómenos está más allá de toda forma y escapa a toda descripción y especificación. Por tanto se dice con frecuencia que no tiene forma, que está vacía. Pero esta vacuidad no debe ser interpretada corno la simple nada. Al contrario, es la esencia de todas las formas y la fuente de toda vida. Así se dice en el Chandogya Upanishad: “Brahman es vida. Brahman es alegría. Brahman es el Vacío. La alegría, es ciertamente lo mismo que el Vacío. El Vacío, es ciertamente lo mismo que la alegría“. La misma idea es expresada por los budistas cuando llaman a la realidad última Sunyata (vacuidad” o “el vacío”) y afirman que es un vacío vivo, que da origen a todas las formas existentes en el mundo fenomenal. Los taoístas atribuyen al Tao una creatividad infinita y eterna y también, lo denominan vacío. “El Tao del Cielo es vacío y sin forma“, dice Kuan-Tzu, y Lao Tse emplea varias metáforas para explicar dicho vacío. Algunas veces compara el Tao con un valle hueco o con un recipiente que siempre está vacío y de este modo tiene el potencial de contener una infinidad de cosas. Pese a emplear términos tales como vacuidad y vacío, los sabios orientales dejan muy claro que cuando hablan de Brahman, Sunyata o Tao no se refieren al vacío ordinario, sino por el contrario, a un vacío que tiene un potencial creativo infinito. De este modo, el vacío de los místicos orientales puede compararse con el campo cuántico de la física subatómica. Como el campo cuántico, da origen a una infinita variedad de formas que sostiene y, finalmente, reabsorbe. Como se dice en el Chandogya Upanishad: “Que lo venere tranquilo, como aquello de lo que proviene, como aquello en lo que se disolverá, como aquello en lo que él respira“.

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Las manifestaciones fenomenológicas del vacío místico, de la misma manera que las partículas subatómicas, no son estáticas y permanentes, sino dinámicas y transitorias, dejándose ver y desvaneciéndose en una incesante danza de movimiento y energía, como la danza de Shiva. Al igual que el mundo subatómico del físico, el mundo del místico oriental es un mundo de samsara, de un continuo nacer y morir. Al ser manifestaciones transitorias del vacío, las cosas de este mundo no poseen una identidad fundamental. Esto se acentúa especialmente en la filosofía budista que niega la existencia de cualquier sustancia material y también sostiene que la idea de un “yo” permanente que pasa por las sucesivas experiencias es una ilusión. Los budistas han comparado con frecuencia esta ilusión de una substancia material y de un “yo” individual con el fenómeno de una onda acuática, en la que el movimiento arriba y abajo de las partículas de agua nos hace pensar que una “parte” del agua se mueve sobre la superficie. Es interesante ver que los físicos han empleado la misma analogía en el contexto de la teoría del campo para señalar la ilusión de una sustancia material creada por las partículas en movimiento. Así, escribe Hermann Weyl, (1885 – 1955), matemático alemán y uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX: “Según la teoría del campo de la materia, una partícula material tal como un electrón, es simplemente una pequeña zona de fin campo eléctrico, dentro de la cual la fuerza del campo asume valores enormemente altos, indicando que una energía comparativamente muy grande está concentrada en un espacio muy pequeño. Tal nudo de energía, que de ningún modo se presenta claramente delineado contra el resto del campo, se propaga a través del espacio vacío como una onda de agua sobre la superficie de un lago; no existe una substancia de la que pueda decirse que el electrón está compuesto en todo momento”. En la filosofía china, la idea del campo no sólo está implícita en el concepto del Tao, al ser éste vacío y sin forma y, pese a ello, productor de todas las formas, sino que también figura expresada explícitamente en el concepto del ch’i. Este término representó un importante papel en casi todas las escuelas chinas de filosofía natural y fue particularmente notable en el neo confucianismo, la escuela que intentó hacer una síntesis entre el confucionismo, el budismo y el taoísmo. La palabra ch’i significa literalmente “éter” y se usó en la antigua China para designar la respiración o energía vital que animaba a la totalidad del cosmos. En el cuerpo humano, los “caminos del ch’i” constituyen la base de la medicina tradicional china. La finalidad de la acupuntura es la de estimular el flujo del ch’i a través de estos canales. Este flujo de ch’i es también la base de los fluidos movimientos del T’ai Chi Ch’uan, la danza taoísta del guerrero.

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Los neo-confucianistas desarrollaron una idea de ch’i que presenta el más asombroso parecido con el concepto del campo cuántico usado en la física moderna. Al igual que el campo cuántico, el ch’ i es concebido como una forma de materia tenue y no perceptible, que está presente por todo el espacio y que puede condensarse en objetos materiales sólidos. En palabras de Chang Tsai (1020 – 1077), filósofo y cosmólogo chino, en su obra Short History of Chinese Philosophy: “Cuando el ch’i se condensa, su visibilidad se hace aparente, surgiendo entonces las formas de las cosas individuales. Cuando se dispersa, su visibilidad deja de ser aparente y entonces ya no hay formas. En el momento de su condensación, ¿podría acaso decirse que ésta no es temporal? Y en el momento de su dispersión, ¿puede decirse sin reflexionar que entonces ya no existe?”. De esta manera, el ch’i se condensa y se dispersa rítmicamente, produciendo todas las formas que, finalmente, se disuelven otra vez en el vacío. Como dice de nuevo Chang Tsai: “El Gran Vacío no puede componerse más que de ch’i. Ese ch’i no puede más que condensarse para formar todas las cosas. Y esas cosas no pueden sino dispersarse para formar una vez más al Gran Vacío“. Al igual que en la teoría del campo cuántico, el campo, o el ch’i, no es sólo la esencia fundamental de todos los objetos materiales, sino que también transporta sus mutuas interacciones en forma de ondas. Las siguientes descripciones del concepto del campo dadas por Walter Thirring, y la visión china del mundo físico, según Joseph Needham, evidencian su gran similitud. Según Walter Thirring, en Urbausteine der Materie: “La física teórica moderna nos ha hecho pensar sobre la esencia de la materia en un contexto diferente. Ha llevado nuestra atención de lo visible -las partículas- a la entidad subyacente: el campo. La presencia de la materia es simplemente una perturbación del estado perfecto del campo en un lugar dado; algo accidental, casi podría decirse que es simplemente una “mancha”. Por consiguiente, no existen leyes sencillas que describan las fuerzas que actúan entre las partículas elementales. Tanto el orden como la simetría deberán buscarse en el campo subyacente“. Por otro lado, Joseph Needham, en Science and Civilisation in China, nos dice que: “Tanto en la antigüedad como en la época medieval, el universo físico chino era un todo perfectamente continuo. El ch’i, condensado en materia palpable, no tenía particularidades concretas. Sin embargo, los objetos individuales actuaban y reaccionaban con todos los demás objetos del mundo en forma de ondas o de vibraciones, dependiendo, en último caso, de la alternancia rítmica en todos los niveles de las dos fuerzas fundamentales, el ying y el yang. Así, los objetos individuales tenían sus ritmos intrínsecos. Y éstos estaban integrados dentro del modelo general de la armonía del mundo“.

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Con el concepto del campo cuántico, la física moderna encontró una respuesta inesperada a la antigua pregunta de si la materia está compuesta de átomos indivisibles o de un continuum básico y subyacente. El campo es un continuum presente en todas partes del espacio y, sin embargo, en su aspecto de partícula tiene una estructura granular y discontinua. Estos dos aspectos en apariencia contradictorios quedan así unificados, pasando a ser considerados como aspectos diferentes de la misma realidad, al igual que siempre ocurre en cualquier teoría relativista. La unificación de los dos conceptos opuestos tiene lugar de un modo dinámico. Los dos aspectos de la materia se transforman sin cesar uno en otro. El misticismo oriental resalta una unidad dinámica similar entre el vacío y las formas que crea. En palabras del lama Anagarika Govinda, en su obra Foundations of Tibetan Mysticism: “La relación entre forma y vacío no puede concebirse como un estado de opuestos mutuamente exclusivos, sino sólo como dos aspectos de la misma realidad, que coexisten y están en cooperación continua“. La fusión de estos conceptos opuestos en un simple conjunto está expresada en un sutra budista, el Prajna-aparamika-hridaya Sutra, con estas palabras: “La forma es el vacío y el vacío es en verdad la forma. El vacío no es diferente de la forma, la forma no es diferente del vacío. Lo que es forma, es vacío, lo que es vacío, es forma“. Las teorías del campo de la física moderna nos han conducido no sólo a un nuevo punto de vista sobre las partículas subatómicas, sino que también han modificado decisivamente nuestras nociones sobre las fuerzas existentes entre estas partículas. El concepto del campo originariamente se relacionó con el concepto de fuerza. E incluso en la teoría del campo cuántico todavía se asocia con las fuerzas existentes entre las partículas. El campo electromagnético, por ejemplo, puede manifestarse como un “campo libre” en forma de ondas/fotones viajeros, o bien puede jugar el papel de un campo de fuerza entre partículas cargadas eléctricamente. En este último caso, la fuerza se manifiesta como un intercambio de fotones entre las partículas que interactúan. La repulsión eléctrica entre dos electrones, por ejemplo, se ve mediatizada por estos intercambios de fotones. El espacio interestelar, así como el espacio existente entre las galaxias, está de este modo lleno de radiaciones electromagnéticas de diversas frecuencias. Es decir, de fotones con varias energías.

 

Sin embargo, no son éstas las únicas partículas que viajan por el cosmos. Los “rayos cósmicos” no sólo contienen fotones, sino también partículas sólidas de todos los tipos cuyo origen es todavía un misterio. La mayor parte de ellas son protones, algunos de los cuales pueden tener energías extraordinariamente elevadas; mucho más elevadas que las que se alcanzan en los aceleradores de partículas más potentes. Cuando estos “rayos cósmicos” altamente energéticos llegan a la atmósfera de la Tierra, colisionan con los núcleos de las moléculas de aire y producen una gran variedad de partículas secundarias que, o bien se desintegran o sobreviven colisionando de nuevo, creando más partículas que colisionan y se desintegran otra vez, hasta que la última de ellas llega hasta la Tierra. De esta manera, un solo protón que llegue a la atmósfera de la Tierra puede dar origen a toda una cascada de sucesos en los que su energía cinética original se transformará en una lluvia de partículas diversas, que normalmente es absorbida a medida que penetra en el aire, experimentando múltiples colisiones. El caos primordial sería el éter de los físicos  modernos,  tal  como  lo  conocieron los filósofos antiguos mucho  antes de Moisés.  El caos es el éter de ocultas  y misteriosas  propiedades, que contiene en  sí  mismo los gérmenes de la creación universal. El éter es la madre espiritual de todas las formas y seres existentes, de cuyo seno, fecundado por el Espíritu Santo, surgen a la existencia la materia y la fuerza, la vida y la acción. A pesar de los recientes descubrimientos, que van ensanchando los límites del saber humano,  todavía se conocen  muy  incompletamente la electricidad, el magnetismo, el  calor,  la  luz y la afinidad química. ¿Cuál es el origen de ese proteico gigante llamado éter? ¿Podemos ver el espíritu que actúa en él y que produce las formas visibles? Todas las cosmogonías se fundamentan en los conocimientos de nuestros antepasados. Los antiguos  conocían mucho mejor que nosotros la evolución en sus  aspectos físico y espiritual. Para los antiguos filósofos, la evolución era un principio  que abarcaba el  conjunto del  universo,  mientras  que los científicos  modernos  aceptan la evolución bajo hipótesis especulativas.  Todas las cosmogonías contienen el símbolo de las aguas y del espíritu que las fecunda, cuyo significado  está de  acuerdo  con el concepto  científico de que el mundo  no ha  podido  ser creado de la nada. Todas las leyendas cosmogónicas dicen que, en el principio, los  vapores  nacientes y las tinieblas reposaban sobre las aguas dispuestas  a  ponerse en actividad apenas recibido el soplo del Irrevelado, a quien los sabios primitivos presentían, aunque no viesen,  porque su espiritual intuición no estaba tan entenebrecida,  como  actualmente, por sutiles sofismas.

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En los días de Demócrito y Aristóteles, ya había comenzado el descenso del ciclo, por lo que dos  filósofos expusieron acertadamente la teoría atómica. Las  artes  perdidas prueban  suficientemente  que nuestros primitivos antepasados  eran  mucho más expertos que nosotros en el aprovechamiento útil  de plantas  y minerales.  Además, es probable que en aquellos tiempos de misterios  religiosos, conocieran a fondo la física de la Tierra. Los judíos tomaron su ciencia  sagrada de  los pueblos con quienes estuvieron en contacto. Su  más  antigua  ciencia, la cábala o doctrina secreta, descubre su origen de la  primitiva fuente del Turkestán, donde ya se cultivaba mucho antes de la época en  que  se separaron las  naciones  arias de las semitas.  El  rey Salomón, célebre por su sabiduría y  ciencia mágica,  recibió  este saber de la India a través de Hiram, rey de Ofir, y  de  la  reina  de  Saba.  Igualmente de origen  indio es el anillo o sello de Salomón, al que  las leyendas populares atribuyen gran influencia en los  genios y demonios. El reverendo Samuel  Mateer, de la Sociedad Misionera de Londres, al tratar de la habilidad de  los  “adoradores del diablo” de Travancore,  dice  que  posee  un  antiquísimo manuscrito en lengua malaya, con  infinidad de fórmulas é  invocaciones  mágicas para obtener gran variedad de resultados, en su mayoría de tenebrosa maldad. El reino de Travancore fue un antiguo reino feudal hindú (1729-1858), y posteriormente un principado hindú (1858-1949), cuya capital fue la ciudad de Trivandrum y que estaba gobernado por la familia real de Travancore. El reino de Travancore se ubicaba mayoritariamente de la región que hoy en día corresponde al sur de Kerala, distrito de Kanyakumari, y la zona meridional de Tamil Nadu. La historia moderna de Travancore comienza con el rey Marthanda Varma (1729-1758) quien fue conocido como el “fundador del reino de Travancore“. Su reino creció con la ayuda de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Colaboró para derrotar a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en la Batalla de Colachel en 1741 y capturó al Almirante flamenco Eustaquio de Lannoy, para ampliar su posición militar. En el 2011 se ha encontrado un gran tesoro en unas criptas del templo Shri Padmanabhaswamy, que llevaban cerradas más de 150 años. Asimismo, el reverendo Samuel  Mateer presentó varios amuletos con  trazos y figuras mágicas, uno de los cuales llevaba  inscrita la siguiente fórmula: “Para quitar el temblor de la posesión diabólica, dibuja esta figura en  una  planta  que tenga jugo lechoso, atraviésale un clavo y cesará el temblor . La  figura de que habla el reverendo Samuel  Mateer es idéntica al sello de Salomón o doble triángulo de los cabalistas, por  lo que  cabe  preguntar si éstos lo recibieron en herencia de Salomón, quien a su vez lo tomó  de los indos,  o si éstos se lo apropiaron de los judíos cabalistas.

 

Las exploraciones de los misioneros cristianos corroboran  la opinión de los adeptos que asignan origen indo a la doctrina secreta. De India pasó este conocimiento a Caldea y de aquí a los hebreos. El doctor Caldwell, en su obra Gramática comparada de las lenguas dravidianas, y  el  doctor Mateer, en su obra Tierra de caridad,  están de completo acuerdo en que el sabio rey Salomón derivó de la  India toda su ciencia  cabalística.  Dice  Caldwell que el árbol llamado baobab, originario según  parece, no de la  India,  sino  de África, donde puede verse en comarcas frecuentadas por los mercaderes extranjeros,  fue  importado en la India por los vasallos  de Salomón. La prueba  que aduce Mateer es todavía más concluyente. Dice este misionero al describir la comarca de  Travancore:  “Hay un hecho muy curiosamente relacionado con las Escrituras respecto al  nombre del pavo real. El rey Salomón envió sus naves a Tarsis, de donde regresaron al cabo de tres años  trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales.  Ahora  bien; la Biblia  designa el pavo real con la palabra  tukki , pues los judíos no tenían palabra propia para un ave que no conocían“. Y así resulta indudable la similitud  entre el  tukki  de la Biblia y la voz del antiguo idioma tamil toki, que significa pavo real. Por  otra parte, los hebreos llamaban koph al mono, cuyo nombre indio es  kaphi . El marfil abunda en la India  meridional y el oro  en los ríos que desembocan en la costa occidental, de lo que  se  infiere  que esta costa era la Tarsis de la Biblia y que las naves de Salomón iban tripuladas por indos. En consecuencia,  cabe asegurar que además del oro, plata, monos y pavos reales, el rey Salomón y su amigo Hiram, supuesto fundador de la masonería, recibieron  de  la  India  la sabiduría y la magia. Por otro lado, tenemos la misteriosa luz astral, cuyas desconocidas propiedades revisten gran interés. Admitiendo que este mítico agente sea el éter, el científico inglés Robert Hunt dice a propósito de la acción de los rayos solares: “Los rayos amarillos y anaranjados, que  son  los  de  mayor  potencia lumínica, no alteran el cloruro  argéntico,  mientras  que los rayos azules y violetas, cuya potencia  lumínica es  menor,  alteran  dicha sal en poco tiempo.  El  cristal  amarillo apenas se opone al paso de la luz; pero el azul, si  la  intensidad  de  color  es  mucha, sólo admite muy corta cantidad de rayos lumínicos”. La vida  se manifiesta  en todo su esplendor bajo la influencia de los rayos azules  y languidece bajo los amarillos. Por lo  tanto, no cabe explicar estos fenómenos sino por la hipótesis de que la vida orgánica queda  diversamente modificada bajo la influencia  electromagnética, cuya índole aún desconoce la ciencia. Robert Hunt indica  que  la  teoría de las ondulaciones no concuerda con el resultado de sus experimentos.

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Sir David  Brewster (1781 – 1868) fue un científico, naturalista escocés, inventor y escritor. Realizó investigaciones en el campo de la óptica, como la polarización de la luz, la doble refracción, etc. Inventó el caleidoscopio, y perfeccionó el estereoscopio. Sus investigaciones sobre la polarización de la luz le valieron la Medalla Copley en 1815. Brewster también fue el primer Director en laUniversidad de Saint Andrews del 1837 al 1859 y más adelante trabajó como director en la Universidad de Edinburgo del 1859 al 1868. Brewster demostró que los colores de las plantas se deben a la específica atracción ejercida por las partículas del vegetal sobre los diversos rayos lumínicos y que la luz solar elabora los  coloreados jugos de las plantas, así como también determina el cambio de color de los cuerpos.  Al  propio  tiempo, Brewster expone que  no  es  fácil  admitir que  estos efectos provengan tan sólo de las vibraciones del éter. Y, por lo tanto, se ve precisado a creer  que la luz es materia. El mago y escritor ocultista francés Alphonse Louis Constant, conocido como Eliphas Levi, concreta el concepto de la luz astral en la siguiente frase: “Para adquirir facultades mágicas se necesitan  dos cosas: redimir la voluntad de toda servidumbre y ejercitarse en regularla”. La voluntad  soberana está  simbolizada  por  la  mujer  que aplasta la cabeza de la serpiente y por el arcángel  que mata bajo  sus  pies al dragón infernal.  Las antiguas teogonías representaron  en  figura  de  serpiente  con  cabeza de toro, carnero o perro, el agente mágico, la doble corriente  lumínica,  el  fuego  viviente y astral de la tierra, cuyos símbolos diversos son, entre otros, la doble serpiente del caduceo, la serpiente del paraíso, o el diablo de los católicos. Pero en  su  verdadero  significado es la fuerza  ciega  contra la cual ha de prevalecer el alma para libertarse de las ligaduras terrenas. Porque si su  voluntad no las libra de “esta  fatal atracción,  quedarán absorbidas en la corriente de fuerza que las produjo y  volverán  al juego central y eterno”. Esta cabalística figura es la misma que empleaba Jesús, para quien no podía  tener significado distinto del que le daban agnósticos y cabalistas. Pero los teólogos cristianos lo  desvirtuaron para forjar el dogma del infierno. Literalmente dicho fuego significa la luz astral o principio  generador y destructor de las formas. A este propósito dice Levi: “Todas las operaciones mágicas consisten en desprenderse de los anillos de la serpiente y ponerle el pie encima de la cabeza para  dominarla a voluntad. En el mito evangélico dice la serpiente: ‘Te daré todos los reinos de la tierra si postrado me adoras’. A lo que  responde el iniciado: ‘No me postraré, antes bien tú caerás a mis pies. Nada puedes darme y haré de ti lo  que me plazca.  Porque yo soy tu señor y dueño’.  Este es el verdadero  significado de la ambigua  respuesta de Jesús al tentador. Así,  pues, el diablo no es una  entidad,  sino una fuerza errática como su nombre indica; una  corriente  ódica o magnética  formada por una cadena de voluntades malignas, productora del espíritu diabólico, llamado  legión  en el Evangelio,  que  animaba a la piara de cerdos precipitados en el mar. Este pasaje es una alegoría de cómo las fuerzas ciegas  del error y el pecado arrastran precipitadamente  a  la naturaleza inferior”.

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El filósofo y naturalista alemán Maximiliano Perty ha dedicado un capítulo entero de su extensa obra acerca de las manifestaciones místicas de la naturaleza humana a  las modernas formas de la magia. Aislándose el espíritu del cuerpo viviente, puede, con el auxilio de su envoltura espiritual, aparecer en un punto distinto de aquel en que está el cuerpo material. Pero hasta ahora, la teoría, de acuerdo con la experiencia, parece demostrar que esta separación no puede tener lugar sino durante el sueño, o al menos, cuando los sentidos corporales están inactivos. Los hechos siguientes, si fuesen exactos, probarían que pueden tener lugar en estado de vela. Estos hechos se explican en la obra alemana «Los fenómenos místicos de la vida humana» de Maximiliano Perty, profesor de la Universidad de Berna, publicada en 1861. Dice en el prefacio: “Las manifestaciones de la magia tienen  parcial  fundamento en un orden de cosas completamente distinto del que conocemos por el tiempo, espacio y causalidad. Estas manifestaciones  apenas  pueden someterse a experimentación, ni cabe provocarlas arbitrariamente, pero sí es posible observarlas  con  cuidadosa  atención, siempre que  ocurran en  presencia  nuestra, para agruparlas por  analogía en determinadas clases é inducir de ellas sus leyes y principios generales”. Tenemos, por lo tanto, que para el profesor Perty, de la escuela del filósofo alemán del pesimismo profundo Arthur Schopenhauer (1788 – 1860), son hechos perfectamente posibles y naturales. Por  ejemplo,  los  fenómenos producidos por el faquir Kavindasami y descritos por el orientalista Louis Jacolliot (1837 – 1890). Un faquir, que significa «pobre», es un asceta, o morabito en la cultura musulmana, que ejecuta retos de resistencia física y mental, tales como caminar sobre el fuego o cristales, introducirse antorchas o cuchillos en su boca, acostarse sobre camas con clavos, entre otros. El término, originalmente islámico, se extendió a la cultura India. El faquir Kavindasami era un hombre que, por su completo dominio de su naturaleza inferior, había  llegado a purificarse hasta ser casi del todo libre de su prisión material, lo que permitía que su espíritu obrase verdaderas maravillas. Su voluntad era una potencia creadora capaz  de gobernar  los elementos y fuerzas de la  naturaleza. El cuerpo no le servía ya de estorbo para hablar de  “espíritu  a  espíritu”. Platón alude a una  ceremonia de los Misterios en que se les enseñaba a los neófitos que el  hombre está  en  esta vida  como en una  cárcel y se les declaraban los medios a propósito  para  escapar temporáneamente de ella. El faquir Kavindasami, con sólo extender las manos, hizo  germinar  una  semilla, de la que brotó una planta que en  menos de dos horas creció  prodigiosamente en presencia de Jacolliot, contra  todas las aceptadas leyes naturales, hasta una altura que en circunstancias ordinarias hubiese requerido algunas semanas.

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¿Podemos considerar que lo que hizo el faquir Kavindasami fue un milagro? Lo sería si consideramos como milagro todo suceso contrario a la establecida  marcha de las cosas, en pugna con las leyes  conocidas  de la naturaleza. Pero tal vez la realidad es que no conocemos todas las leyes de la naturaleza. El caso del faquir posiblemente fuese resultado del flúido  magnético que emanaba de sus manos, lo cual estimuló el más rápido crecimiento de la semilla, concentrando en ella el akâsa o principio vital, cuya corriente pasaba en flujo continuo de las manos del fakir a la planta, cuyas células avivaba con estupenda actividad, hasta terminar su crecimiento. Akâsa  es  una  palabra  sánscrita  que  significa firmamento, pero que también designa el imponderable é incoercible principio de vida o combinación de las luces astral y  celeste que engendran el anima mundi  de que nacen el alma y espíritu del hombre. La luz celeste forma el nous, pneuma o espíritu  divino, mientras que la luz astral forma el alma.  Las  partículas  más  groseras de esta alma astral forman el cuerpo externo.  Akâsa  es el misterio fluido que  los escolásticos llamaban ”omnipenetrante éter”  y  entra en todas las operaciones mágicas de la  naturaleza, así como también en los fenómenos psíquicos. El  principio de vida es una fuerza sumisa a la influencia capaz de dominarla. Con arreglo al ordinario curso del crecimiento  vegetal, el protoplasma  hubiera concentrado este principio para desenvolverse, según la norma establecida, con  sujeción a  las  circunstancias  atmosféricas, como luz, calor o humedad, de las cuales hubiesen dependido su más o menos rápido crecimiento y su mayor o menor altura. Pero el faquir, con su  poderosa voluntad y su espíritu purificado de aspectos materiales, auxilia la acción de la naturaleza. Y condensando en el germen el principio de vida vegetal, acelera su crecimiento. Esta fuerza  vital  obedece ciegamente a la voluntad del faquir, quien hubiera podido convertir la planta en un monstruo  con sólo forjarlo  mentalmente,  pues la forma plástica y concreta se ajusta con invariable exactitud al tipo subjetivamente trazado en la mente del faquir, al igual que la mano y  el  pincel  del pintor reproducen la imagen ideada por el artista. La voluntad del faquir en éxtasis delinea una matriz invisible, pero  perfectamente objetiva, que sirve de necesario  molde a la materia vegetal  de la planta. La voluntad crea, porque, puesta en actuación, es la fuerza  que engendra materia. El espíritu humano es semejante al del Creador en omnisciencia, saber o conocerlo todo.  Por lo tanto, si bien el faquir en estado de vigilia no podía saber qué  especie de semilla  era, en estado de trance su espíritu no tenía dificultad alguna espacio-temporal  para  conocer la especie de simiente plantada en la maceta, o  reflejada en la mente de Jacolliot.

 

En el Indostán, Akâsa se pronuncia ahasa y designa el principio o soplo divino que da la vida. Es el ruah de los hebreos,  cuyo  significado es viento, soplo,  espíritu moviente, o espíritu de Dios flotante sobre las aguas. Otra cosa son los prestigiadores hindúes, a los que sus compatriotas les  temen  y  menosprecian,  porque los ven como brujos y nigrománticos. Pero éstos llaman en su auxilio a los espíritus elementales,  mientras que los hombres de  la  santidad  de  Kavindasami  tienen  bastante  con la valía de su espíritu divino,  íntimamente  unido al alma astral, para recibir  auxilio de los puros y etéreos pitris, que asisten a su encarnado hermano.  Los Pitris o Pitaras, en sánscrito, son los antecesores o creadores de la humanidad. Son de siete clases, tres de las cuales son incorpóreas, o arûpa, y cuatro corpóreas, que se dice que fueron creados del costado de Brahmâ. En Isis sin velo, Helena Blavatsky dice de ellos: “Creése ordinariamente que este término indo significa los espíritus de nuestros antecesores, de personas desencarnadas, y de ahí el argumento de algunos espiritistas de que los faquires (y yoguis) y otros hacedores de prodigios del Oriente son médiums. Esto es erróneo en más de un concepto. Los Pitris no son los antecesores de los actuales hombres vivientes, sino los de la especie humana o de las razas adámicas; los espíritus de razas humanas, que en la gran escala de la evolución descendente precedieron a nuestras razas de hombres...  En el Mânava Dharma Zâstra, a los pitris se les da el nombre de Antecesores lunares”. En la Doctrina Secreta, Helena Blavatsky dice: “Durante el manvantara lunar, la evolución produjo siete clases de seres, denominados Pitris o ‘Padres’, por la razón de que engendraron los seres del manvantara terrestre. Estos seres son los antecesores de la humanidad actual. Así, pues, los Pitris (Padres, Antecesores, Divinidades, espíritus o regentes lunares) son Mónadas, que habiendo terminado su ciclo de vida en la Cadena lunar, inferior a la terrestre, se encarnan en nuestro planeta y pasan a ser hombres en realidad. Son las Mónadas que entran en el ciclo de evolución en el globo A, y dando la vuelta a la Cadena de globos, desarrollan la forma humana. Al principio del período humano de la cuarta Ronda en este globo, “exudan”, por decirlo así, sus chhâyâs, sombras o dobles astrales de las formas, parecidas a las del mono, que habían desarrollado en la tercera Ronda, y esta forma sutil, más fina, es la que sirve como modelo, alrededor del cual la Naturaleza construye al hombre físico“.

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Los libros indos mencionan siete clases o jerarquías de Pitris, tres de ellas incorpóreas, Arûpa-Pitris, esto es, sin forma o cuerpo, y cuatro corpóreas, Rûpa-Pitris, también llamados Barhichads. Los primeros, también son denominados Vairâjas o “Hijos de Virâja (Brahmâ)“, son inteligentes y espirituales, mientras que los segúndos son materiales y desprovistos de intelecto. Esotéricamente, los Asuras constituyen las tres primeras clases de Pitris, “nacidos en el cuerpo de la Noche“, mientras que las otras cuatro fueron producidas del “Cuerpo de la Aurora“. Además, los Pitris o Antecesores se han dividido en dos géneros distintos: los Barhichad-Pitris y los Agnichvâtta-Pitris. Los primeros de ellos poseen el “fuego sagrado“, y los segúndos están privados de él. Por Pitris se entienden además los manes de los antepasados, como padres y abuelos. Esto es, se trata de los ascendientes directos de una familia. A esta clase de Pitris de refiere el Bhagavad-Gîtâ al hablar de las ofrendas funerarias prescritas en los libros sagrados, ofrendas que deben practicar los jefes de familia hasta la tercera generación, el día de la luna nueva de cada mes, para asegurar en el otro mundo la felicidad de sus mayores. Tal vez San Pablo se referiría a los Pitris al hablar de “la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos“. Cada ser atrae a su semejante. Y la sed de riquezas, los deseos impuros y  las ambiciones egoístas sólo pueden atraer a los espíritus que los cabalistas hebreos llaman klippoth, los pobladores del cuarto mundo, o Asiah, y que los  magos orientales designaban con el nombre de afrites, los espíritus elementarios. En el siglo XIX, Francesco Orioli,  miembro  del Instituto de Franciá, cita muchos ejemplos en demostración de los maravillosos efectos de la  voluntad cuando actúa: “He  visto algunas personas que  con sólo pronunciar ciertas palabras paraban  en seco  la precipitada carrera de toros y caballos y detenían en su trayectoria la  flecha  que  hendía los aires”. El Barón du Potet,  dice: “Cuando trazo en el suelo  con yeso o carbón esta figura,  se  fija allí algo como un  fuego o  una  luz  que atrae a la persona que se acerca y la detiene fascinada hasta el extremo de impedirle cruzar la línea. Un poder  mágico  la fuerza a  quedarse parada hasta que al fin  retrocede entre sollozos.  La  causa  no  está en mí,  sino  toda por completo en el signo  cabalístico, contra el cual de nada vale la violencia”.  El  18 de Mayo de 1856, el experto en mesmerismo e hipnotismo, Regazzoni, efectuó una  serie de experimentos ante famosos médicos franceses. Trazó con  el  dedo  en  el  pavimento de la estancia una imaginaria línea cabalística sobre  la  cual dió algunos pases. Se había convenido en que los mismos médicos escogerían los sujetos  de  experimentación y los introducirían en la estancia con  los  ojos  vendados,  guiándolos hacia la línea sin decirles ni una palabra de lo que de ellos se esperaba. Los sujetos echaron  a  andar  sin el menor recelo, hasta que llegados a la invisible barrera  quedaron como  clavados en el suelo,  mientras  que por efecto del impulso adquirido caían de bruces sobre el pavimento, con rigidez  semejante a si estuvieran congelados.

 

En  otro experimento de Regazzoni se convino en que a una señal, dada por uno de los médicos, el sujeto, que era  una  muchacha con los ojos vendados, debía caer al suelo como herida por un  rayo  en  cuanto  sintiera el flúido magnético emitido por la voluntad del magnetizador. Apenas el médico  guiñó el ojo, que era la señal  convenida, y al ir  uno de los presentes a sostener a la muchacha, exclamó Regazzoni:  “No la toquéis, dejad que caiga, porque  un sujeto magnetizado jamás se lastima en la caída”. Roger Gougenot des Mousseaux (1805 – 1876), periodista y escritor polemista francés, que escribió varios libros denunciando las sociedades secretas y la masonería, al relatar este experimento, dijo: “No es tan rígido el mármol como lo era su  cuerpo; la cabeza no tocaba al suelo;  tenía un brazo extendido al aire, una pierna  levantada y la otra horizontal.  En  esta posición violenta permaneció indefinidamente como estatua de bronce”. Todos los  resultados  obtenidos  en las sesiones públicas de hipnotismo, los producía Regazzoni sin pronunciar palabra sobre lo que el sujeto había de hacer. Las órdenes  que los circunstantes comunicaban en voz baja al oído de Regazzoni tenían inmediato cumplimiento por parte de sujetos con los oídos tapados y con vendas en los ojos. Y en algunas ocasiones  ni  siquiera era necesaria  esta  comunicación,  porque las preguntas mentales de los propios circunstantes hallaban cumplida respuesta. Se dice que el  mal de ojo no  es  más  que  la  emisión  del flúido magnético cargado de malevolencia y dirigido con malignas intenciones hacia otra persona, aunque también  puede dirigirse con un buen propósito. En el primer caso sería  hechicería  y en el segundo  magia. Pero, ¿qué es la  voluntad?  El Cosmos  brotó como consecuencia de la existencia de la voluntad.  Esta voluntad actúa de modo semejante al flúido de una batería galvánica sobre un cadáver. Los misteriosos efectos de atracción y repulsión son los agentes  inconscientes  de la voluntad. Como dice el Barón du Potet:  “El  hombre quiere y la materia organizada obedece. En él no hay polos”. El médico francés Brierre de Boismont  (1797-1881), en  su  Tratado sobre  Alucinaciones, examina una prodigiosa variedad de visiones, éxtasis y apariciones a que  vulgarmente se  llaman alucinaciones. Dice a este propósito: “No podemos negar  que  en  ciertas  enfermedades se sobreexcita extraordinariamente la sensibilidad que da prodigiosa agudeza de percepción a los sentidos, hasta el punto  de  que algunos individuos ven desde considerable  distancia y otros anuncian la llegada de personas antes de que nadie pueda verlas ni oírlas”.

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Bierre  de  Boismont llama  alucinación a  la facultad que algunos enfermos  lúcidos tienen de  ver a través de  las paredes  y  anunciar  la llegada de una persona cuya venida se desconoce. Por lo tanto, resulta evidente que  para  ver  un  objeto  a  través  de  cuerpos  opacos  y de distancias inaccesibles a la vista, es preciso la  visión  espiritual. Pierre Jean Georges Cabanis (1757 – 1808), médico y filósofo francés, dice que  “en ciertos desórdenes nerviosos los enfermos  distinguen a simple vista los infusorios y microbios  que las personas sanas no pueden ver sin  auxilio del microscopio. Algunas personas,  entre ellas  un respetable miembro del  Congreso  Legislativo de Nueva York, eran  capaces de ver en las tinieblas tan distintamente como en un aposento iluminado; y otras seguían por el  olfato el rastro de las gentes y acertaban quien había  siquiera  tocado un objeto con sólo olerlo“. La razón, dice Cabanis,  se  vigoriza  a  expensas  del instinto  natural, que acaba por embotar en el hombre la percepción espiritual cuya más importante modalidad es el instinto. Al llegar a cierto grado de debilidad orgánica, cuando las facultades mentales flaquean,  el  instinto,  o  sea la unidad espiritual que resume los cinco  sentidos corporales, no halla obstáculo alguno espacio-temporal. La divina luz que, a despecho de la materia, enfoca  sus  rayos  de  modo  que  el  alma  ve el pasado, el presente y el futuro como en un espejo. La bendición  salida de benévolos corazones o la maldición lanzada contra quienquiera que sea, todo tiene su vibración en el agente universal que en determinada modalidad es el aliento de Dios y bajo la opuesta, la ponzoña del diablo. Pero, ¿qué es ese invisible  todo?  Aunque los  científicos lo desconocen, no es bastante para negar  las propiedades de dicho agente universal, tal como creían los antiguos sabios. El Instituto de Francia negaba posibilidad científica a los  experimentos  eléctricos de Franklin, y actualmente apenas  hay edificios de importancia sin su  correspondiente pararrayos. Dice la cosmogonía egipcia: “Emepht,  el principio  supremo  engendró un huevo y después de incubarlo  impregnándolo de  su  propia  esencia, se desenvolvió el germen  del  cual  nació  Phtha,  el  activo y creador principio  que  dió  comienzo a su obra. De esta  ilimitada  expansión de materia  cósmica, que Él mismo había engendrado con su soplo (voluntad), puso en actividad  las potencias latentes y formó los soles, planetas y satélites en  armónica  é  inmutable  ordenación y los pobló de todas y cada una de las formas y cualidades de vida”. El  mito de las cosmogonías orientales dice que en el principio  sólo  había agua, el padre, y limo prolífico, la madre, del  que  surgió  la  mundana  serpiente, o materia, símbolo del dios Fanes.

 

En la cosmogonía órfica, Fanes (‘resplandeciente’) es un dios nacido del huevo cósmico que fabricó o engendró el Tiempo. Es la deidad primigenia que constituye el origen de la procreación y la generación de todas las cosas. Con frecuencia se le equipara a Eros, que fue una de las divinidades primordiales según el relato de la Teogonía de Hesíodo. También recibía los nombres de Ericepeo, Metis, Príapo y Antauges. En algunos fragmentos órficos se considera a Fanes hijo de Éter. Fanes fue padre de la Noche, según la tradición órfica, con quien se unió para tener al Cielo y la Tierra. Fue padre también de los mares, el Sol, la Luna, las estrellas, Equidna y una de las tres razas de hombres, la denominada raza de oro, a quien dio como lugar para vivir la zona templada de la tierra. Todo esto lo hizo Fanes desde el interior de una gruta llamada Santuario de la Noche. Fanes era el rey de los dioses, pero posteriormente se retiró a un lugar elevado del cielo desde donde iluminaba el mundo, y cedió el cetro de su reinado a la Noche, quien a su vez lo dio a su hijo, el Cielo. El cetro le fue arrebatado por la fuerza por su hijo Crono, quien a su vez lo perdió a favor de Zeus, el gobernante final del universo. Se dice que, probablemente por consejo de la Noche, Zeus devoró a Fanes, con ello absorbió sus poderes y dentro de él quedó unido todo el universo, con los los elementos, los dioses, todas las cosas nacidas en el pasado y todas las cosas que iban a surgir en el futuro. Fanes se caracterizaba como una deidad de alas doradas sobre los hombros y un cuerpo en forma de dragón o serpiente. Era hermafrodita, con los órganos sexuales detrás. Tenía cuatro cabezas: de león, de cabra, de serpiente y de toro, y llevaba un carro alado tirado por caballos. Las cabezas aluden al zodíaco y simbolizan las cuatro estaciones, pues la serpiente mundanal es el año terrestre, mientras que la serpiente por sí misma simboliza a  Knepk, el Dios inmanifestado, el Padre. La serpiente es alada como el tiempo,  y todo este simbolismo nos explica la razón de que  las iglesias  latina y griega  acostumbren a representar a los cuatro  evangelistas  con los respectivos animales simbólicos de las cabezas de Fanes.  También se ven dichos animales agrupados junto al sello  de Salomón, en el pentágono de Ezequiel y en  los  querubines  del  Arca  de  la  Alianza.  También  se  explica  la  insistencia de Ireneo, obispo de Lyon, en que  necesariamente tenía que haber un cuarto evangelio, pues cuatro eran las zonas del mundo y cuatro los puntos cardinales.  Dice un mito  egipcio que la fantástica configuración de la isla de Chemmis, isla del delta del Nilo en la que nació Horus–Apolo, el dios–sol  que  la  sacó del huevo del mundo.

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El  poema  cosmogónico de Völuspá (La Profecía de la Vidente) es el nombre del primer y el más conocido poema de la Edda poética. Cuenta la historia de la creación del mundo y su inminente final, narrada por una völva o vidente y dirigida a Odín. Es una de las principales fuentes primarias para el estudio de la mitología nórdica. La profecía comienza con una invocación a Odín, tras lo cual la vidente comienza a relatar la historia de la creación del mundo de forma resumida. La vidente explica cómo pudo conseguir su conocimiento, conociendo así la fuente de la omnisciencia de Odín, y otros secretos de los dioses de Asgard. Menciona los acontecimientos presentes y futuros, aludiendo a muchos de los mitos nórdicos, como la muerte de Baldr y el encadenamiento de Loki. Por último, la vidente habla del fin del mundo, el Ragnarök, y su segunda venida. El poema comienza con la vidente pidiendo silencio a los “hijos de Heimdal” (los seres humanos), y preguntando a Odín si desea que ella le recite el antiguo saber. También menciona que recuerda a los gigantes nacidos en tiempos remotos, que fueron quienes la criaron. Comienza entonces a relatar el mito de la creación. En el principio el mundo estaba vacío, hasta que los hijos de Bor levantaron la tierra desde el fondo del mar. Los Æsir establecieron entonces el orden en el cosmos, ubicando en él al Sol, la Luna y las estrellas, comenzando así el ciclo del día y la noche. Siguió así una edad en la que los Æsir crearon y acumularon mucho oro, por lo que fue llamada la Edad Dorada, en la cual construyeron templos y palacios, y crearon herramientas y artefactos. Pero entonces tres poderosos gigantes llegaron desde Jötunheim, finalizando así la edad de oro. Los Æsir crearon entonces a los enanos, de los que Mótsognir y Durin eran los más poderosos. En este punto concluyen las diez primeras estrofas, mientras que las seis siguientes contienen los nombres de los enanos. Esta parte, denominada a veces como Dvergatal (catálogo de enanos), se considera un mero paréntesis en la narración, y suele ser omitida por los redactores y los traductores. Tras el Dvergatal se narra la creación del primer hombre y la primera mujer, Ask y Embla, así como una descripción de Yggdrasil, el árbol-mundo. La vidente narra después como Gullveig originó la primera guerra, y lo que sucedió en la lucha entre Æsir y Vanir. En ese punto la vidente revela a Odín que conoce algunos de sus propios secretos, de cómo sacrificó uno de sus ojos en pos del conocimiento, obteniendo la cabeza profética de Mimer. La vidente suele preguntar constantemente a Odín si desea seguir escuchando su narración, y entonces ella le cuenta cómo los problemas pronto acaecerán, tales como la muerte de Baldr, el mejor y más bello de los dioses, la enemistad de Loki, la destrucción final de los dioses, donde fuego e inundaciones abruman el cielo y la tierra, mientras que los dioses libran la batalla final contra sus enemigos, aludiendo en este vaticinio al Ragnarök, el “destino de los dioses“. La viedente describe los hechizos de la batalla, las luchas personales de los dioses, y el trágico final de muchos de ellos, entre los que se cuenta el propio Odín. Finalmente, un nuevo mundo renacido se creará desde las cenizas de la muerte y la destrucción, donde Baldr volverá a vivir en un mundo nuevo donde la tierra florecerá en abundancia.

 

Los antiguos  filósofos  consideraban universalmente la sal como uno de los  más importantes principios constituyentes de la creación orgánica, y que los alquimistas la tenían por el ménstruo  universal  extraído del agua. Y tanto la ciencia moderna como a nivel popular  se le considera un elemento indispensable  para el hombre y los animales. Paracelso llama a la sal “centro de agua en que han de morir  los metales”. Y Jan Baptiste van Helmont (1580 – 1644), químico, físico, alquimista, médico, y fisiólogo flamenco, dice  que el alkahest es “la sal más superior y afortunada“. El alkahest es el nombre que se le daba a un hipotético disolvente universal cuya existencia era proclamada por la alquimia. Este concepto se remonta a la segunda mitad del siglo XVII. La palabra, inventada por Paracelso derivada del árabe “alkali“, es retomada por Jan Baptista van Helmont. Según la receta de Paracelso, el alkahest se componía de cal, alcohol, y carbonato de potasio. Según los alquimistas, el alkahest era un elemento capaz de disolver todos los metales, y por el cual todos los cuerpos terrestres podían ser reducidos a su ser primitivo, o materia original (éter), del cual estaban formados. Según sostenían los alquimistas era una potencia que obraba en las formas astrales (o almas) de todas las cosas, capaz de cambiar la polaridad de sus moléculas, y por consiguiente, disolverlas. A este respecto podemos hacer referencia a lo que Jesús dijo a sus discípulos: “Vosotros  sois la sal de la tierra. Y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será  salada? Vosotros sois la luz del mundo“. Con  estas palabras expresa inequívocamente la doble naturaleza  del hombre físico y espiritual, demostrando  por  otra  parte su conocimiento de la doctrina secreta, cuyos  vestigios  se  descubren en las más antiguas tradiciones de ambos Testamentos, así como en las obras de los místicos y filósofos antiguos y medievales. En la cosmogonía escandinava expuesta en los  Eddas, el gigante Imir se queda dormido y suda copiosamente. La transpiración  engendra de  su sobaco izquierdo un hombre y una mujer, a quienes del pie del gigante les nace un hijo. Así tenemos que mientras la mítica “vaca” produce una raza de hombres superiores y espirituales, el gigante Imir engendra una raza de hombres malos y depravados, los hrimthursen  o gigantes  helados. La  vaca es símbolo de la generación  prolífica y de la naturaleza intelectual. En Egipto estaba consagrada a Isis y en la India a Krishna, así como a muchos  otros dioses y dioses que  personificaban las diversas fuerzas productoras de la naturaleza.  En  resumen, la vaca era el símbolo de la Madre suprema de todas las cosas y de todos los seres, tanto dioses como hombres. En realidad es el símbolo de la generación espiritual y física.

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Vemos casi la misma leyenda cosmogónica en los  Vedas  de la India. Brahmâ recibe de Bliagavâd, el Supremo Dios,  la  potestad  creadora. Engendra  seres  animados puramente espirituales, llamados los Dejotas,  que por residir en el Svarga, o región celeste, no están  dispuestos a morar en la tierra. Por lo tanto Brahmâ engendra  a los  daitias,  de  gigantesca  estatura, que habitan  en el Pâtala,  región  inferior  del espacio, y tampoco están en condiciones de poblar el  Mirtloka  (la Tierra). En la mitología hinduista, los daitias son un clan de asuras, al igual que los danavas. Eran una raza de gigantes que lucharon contra sus medio hermanos devas, ya que estaban celosos de ellos. Se describe que las mujeres daitias usaban joyas del tamaño de cantos rodados. En el Rig-veda, el texto más antiguo de la India, de mediados del II milenio a. C., no se menciona a los daitias. Se menciona a Diti, que más tarde será convertida en la madre de todos los daitias, pero es un mero personaje apenas nombrado, contrapuesto a la antiquísima diosa indoirania Áditi. En el Majábharata, texto épico-religioso del siglo III a. C., apenas se mencionan historias de los daitias, su relación con otras razas humanas y no humanas, y Diti es convertida en una diosa importante, madre de todos los daitias y de los maruts. Algunos daitias conocidos son Jirania Kashipú, rey daitia, hijo de la diosa Diti y el sabio Kashiapa, muerto por Visnú como su avatar Narasinja. Otro sería Jirania Akshá: hermano menor de Jirania Kashipú, muerto por Visnú como Varaja. A partir de los daitias del hinduismo, Madame Helena Blavatsky (1831-1891) creó la leyenda de la isla continente Daitya, que habría existido durante la era de la Atlántida, y que desapareció hace unos 270 000 años. Estaba habitada por seres humanos gigantes. Para remediar el problema con los daitias, Brahmâ engendra  de  su  boca  al primer brahmán, progenitor  de  nuestra  raza. De su brazo derecho engendra a Raettris, el primer guerrero. De su  brazo izquierdo a Shaterany, esposa de Raettris. Del pie derecho  nace su  hijo Bais y del izquierdo su mujer Basany. Así como  en  la  leyenda escandinava, Bur, el espiritual hijo de la vaca Audhumla,  se casa con Besla, de la depravada  estirpe de los gigantes, también en la leyenda inda el primer  brahmán se casa con Daintary, de raza de gigantes. Igualmente  nos  dice el Génesis que los hijos de Dios tomaron por esposas a las hijas de  los  hombres, de cuya unión  nacieron poderosos linajes. En  discrepancia  con la teoría de Darwin, los hombres primitivos se cree que fueron  más  puros, sabios y espirituales  que la raza de Adán, según  enseñan  los mitos  del  Bur  escandinavo, los  dejotas  indos y los “hijos de Dios” del  Génesis. Resulta evidente el origen común del Génesis y las leyendas de la Escandinavia y el Indostán. Examinadas detenidamente,  conducen a idéntico resultado las tradiciones de casi todos los demás pueblos antiguos.

 

La serpiente egipcia tiene numerosos significados. En la serpiente se compendia toda la filosofía  del universo. La materia está vivificada por  el espíritu y ambos elementos obtienen del  caos,  o energía,  cuanto ha de existir. El  nudo  en  la cola de la serpiente simboliza la íntima latencia de los elementos en la materia cósmica. Otro símbolo aún más importante es la muda de  la piel de la serpiente, que  aún no han acertado a interpretar los  simbolistas. Así como el reptil al despojarse  de  la  piel  se  libra de una envoltura de grosera materia, demasiado enojosa ya para su cuerpo, y entra en  un  nuevo período de actividad, así también  el hombre, al desprenderse  de su cuerpo grosero y material, pasa a un nuevo estado de existencia con más facultades y más enérgica vitalidad.  Por el contrario, los cabalistas caldeos dicen  que cuando el hombre primitivo perdió parte de su espiritualidad por  su contacto  con la materia, le fue dado por vez primera un cuerpo  carnal,  y así  lo simboliza aquel  significativo  versículo: “Hizo también el señor  Dios a Adán y a su mujer  unas túnicas de pieles y los vistió”. Evidentemente no se trata de que  Dios sea un tipo de sastre celeste, sino que el hombre espiritual, en  el  curso de su involución, había  llegado al punto en que el predominio de la materia le transformó en hombre de carne. El Libro de Jaser incluye detalles sobre los patriarcas antediluvianos que fueron confirmados por la revelación moderna. Entonces, el misterio se centra en cómo el autor del Libro de Jaser pudo haber sabido hechos específicos de antes del Diluvio, como por ejemplo que Cainán llegó a ser muy sabio a la edad de cuarenta años. Estas correlaciones atestiguan que el libro fue escrito usando fuentes antiguas extremadamente fiables. El libro muestra una historia del mundo desde la creación hasta el periodo de los Jueces en Israel. Contiene mucha más información que la encontrada en el Génesis para el mismo periodo de tiempo, lo que lo hace una lectura que clarifica muchos puntos oscuros de la Biblia. Quizás el mayor acercamiento al reconocimiento oficial del Libro de Jaser por parte de los Santos de los Últimos Días (mormones) fue cuando su profeta José Smith lo citó como fuente que “no ha sido rechazado por ser falso“.  Cualquiera que haya leído el Libro de Jaser estará de acuerdo que ciertamente contiene muchas historias de la Biblia. En el  Libro de  Jaser  se dice que Noé heredó unas túnicas de Matusalem  y de Enoc,  quien  a  su  vez  las había recibido de manos de Adán y su mujer. Caín las robó a su padre, que  las  había puesto en el Arca y las transmitió secretamente hasta llegar a Cush, que, a escondidas de sus  hermanos, las transmitió al rey Nemrod, constructor de la Torre de Babel. Nemrod es descrito como hijo de Cush, nieto de Cam, bisnieto de Noé; y como “el primero que llegó a ser poderoso en la tierra” y un “poderoso cazador en oposición a Dios“.

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Algunos cabalistas dicen  que Adán, Enoc y  Noé son nombres distintos de un mismo personaje. Pero otros sostienen que  entre  Adán y Noé transcurrieron  varios ciclos, lo que equivale a decir  que cada patriarca antediluviano representaba una raza existente en la sucesión de los ciclos, y  que  cada  una  de  estas razas fue menos espiritual que la precedente. Así tenemos, que si bien Noé fue un varón justo, no  podía  equipararse en bondad  con su  ascendiente Enoc, que fue arrebatado al cielo en vida. El llamado Libro de Enoc se trata de un libro apocalíptico perteneciente a la apocaliptica judía. Narra la caída de los Vigilantes, que engendraron con mujeres humanas a los nephilim o ‘gigantes’. Según podemos leer en el Génesis: “Ellos devoraron todo el trabajo de los hombres hasta que estos ya no alcanzaron alimentarlos más. Entonces los gigantes se volvieron contra los hombres y empezaron a devorarlos y empezaron a pecar contra los pájaros, y contra las bestias y los peces y a devorar unos la carne de los otros y se bebieron la sangre. Entonces la tierra acusó a los violentos por todo lo que se había hecho en ella“. Se acusa a los ángeles guardianes por haber desviado su misión y encarnado la explotación, la opresión, la destrucción de los ecosistemas, la guerra, el oro, la vanidad, la brujería, la fornicación y el engaño: «Y como parte de la humanidad era aniquilada, su clamor subió al cielo». Los arcángeles Miguel, Sariel (Uriel), Rafael y Gabriel, al ver la sangre derramada y la injusticia se dijeron que «la tierra desolada grita hasta las puertas del cielo por la destrucción de sus hijos». Dios los envía entonces a encadenar a los Vigilantes y a destruir a los gigantes «pues han oprimido a los humanos». Los ángeles caídos rogaron a Enoc que intercediese por ellos y los gigantes ante Dios. Luego el libro describe la visita de Enoc al cielo en forma de una visión, y sus revelaciones. Una parte significativa del texto se dedica a describir los movimientos de los cuerpos celestes, en relación con el viaje de Enoc al cielo, con el objetivo de detallar el calendario base de las fiestas de la Ley. Buena parte del libro se dedica a denunciar a los opresores y reyes de la tierra y anuncia su derrota final: «Este castigo con que son castigados los ángeles es un testimonio para los reyes y los poderosos que poseen la superficie de la Tierra…. Desgracia para los que edifican la iniquidad y la opresión y cimientan sobre el fraude, porque serán derrumbados de repente y no habrá paz en ellos. Habrá un cambio y los justos serán victoriosos….. Desgracia para vosotros ricos, porque os confiáis en vuestras riquezas, seréis privados de ellas».

 

Noé y sus hijos se salvaron  del  diluvio. Y resulta que el primero pertenecía a la antediluviana raza espiritual y fue escogido  de  entre  todos los hombres por su pureza, mientras que sus descendientes fueron  postdiluvianos. La túnica de piel que Cush llevó en secreto, es decir, cuando la materia contaminó su  naturaleza espiritual, pasó a Nemrod, el hombre más poderoso y fuerte de los posteriores al diluvio y último vástago de los gigantes antediluviano. Pero, ¿cuál es el oculto significado de la leyenda diluviana? En la cosmogonía escandinava, los hijos de Bur matan al gigante Imir, y tan caudalosos ríos de sangre brotaron de sus  heridas,  que  sumergieron a toda la raza de gigantes, salvándose únicamente Bergelmir y su mujer, refugiados en una  barca, por lo que fueron  padres de una nueva raza de gigantes, nacida  del  mismo tronco. Todos los hijos de Bur se salvaron del diluvio. El  gigante Imir simboliza la primitiva materia  orgánica, las ciegas fuerzas cósmicas en estado caótico, antes de recibir el  inteligente  impulso del divino Espíritu, que  reguló su  movimiento mediante leyes  inmutables. La progenie de Bur son los “hijos de Dios” o los dioses menores a que alude Platón en su Timeo, a  los cuales fue encomendada la creación del hombre,  pues  sacan del caótico  abismo,  el  ginnungagap, los  mutilados restos del gigante Imir y se sirven de ellos para  crear el mundo. Su sangre forma los ríos y los mares; sus huesos las montañas; sus dientes las rocas y peñascos; sus cabellos los árboles; su cráneo la bóveda celeste sustentada  en  las  cuatro columnas de los puntos cardinales, y sus cejas formaron el Edén, la futura morada del hombre. Para  tener correcta idea de esta morada, la Tierra, dicen  los  Eddas  que es preciso concebirla  redonda  como un anillo  o  como un disco flotante en la neblina  del océano celeste (éter). Está circuida por  Yörmungand,  el  gigantesco  Midgard o serpiente que se muerde la cola, símbolo de la materia dimanante de  Imir, compenetrada con el  espíritu  de  los  hijos  de Dios, que produjeron y modelaron todas las formas. Esta  emanación es la luz astral de los cabalistas y el hipotético éter de los físicos modernos. La misma leyenda escandinava de la creación  del hombre nos da a entender cuán convencidos  estaban los antiguos  de  la  trina naturaleza  humana.  Según el  Völuspa , Odin,  Hönir y Lodur, los progenitores de nuestra raza, mientras paseaban por la orilla del mar vieron dos palos que inertes y  sin  utilidad  alguna flotaban en el agua.  Odin les infundió el  soplo de vida. Hönir  les dio alma y movimiento. Lodur les dotó de belleza, palabra, vista y oído. Al hombre le llamaron  Askr  (fresno)  y a la mujer  Embla  (aliso). Pusieron a esta  primera pareja en el Edén y recibieron de sus  creadores materia o vida inorgánica, mente o alma y espíritu puro.  La matería procedía de los restos del gigante Imir; la mente de los  Æsires, dioses  descendientes de Bur, y el  espíritu puro proviene de  Vanir, representación del puro espíritu.

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Según otra versión del  Edda,  el  universo visible surgió del centro de  las  frondosas ramas del  Iggdrasill, árbol mitológico de  tres  raíces.  Por  debajo de la primera raíz corre el manantial de vida  (Urdar)  y debajo de la segunda,  está  el  famoso pozo  de Mimer, en cuyo fondo se ocultan la inteligencia y la sabiduría.  Odin  pide un vaso de agua de este pozo y lo consigue con la condición de dejar un ojo en prenda. Este ojo es  el  símbolo  de la Divinidad, porque Odin lo deja en el fondo del pozo. Del  árbol  cuidan  tres doncellas, las nornas o parcas,  llamadas Urdhr, Verdandi y Skuld,  símbolos del pasado, el presente y el futuro. Todas las mañanas, mientras  computan la duración de las vidas humanas, sacan agua de la fuente de Urdar para regar las raíces del árbol.  Las emanaciones  del  fresno Iggdrasill,  al  condensarse y caer en suelo, dan existencia y forma a la materia inanimada.  Este  árbol  simboliza  la  vida  universal,  tanto  orgánica  como inorgánica. Sus emanaciones significan el espíritu que vivifica las formas de  la creación. Y de sus tres raíces, una se extiende hacia el cielo, otra hacia la morada de los magos, o gigantes de las altas montañas, y la otra, bajo la cual mana la fuente Hvergelmir,  es roída por el monstruo Nidhögg, que constantemente induce a los hombres al mal. También los tibetanos tienen su  árbol mitológico, representado en la antiquísima  leyenda cosmogónica de su país. Le llaman Zampun, y tiene  asimismo tres raíces, de las cuales  la primera se extiende  hacia  el  cielo,  hasta la cima de las más altas montañas, la segunda hacia las regiones inferiores, y la tercera llega a Oriente. Los indos llaman  Ashvatta a su árbol mitológico. Sus  ramas son los  componentes  del mundo visible, y sus  hojas son los  himnos  védicos, que tanto desde el punto de vista intelectual como moral simbolizan el universo. Quienes estudian los mitos cosmogónicos de las religiones  antiguas pueden advertir la sorprendente  similitud de los conceptos esotéricos, que  no puede  resultar de meras coincidencias, sino de una raíz común. Ello demostraría que,  en  aquellos primitivos tiempos velados por la densa  niebla de las tradiciones, un pensamiento religioso común se desarrollaba en toda la Tierra. Los  cristianos  llaman panteísmo a la veneración  que  inspiran  las recónditas verdades de  la  naturaleza. La ciencia moderna  acepta la teoría de la evolución, tal como indica la doctrina secreta y el significado oculto de los mitos cosmogónicos de  la antigüedad, sin excluir la Biblia. Lentamente brota de la semilla el tallo y del tallo el  capullo y del capullo la flor; pero ¿qué  fuerza  espiritual produce todas estas transformaciones que acaban por dar a la flor su forma, colores y perfume?

 

Si los antediluvianos predecesores del elefante y del lagarto fueron el mamut y el plesiosaurio, podríamos pensar que los progenitores de  nuestra  raza fueron los gigantes a que aluden los  Vedas,  el  Völuspa y el  Génesis. El origen físico del hombre y todo cuanto se refiere a su evolución orgánica  cae  bajo  el dominio de las ciencias  experimentales. Pero esta ciencia no tiene competencia en lo concerniente a la evolución psíquica  y  espiritual del hombre, porque no hay  ni mucho  menos pruebas  evidentes de que  las facultades superiores del  ser humano procedan de la evolución. Los  antiguos  brahmanes  simbolizaban  la  teoría  evolucionista  en  el árbol llamado Ashvatta,  aunque de distinto modo que los escandinavos.  El Ashvatta  tiene las ramas hacia abajo y las raíces  hacia arriba.  Las  ramas  simbolizan el mundo físico, el universo visible, y las raíces el invisible mundo espiritual, porque las raíces arrancan de las celestes regiones en donde, desde la creación del mundo, colocó la humanidad  a su invisible Dios. Los símbolos religiosos son corroboraciones diversas de la doctrina, según la cual la energía  creadora emanó de un punto primario. Y así lo enseñaron Pitágoras, Platón y otros filósofos. A  este  propósito, dice Filón de Alejandría, uno de los filósofos más renombrados del judaísmo helénico: “Los caldeos opinaban que el Kosmos es un punto entre  las  cosas  existentes, bien que este punto sea el mismo Dios (Theos) o  bien  que en él esté Dios abarcando el alma de todas las cosas”. Las pirámides de Egipto probablemente simbolizan la misma idea que el  árbol  mitológico.  El  vértice  es el místico eslabón entre  cielo y tierra, análogo a la raíz del árbol,  mientras  que la base representa las ramas extendidas hacia los cuatro  puntos  cardinales  del universo material. La idea simbólica de las pirámides es que todas las cosas  dimanan del espíritu por evolución descendente, al contrario de lo que supone  la  teoría  darviniana. Es decir, que las formas han ido materializándose gradualmente hasta llegar al máximo de materialización. Podemos  creer  que el hombre descienda de un mamífero semejante al mono, sobre todo cuando, según afirma Beroso, esta misma teoría la enseñó el hombre pez, Oannes o Dagón. Conviene  advertir que esta antigua  teoría  de  la  evolución no  sólo  se  encierra en los símbolos y leyendas, sino que también se ve representada en pinturas  murales  de  los templos indos. También se han encontrado fragmentos descriptivos en los templos egipcios y en  las losas de Nimrod y Nínive  excavadas por Sir Austen Henry Layard (1817 – 1894), viajero británico, arqueólogo, dibujante, coleccionista, escritor, político y diplomático.  Pero ¿qué hay tras la Teoría de la Evolución de  Darwin?  El  famoso naturalista dice que “todas las especies descienden en línea recta de unos  cuantos  individuos  existentes mucho tiempo antes de formarse la primera capa silúrica”. Pero sería temerario afirmar  qué la ciencia  moderna contradice la antigua hipótesis  del  hombre antediluviano, después de las modificaciones  sufridas por nuestro globo en cuanto a temperatura,  clima, geografía y condiciones electromagnéticas.

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Las  hachas de pedernal encontradas por Jacques Boucher de Perthes en el valle de Sômme son  prueba  de  la gran antigüedad  del  hombre  sobre  la  Tierra. Según Büchner, el hombre existía ya en el período  glacial correspondiente a la época cuaternaria  y  probablemente en épocas más antiguas. Si hay pruebas incontrovertibles de que el  hombre existió en tan remota antigüedad, es razonable pensar que se ha modificado su organismo. Asimismo, podemos imaginar lejanísimas  épocas en que los remotos ascendientes de los “gigantes”, hubiesen convivido con los peces devónicos y los moluscos silúricos. Es cierto que no hemos hallado sus esqueletos en las cavernas. Pero si es fidedigno el testimonio de los antiguos, en los  primitivos  tiempos  no sólo  hubo gigantes y “hombres de famoso poderío”,  sino también “hijos de Dios”. A los que creen en la evolución del  espíritu,  tan  firmemente  como los materialistas en la de la materia,  se les acusa de sostener “hipótesis indemostrables”.  Pero la teoría  de  la  evolución  física tal vez sea también indemostrable a partir de cierta antigüedad. No obstante tenemos los mitos cosmogónicos cuya pasmosa antigüedad reconocen filólogos y arqueólogos. La cosmogonía inda nos habla de  Brahmâ,  el  dios  del  fuego,  y  de  su  prolífica  consorte Unghi, la refulgente deidad de cuyo cuerpo brotan mil  rayos de gloria y siete lenguas de fuego. Asimismo nos habla de Siva, personificado en el monte Meru, los  Himalayas, que descendió del cielo, como el Jehovah judío, en una columna de fuego. Todas estas divinidades y otras tantas revelan claramente su  significación esotérica. Son  símbolo  de  la primera y trina manifestación de Causa Suprema en espíritu,  fuerza y materia. Asimismo son símbolo del  punto inicial de la evolución representada por la cópula del fuego y del agua,  o la  unión del principio  activo-masculino  con el pasivo-femenino,  emanados ambos del electrizante espíritu y procreadores de su telúrico  hijo,  la  materia  cósmica  o  substancia  primaria, vivificada por el éter o luz astral. Tenemos, por lo tanto, que las montañas, huevos, árboles, serpientes, columnas y demás símbolos  encubren  verdades de filosofía  natural. Las montañas simbólicas describen con ligeras variantes la  creación primaria; los árboles denotan la evolución del espíritu y  de  la  materia;  la serpiente y las columnas aluden a  los  diversos  atributos de esta doble evolución en su interminable  correlación con las fuerzas cósmicas.  En  los  misteriosos  repliegues de la montaña, matriz del universo, las divinas potestades  disponen los atómicos  gérmenes de la vida orgánica y el licor  de vida que despierta el espíritu humano en la materia humana. Este sagrado licor es el Soma, la bebida sacrificial de los indos. Porque las partículas más densas de la  substancia primera  formaron el mundo físico, y las  más  sutiles  lo envolvieron en sus etéreas é invisibles  ondulaciones, como a un niño recién nacido, estimulando su actividad a medida que surgía lentamente del eterno caos.

 

Los mitos cosmogónicos pasaron de la idea abstracta al simbolismo, tal como los halla hoy la  arqueología. La serpiente, que tan importante papel representa en la pintura y escultura antiguas, perdió  después su verdadera significación a causa  de  las  interpretaciones  del  Génesis,  que la identifican con Satanás. En los Misterios egipcios la copa de la  salud estaba rodeada de serpientes. También es este reptil emblema de la materia, pues como el mal es la oposición al bien, cuanto  más se aparte la materia de su espiritual fuente,  tanto  más  quedará  sujeta  al  mal.  En  las más antiguas imágenes de los egipcios y en las alegorías  cosmogónicas de Kneph, se simboliza la materia con una serpiente dentro de un círculo hemisférico  cuyo ecuador cruza en línea recta para dar a entender  que si el universo de  luz  astral envuelve al mundo físico,  que de él emanó, queda a su vez envuelto  y  limitado  por  Emepht, o Causa Primera.  Phtha  engendra a  Ra  con las miríadas de formas  que vivifica, y ambos salen del huevo mitológico, porque el huevo  es la más común modalidad generativa de los seres  vivientes. La eternidad del tiempo y la inmortalidad del espíritu están simbolizadas en la serpiente que rodea el mundo y se muerde la cola sin dejar solución de continuidad. También simboliza entonces la luz astral. Los filósofos de la escuela de Ferécides de Siros, filósofo griego presocrático del siglo VI a. C. que fue maestro de Pitágoras, enseñaban  que el éter, representado por Zeus, es el cielo superior donde está el mundo superior, cuya luz astral es la concentración de la substancia primaria. Anaxágoras de Clazomene, filósofo presocrático que introdujo la noción de nous(mente o pensamiento) como elemento fundamental de su concepción física., creía firmemente  que los elementos y arquetipos  espirituales de todas las cosas procedían del éter sin  límites, al  cual  se  restituían  desde  la Tierra. Los indos divinizaron el éter (akâska) y los  griegos y latinos lo identificaron con Zeus. Las entidades astrales son  los  espíritus elementales de los cabalistas o los diablos de la iglesia cristiana. Pero la Iglesia cristiana contradice a los cabalistas en  este punto. San Agustín, en su contienda con el neoplatónico Porfirio sobre el  particular,  dice: “Estos espíritus no son engañosos por  condición natural, como afirma el teúrgo Porfirio, sino por malicia, pues se fingen dioses y simulan las almas de  los difuntos, de modo que no es que  aparezcan  como  diablos,  sino que en verdad lo son“.   Entonces, ¿en qué especie  hemos de clasificar a los  sátiros  que,  según  San  Jerónimo, se exhibieron durante mucho  tiempo en Alejandría? Dicen que  estos  sátiros  tenían  piernas y rabo de cabrío y que a uno de ellos lo pusieron en salmuera para enviarlo en un barril al emperador Constantino.

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Dice Roger Gougenot des Mousseaux al tratar de los diablos,  que  ya  Tertuliano descubrió a las claras el secreto de sus astucias. Dice John and William Langhorne, en su traducción de Vidas Paralelas, de Plutarco, que: “Opina Dionisio de Halicarnaso que Numa mandó edificar el templo de Vesta en forma de rotonda,  para representar la redondez de la Tierra simbolizada en  dicha diosa”. Además, Filolao (470 – 380 a. C.), matemático y filósofo griego pitagórico y presocrático, de acuerdo con los pitagóricos, sostiene que el elemento fuego está en el centro de la Tierra. Y Plutarco, al tratar de este asunto, atribuye  a los pitagóricos la opinión de que  “la Tierra no está quieta ni situada en el centro del universo, sino que gira en torno  de  la esfera de fuego, sin ser la  más valiosa ni la principal parte de la gran  máquina”. De la misma manera opinaba Platón. Por  lo  tanto, no cabe duda de que los pitagóricos se anticiparon al descubrimiento  de Galileo. Muchos  fenómenos, hasta ahora misteriosos e inexplicables, serían fáciles de comprender, una vez admitida la  existencia del universo invisible que satura el organismo de los sujetos hipnotizados, ya por la poderosa voluntad del magnetizador, ya por entidades invisibles cuya acción produce el mismo resultado.  Una vez hipnotizado el sujeto, sale su  cuerpo astral de la paralizada envoltura carnal, y cruzando el espacio sin límites se detiene en el borde de la  misteriosa  frontera.  Pero las puertas de entrada a la “ciudad silenciosa”  tan sólo están entornadas y no se le  abrirán de par en par hasta el día en que su alma, unida a la sublime é inmortal esencia, deje su cuerpo carnal. Entretanto, el vidente sólo puede atisbar por la mirilla, y de su agudeza perceptiva dependerá la extensión del campo visual. Todas las religiones  antiguas tuvieron el mismo concepto de la trinidad en la unidad simbolizada en los tres Dejotas de la Trimurti inda y en las  tres  cabezas  de  la  cábala judía esculpidas una en otra y encima una de otra. La Trinidad de los egipcios y la de los  griegos  simbolizaban  análogamente la emanación  primaria y  trina  con  sus dos principios: masculino y femenino. La unión del  Logos, sabiduría,  principio  masculino, o Dios manifestado, con el Aura, principio  femenino,  Anima  Mundi, Espíritu Santo, o  Sofía de los agnósticos, engendra todas las cosas visibles é invisibles. La verdadera  interpretación  metafísica de este dogma universal quedó  reservada en el recinto de los santuarios; pero los  griegos la personificaron en mitos poéticos, en que Baco aparece enamorado de la suave y juguetona brisa  Aura Plácida. Mucho más sublime y poético es el espíritu religioso del mito escandinavo. En el insondable abismo del mundo,Ginnungagap, luchan con ciega y rabiosa furia la materia cósmica y las fuerzas primarias, cuando el  Dios no manifestado envía el benéfico soplo del deshielo desde la ígnea esfera del empíreo, Muspellheim,  entre  cuyos  refulgentes rayos mora mucho más allá de los límites del mundo. El alma del Invisible, el Espíritu flotante sobre las negras  aguas del abismo, hace surgir del caos el orden y después de dar el impulso a la creación toda, queda la Causa Primera.

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La religión y la ciencia se  hermanan  en el paganismo escandinavo. Cuando Thor, el Hércules del Norte, hijo de Odin,  ha  de  empuñar la terrible maza de donde brota el rayo, se calza guanteletes de  hierro.  Lleva, además,  el  cinto de  fuerza o  cinturón mágico  que  acrecienta su  celeste poderío. Monta un  carro con lanza de hierro, cuyas ruedas  giran  sobre nubes llenas de rayos, tirado por dos  carneros con frenos de plata. Y su temerosa frente está coronada de estrellas. Esgrime Thor  su  clava  con fuerza irresistible  contra los rebeldes gigantes  helados,  a quienes vence, derrite y aniquila. Cuando los dioses han de celebrar  su asamblea en la fuente de Urdar para decidir los destinos de la humanidad, todos  se  encaminan allá montados, menos Thor, que va a pie, temeroso  de  que  al atravesar el Bifrost (arco–iris), o puente Æsir de variados colores, lo incendie con su fulgurante carro para que hiervan las aguas de Urdar. Tal vez el autor de la leyenda conocía la electricidad. Thor,  personificación de la energía eléctrica, se pone guanteletes de hierro para  manejar el fluido, es decir, del metal conductor. El cinturón de  fuerza  es  el  circuito  cerrado  por  donde  fluye  la  corriente  eléctrica.  El carro cuyas chispeantes ruedas giran  sobre las cargadas nubes simboliza la electricidad actuando. La puntiaguda lanza sugiere la idea del pararrayos, y el tiro de carneros representan el principio masculino con el femenino en los  frenos de plata, puesto que éste es el metal de Astarté o Diana, la Luna. En el carnero  y  el  freno  vemos combinados en oposición los principios activo y pasivo de la naturaleza. El carnero impulsa y el  freno retiene, pero ambos están sujetos a la penetrante energía  eléctrica  que los mueve. De  esta  energía  primaria y de las  múltiples  y  sucesivas  combinaciones  de  ambos principios masculino  y  femenino,  dimana la evolución del mundo visible, gloriosamente cifrado en el sistema planetario que simboliza el círculo de estrellas que  ornan su frente. Los terribles rayos de Thor, o electricidad activa,  prevalecen  contra las fuerzas titánicas representadas en los gigantes. Pero al reunirse con los dioses menores, ha  de atravesar a pie  el  Bifrost,  o puente del arco iris, y bajar del carro, pasando a un estado latente, pues de otro modo aniquilaría todas las cosas con su  fuego. Los filósofos  antiguos  creían  que los volcanes y los manantiales de agua termal dimanaban de subterráneas corrientes eléctricas, que también eran  causa de los sedimentos  minerales de diversa  índole  que  originan  las fuentes medicinales. Si se objeta que los autores antiguos no expresan  claramente  estos hechos porque, según los modernos, nada sabían de electricidad, redargüiremos diciendo que nuestra época no  conoce  todas las obras de la sabiduría antigua. Hay una antigua  afirmación de los filósofos de que en todo mito hay un Logos  y un fondo de verdad en toda ficción.

 

Fuentes:

  • H.P. Blavatsky – ISIS sin velo
  • H.P. Blavatsky – La Doctrina Secreta
  • Fritjof Capra – El Tao de la Física
  • Pauwels, Louis & Bergier, Jacques – El retorno de los Brujos

Fuente: Old Civilizations

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Publicado el 25/12/2015 en Despierta Cordoba. Añade a favoritos el enlace permanente. Comentarios desactivados en Existe Una Clara Línea Divisoria Entre Espíritu y Materia?.

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